The Cracow's Province - Carmelite Project in Burundi and Rwanda

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The Cracow's Province

Th OCD Interprovincial Formation Meeting
Wadowice - Poland

(1-3 May 2013)


Just in the beginning of the Marian month May the Carmelite Fathers have decided to organize a special formation meeting in the papal town Wadowice  in Poland. The facilitator to give them some talks is a Spanish ocd Father - Roberto Gutierez de Leon in Spain. Hi aimed in his talks the Interior Castle of our Mother Saint Theresa of Jesus.

This meeting is for two polish Carmelite provinces and for all Carmelite Fathers, Brothers and Seminarians. The participators are from all over the world : mostly from Poland, of course, but also from Slovakia, Germany, Ukraine, Belorussia, Latvia, Burundi and Rwanda.

We hope to meet each other better and through  this fraternal experience to meet our Holy Mother Saint Theresa of Jesus and enter into her and our Interior Castle of the Carmelite Life.


Conferencias de Padre Roberto Gutierez, ocd

 EL DESEO INCESANTE DE DIOS, UMBRAL DE LA ORACIÓN
«Tú rostro buscaré, Señor. No me escondas tu rostro» (Sal 26, 8-9)

Ya anciano, le preguntaron al teólogo K. Rahner si aún esperaba alguna gran oportunidad en su vida, -«Sí, la de ver a Dios»- respondió.

El rostro de Dios, epicentro de la historia sagrada
Hace tiempo leí que un pequeño pueblo, aldea o casería tuvo un nombre extraño: Peniel o Penuel. La palabra tiene una estructura interna y refiere un acontecimiento. Penûêl, penîêl es la confluencia de dos palabras: pana: aparecer, de donde pânîym: apariencia, cara, rostro, semblante, gloria, poder, presencia. En el pensamiento de Dios son sinónimos, aunque se resienta la gramática. La otra palabra que confluye es Êl, en hebreo, "Dios". El acontecimiento que está detrás es que Jacob vio a Dios «cara a cara», vio la cara de Dios (pânîym) y bautizó a aquel lugar con el nombre del acontecimiento: Penuel, diciendo: «He visto a Dios a Dios cara a cara, y he salido vivo». A través de toda la Escritura Dios habla para que el hombre busque su rostro y camine bajo su luz: «Dios dijo a Moisés: mi rostro irá contigo, y te haré descansar (nuâch) (Ex 33, 14). Desde entonces, la cara de Dios, su gloria, su poder, su presencia y compañía son el epicentro de la historia que es, por naturaleza, sagrada, se sepa o no.

El deseo innato de Dios
Rainer M. Rilke, el poeta, escribe: «Dios nos espera en nuestras raíces». Con más hondura y reflexión teológica lo refiere el Concilio Vaticano II: «Entra dentro de ti, donde Dios te espera». No digamos todo lo que tiene nuestra Santa Madre, Teresa de Jesús sobre la interioridad y el entrar dentro, de cómo no estamos huecos por dentro, de que somos habitados por tan «gran Capitán».

 Pero, surge en mi interior la pregunta, ¿quién soy yo? La filosofía no puede decirlo; tampoco la psicología, aunque no deja de referirse a él. Sin embargo, nunca podrá entenderlo porque ese «yo» es misterio. Salimos de las manos de Dios, pareciéndonos a Él y a Él tendemos, sin poderlo evitar. Ahora, desde la fe, ¡ya podemos definirnos! La gramática, como metáfora, ayuda. «Yo no soy un sustantivo: carezco de consistencia propia (Hech 17, 28; Col 1, 17); tampoco un adjetivo: tengo libertad; yo soy un «relativo»: «soy una relación de amor». Ni tú ni yo ni nadie entra en la definición de Dios: Dios, sin embargo, sí entra en nuestra definición. No podemos evitarlo… «Al fin, para este fin de amor fuimos creados».

 «El hombre sólo se puede comprender a partir de Dios, y sólo viviendo en relación con Dios, su vida será verdadera (…). Puesto que ser hombre significa esencialmente relación con Dios», está claro que incluye también el hablar con Dios y el escuchar a Dios».

 Aunque lo podemos ignorar, todos somos místicos de nacimiento. Y, frecuentemente, sin saberlo, todos buscamos el rostro de Dios (Ex 33, 18). «Nos hiciste, Señor, para ti e inquieto está nuestro corazón hasta que descanse en ti, y pueda vivir de tu rostro: que al "despertar, me saciaré de tu cara"» (Sal 17 [16], 15).

 Rilke vivió muchos años en París. En compañía de una amiga francesa iba todos los días a la universidad por una calle muy frecuentada. En un rincón, encontraba sin falta a una mendiga. La viejecita, como una estatua, inmóvil, tendía la mano, fijos los ojos en el suelo. Rilke nunca le daba nada. La amiga extrañada le preguntó por qué nunca le daba nada. -«Creo que hemos de darle algo a su corazón, no a sus manos», -respondió el poeta. Al día siguiente, Rilke llevo una espléndida rosa entreabierta, la puso en la mano de la mendiga e hizo ademán de continuar. Entonces sucedió algo: la mendiga alzó los ojos, miró al poeta, se levantó del suelo con mucho trabajo, tomó la mano del hombre y la besó. Se fue, estrechando la rosa contra su pecho. Nadie la volvió a ver durante toda la semana. Ocho días después apareció de nuevo sentada en el mismo rincón, inmóvil, silenciosa como siempre. La joven acompañante del poeta se preguntó: -¿De qué habrá vivido esta mujer en estos días en que no recibió nada?-. ¡De la rosa! –respondió el poeta-.

 Sé que si me convierto en mendigo del rostro de Dios (Sal 27 [26], 8), viviré de su rostro…

Buscar el rostro de Dios: en el umbral de la oración
Todas las grandes reformas en la Iglesia se han realizado sobre la renovación de la oración y de la pobreza. Las grandes «reformas» han nacido siempre de las grandes «transformas». Hombres y mujeres que ha ido «más allá» de maneras y estructuras agotadas o desvirtuadas, incapaces ya de reflejar el rostro de Dios. Esos hombres y mujeres han visto el rostro de Dios; habían aprendido a mirarlo, desvelados en su presencia. Después, esos hombres y mujeres, que se han dejado «tocar», «iluminar» por Dios, han necesitado crear formas nuevas para facilitar las diferentes teofanías de Dios de forma que otros lo pudieran ver y entender. Han creado espacios de revelación, de profecía, de autodonación.

 Buscar el rostro de Dios es «volver a las fuentes» (Sal 42 [41], 2-3). Las fuentes no son «documentos de Qûmram», pergaminos, escritos. Es renovar la experiencia fundamento y convertirse en «centinelas del rostro de Dios». ¡Es la oración! Hasta que eso no ocurra nuestro corazón estará «desactivado». No veremos con los «ojos del corazón» (Ef 1, 18). Jesús era centinela permanente del rostro de su Padre… Oraba continuamente… Y se desvelaba para buscarlo (Mc 1, 35; Lc 6, 12).

La oración de Jesús nos pertenece
Cuando Jesús se retiraba a la soledad del descampado, a la soledad de los montes; cuando se sumergía en la quietud de la noche, se retiraba a hablar con su Padre (Jn 11, 42), a contemplar su rostro, a dialogar con Él.

 «Jesús es totalmente "relacional", que todo su ser no es otra cosa que pura relación con el Padre».

 Nosotros igual…, con las debidas distancias… aunque con los mismos derechos heredados 81Jn 3, 1; Sal 17 [16], 5).

 «Sin su enraizamiento en Dios, la persona de Jesús resulta vaga, irreal e inexplicable». Éste es también el punto de apoyo sobre el que se basa mi libro: considera a Jesús a partir de su comunión con el Padre. Éste es el verdadero centro de su personalidad. Sin esta comunión no se puede entender nada y, partiendo de ella, Él se nos hace presente también hoy».

 Ese gesto entrañable de Jesús, esencial en su vida, es herencia para la Iglesia. Realiza a la Iglesia.

 «La oración es la expresión vértice de la Iglesia». La Iglesia vive de ese gesto de Jesús, lo administra, lo enseña. Para eso nació.

 «La Iglesia es la sociedad del hombres que oran. Su fin primordial es enseñar a orar».

 Por eso la oración de Jesús nos pertenece, recuerda Edith Stein. La Iglesia que ora, administra la oración de Jesús; se le ha confiado. Tanto liturgia como personal (SC 12). Nos enseña y ayuda a entrar en la oración de Jesús, en la relación necesaria de Jesús con su Padre (Jn 14, 9; Col 3, 3).

Vivir la luz del rostro de Dios y reflejarlo
Todos hemos de vivir de la luz de Dios, y en su Luz. Eso es realizarse de verdad y sólo puede ocurrir en la oración. Al margen de ella nadie consigue su identidad.

«La razón más alta de la dignidad humana consiste en la vocación del hombre a la unión con Dios. Desde su mismo nacimiento, el hombre es invitado al diálogo con Dios. Existe pura y simplemente por el amor de Dios, que lo creó, y por el amor de Dios, que lo conserva. Y sólo se puede decir que vive en la plenitud de la verdad cuando reconocer libremente ese amor y se confía por entero a su Creador».

Creo que la vida religiosa es como un «suplemento de humanidad»; una razón añadida para buscar con más ardor el rostro de Dios.

Cuando frustramos nuestra vocación de ser personas, de ser «diálogo con Dios», frustramos también nuestra vocación particular y nuestra consagración religiosa.

La verdadera profesión perpetua o solemne de la vida religiosa es la de buscar y vivir del rostro de Dios (Sal 27 [26], 8) y del rostro de Jesús (2Co 3, 18), como la limosnera de Rilke, que vivió de la rosa…. Es el compromiso básico de la vida consagrada: vivir del rostro de Dios y dejar que se refleje en la forma que Él desee, y que todos puedan verlo.

He visto el sol reflejarse en un estanque tranquilo; en un fragmento de botella, en los ojos de un niño, en la extensión y hondura de un paisaje. La luz, ser sol, es nuestra realización; y la pedimos: «Ilumina tu rostro sobre nosotros» (Sal 119 [118], 135). Iluminar-dejar que el sol brille y se refleje- es «la gracia (carisma) que se nos ha dado (Rom 12, 3); nuestro carisma: es (son) la una y mil formas en que podemos reflejar la luz de Dios, para que otros la encuentren, aunque sea en la aparente insignificancia de un fragmento de botella. Puede ser imperfecta la metáfora, pero creo que se acerca… ¡Qué bello oficio y manera de vivir! ¡Vivir de la belleza del rostro de Dios» (Sal 27 [26], 4) y reflejarlo (Mt 5, 16). ¡Qué bien lo dijo quien escribió!: «Cada vez que encendemos nuestra propia lámpara, tenemos la oportunidad de iluminar muchos espacios a nuestro alrededor». Yo lo creo, ¡ya lo creo! Que hasta la luz en un fragmento de cristal puede cegar nuestros ojos… No podemos renunciar a la luz de Dios ni a la forma particular de irradiarlo…

Cuánto cuesta encontrar el rostro de Dios…
Al hurgar en el mundo Oriental, encuentro la advertencia de posibles fugas por las que el Espíritu (el rûaj, el aire, el respirar de Dios), se nos puede escapar. Una, debido a que, aunque buscamos, no sabemos encontrar. Se lo dice un asceta a un «buscador» aturdido: «Quizás has buscado demasiado; que de tanto buscar no tienes ocasión de encontrar».

 Y pensar que eso ocurre…

 Otra fuga de aire, contada en una novela breve: Govinda, el asceta errante: «… se dio cuenta de que durante años se había dedicado al desarrollo de la mente y que su corazón se había ido secando como un riachuelo en verano».

 Tristemente, también ocurre. Lo he visto hasta límites agobiantes… A esa persona le diría: «Si conocieras el don (don gratuito) de Dios… » (Jn 4, 10). Bastaría con ser inteligente hasta el punto en que se supiera cuándo se deja de serlo.

 «Cuando uno se da cuenta de ello (de que ha encontrado), se produce una detención. Todo despliegue de energía hacia un objetivo o resultado cesa totalmente y el que busca… se despierta en lo encontrado».

 La vida consagrada necesita despertarse en el rostro de Dos. A partir de ese momento se inicia otra manera de búsqueda: la de ahondar en la posesión, gozar de ella, descansar en ella. Se cumple lo que afirma Juan de la Cruz: «… con descanso y quietud van aprovechando mucho». Como María que, sentada a los pies de Jesús (Lc 10, 39), inventaba el kilómetro cero, de donde parten todos los caminos de Dios. Nuestra cultura no entiende bien esa forma «no hacer». No concibe algo elemental, que afirma santa Teresa de Jesús: «¡Recibir, más me parece a mí eso, que no dar nosotros nada!». El rostro de Dios es la fuente a la que se llega a beber en silencio, «para informarse con serenidad de la imagen de Dios!.

Urge orar de nuevo; de un modo "nuevo"
No orar puede ser una tragedia casi inadvertida. Dolorosa la anécdota que G. Bernanos cuenta en Diario de un cura rural. Refiere el monólogo de un sacerdote alcohólico: «Poco a poco, me di cuenta, con horror, que había dejado la oración». Lo mismo ocurrió a Teresa de Jesús en cierto momento: «Deseaba vivir, que bien entendía que no vivía, sino que peleaba con una sombra de muerte, y no había quien me diese vida, y no la podía yo tomar, y quien me la podía dar tenía razón de no socorrerme, pues tantas veces me había tornado a Sí y yo dejádole».

 La vida religiosa necesita renovarse, no sólo en medios e instrumentos de trabajo. Necesita, sobre todo, volver a la fuente y dedicar «un tiempo suficientemente largo» (Juan Pablo II) a lo que Juan de la Cruz llama: «informarnos con serenidad de la imagen de Dios». Por eso «… prestaremos al problema de la oración […] una atención particular, justamente en orden al renacimiento espiritual que estamos esperando».

 La oración, esencial al hecho de ser persona, es particularmente necesaria en la vida religiosa. En nuestra época, «posmoderna», la del fragmento, la de usar y tirar, la del pensamiento débil, la de mirar sin apenas ver, es de valientes afirmar: «… sin espíritu y práctica permanente de la oración no hay renovación ni cambio de la persona, ni tampoco de la sociedad».

 ¡De creerlo, podríamos ahorrar tanto…! Ahorraríamos búsquedas, planteamientos que llamamos «creativos» aunque efímeros, viajes, reuniones, tiempo, y ¡hasta papel…! De risa si no fuese la descripción de un naufragio… La verdad es simple, el alcance de la mano, «está en tus labios y en tu corazón», dice san Pablo (Rom 10, 8). Por otra parte, «la fidelidad a la oración o el abandono de la misma, son el paradigma del vigor o del ocaso de la vida religiosa».

 Criterio excelente… «La oración diaria, hecha con fidelidad, sigue siendo para cada uno y para cada una de los religiosos y de las religiosas una necesidad primaria y, por lo mismo debe ocupar el primer puesto en sus Constituciones y en su vida».

 En las Constituciones ya suele estar… «Para conservar bien nítida la percepción de la vida consagrada se requieres una visión profunda de fe, y ésta se sostiene y se alimenta mediante la oración… Sin la oración, la vida religiosa pierde su significado y no consigue su finalidad».

 Hasta el Código de Derecho Canónico (1983), considerado ordinariamente como algo más frío y ajeno al hecho espiritual personal, afirma: «La contemplación de las cosas divinas y la unión asidua con Dios en la oración debe ser el primero y principal deber de todos los religiosos».

Urge una idea "nueva" de la oración
«¡Recibir, más me parece a mí eso, que no dar nosotros nada!», plantea la necesidad y una primera orientación para una nueva pedagogía de la oración. La llamo «dinámica de la pasividad». No sabemos salir de la manera rutinaria y habitual de referirnos a la oración. Cultivamos de manera permanente la «amable herejía» de «hacer oración». La oración no se hace; ¡se recibe! Y pasan los año y el rostro de Dios, como lugar de descanso y profecía, nunca llega a fundamentar nuestra vida. Buscamos otros asentamientos. Debido a esa carencia y a que han resultado insuficiente las formas llamadas «tradicionales» de orar, muchos religiosos y religiosas se han desorientado.

 «Durante unos milenios, la filosofía formuló las grandes preguntas que se hace todo espíritu acerca de su destino y de su verdad y trató de contestarlas. Ahora ha renunciado a esa actividad. Ahora los hombres van a buscar cabos de vela para alumbrarse, en la casa de los psicólogos y de todos los diplomados en "ciencias humanas" que han abierto tienda, en vez de acudir a los que fueron antes los exploradores titulares».

 No acaba de entenderse bien porque «podría parecer que la oración cristiana representa unos de los temas teológicos mejor explorados, puesto que constituye el alma de la fe y la expresión de la Religión. La realidad es muy diferente. Uno se sorprende al comprobar el modesto lugar que se reserva a la oración en las ciencias teológicas. De hecho, la oración sólo desempeña en la teología un papel mudo, cuando no se le relega a la vida ascética, como si no fuera la experiencia más pura de la fe.

 «Una de las paradojas más palpables en e campo de la oración cristiana es la abundancia de libros sobre el tema y la carencia de una seria y sistemática teología dogmática de la oración».

 A nuestra visión de la oración personal le falta una antropología que facilite un modelo pedagógico completo y más inteligente. Fallan las «bases humanas de la oración»; las del hombre entero (GS 3). Todo sería más fácil y comprensible si elaboráramos una pedagogía de la oración que tanto el Concilio Vaticano II (GS 14) como la bellísima y ya olvidada Espiritualidad del Recogimiento (ss. XVI-XVII), describen como: «Entra dentro de ti…»

Urge una pedagogía "nueva" de la oración
El rostro de Dios «siempre da la cara». Pero, no sabemos bien cómo situarnos ante Él, cómo dejar que nos ilumine su rostro. Hoy, las claves de nuestra interpretación del acontecimiento «orar», oración, son superficiales. Las claves de profundidad las provee la teología apofática, la que «no puede hablar de Dios», sencillamente porque «cuando se está bebiendo no se puede hablar». La hondura de la situación la expresa bellamente un místico del s. XVII: «Vete hacia donde no puedes; dirige tu mirada hacia donde nada ves; escucha allí donde nada resuena; te hallas entonces allí donde Dios habla». En ese ámbito de silencio, el orante, sin hacer nada, están «informándose con serenidad de la imagen de Dios». Algunas claves de la nueva pedagogía:
Formar para un camino: Cuando en mi ministerio de «enseñar a orar» me encuentro con religiosos o religiosas, y debido a las especiales condiciones y posibilidades que tienen para educar, y en relación con la oración, les digo: «no forméis para un método; formad para un camino». «No habléis de técnicas, buscad actitudes».
Pasar de "nuestros modos" al "modo de Dios": Y la Iglesia tiene que enseñar a orar…: de nuevo y de un modo nuevo. La gran dificultad es que todos creemos saber orar. ¡Y no es cierto! Hemos creado estilos propios; «yo ya tengo mi estilo», -me decía alguna religiosa-. Pero se ignorar que «mi estilo» significa «a mi modo» y que todo lo que es «a mi modo» impide entrar en lo que «no tiene modo», que es Dios. La pedagogía de la oración en Espíritu y Verdad implica ayudar a pasar: de la superficie al fondo; de la palabra al acontecimiento; de la explicación a la implicación; del método a la «tierra sin caminos» (Juan de la Cruz); del pensar al mirar; del hacer al dejar que Todo me ocurra. Y no es fácil, siendo tan simple… En el fondo se trata de esconderse a sí mismo. En la oración el orante está «escondido» con Cristo Jesús, en Dios (Col 3, 3); escondido en el Seno del Padre: «… en el escondrijo de [su] rostro, que es el Verbo.
Enseñar a ser pobre: En definitiva se trata de enseñar a «ser pobre». Un mendigo del rostro de Dios. Consideramos que nuestra oración es oración y hasta profunda cuando tenemos ideas, sentimientos, que llamamos profundos. La mente no tiene profundidad. La profundidad no es atributo del lenguaje ni del sentimiento; sí, de la conciencia pobre y de los diferentes niveles de silencio interior. Enseñar a orar no es fácil porque no es fácil aceptar la pobreza de perder protagonismo y la imagen de nosotros mismos: nuestro rostro fabricado, para encontrar sin distorsión el rostro de Dios y la luz de su rostro. Las claves del camino «apofático» son: no ser; no saber; no tener; no poder. Representan la esencia de un modelo «nuevo» de orar y las claves definitivas de la vida consagrada. Ser pobres para dejarnos iluminar y convertirse en luz de Luz; en la luz del rostro de Dios.

El deseo de Dios y su consumación
Buda dice que el deseo es el origen de todos los males. Ignacio de Loyola de la santa indiferencia como una manera de libertad y de disponibilidad para desear sólo lo que conozcamos ser la voluntad de Dios. Santa Teresa de Jesús esta indiferencia, deseo y anhelo, en el fondo, lo convierte en poema: «Si queréis que esté holgando,/ quiero por amor holgar,/ sin mandáis trabajar,/ morir quiero trabajando…». Todos los santos nos hablan de los santos deseos. Los diccionarios los explican. Al profeta Daniel se le llama «varón de deseos» (Dn 9, 23). San Pablo deseaba morir para estar con Cristo (Flp 1, 23). Jesús mismo dice: «He deseado con gran deseo…» (Lc 22, 15). Juan de la Cruz hace poesía con su deseo esencial: «Descubre tu presencia/ y máteme tu vista y hermosura;/ mira que la dolencia/ de amor, que no se cura/ sino con la presencia y la figura.

 «Dentro de su complejidad, riqueza y inmediatez, esta vida humana exige estar informada [vertebrada], por el deseo de Dios (…). El verdadero buscador de Dios es el que pena y sufre por la ausencia y experimenta el aguijón del deseo».

 Pero ha de ser una «necesidad sentida». Mientras no experimentemos esa necesidad y no tengamos hambre, nuestro corazón estará desactivado. No será el anhelo desgarrador de enamorado: «¿A dónde te escondiste, amado, y me dejaste con gemido?». «Yo os conjuro, oh hijas de Jerusalén, si encontráis a mi amado, ¿qué le habéis de decir? Que estoy enferma de amor» (Ct 5, 8).

Mi deseo, Señor, en forma de carta-oración
Te escribo, Señor, para decirte que quiero anhelarte: como la del Cantar de los Cantares, como Pablo, que deseaba morir para estar contigo, como la cierva que busca la fuente de agua viva. Ignoro, mi Dios, si es una razón de estética lo que me mueve, cuando te rezo ese bello salmo 42 [41] que tú inspiraste, o es algo que nace de mis memorias y estructuras almacenadas. Desearía que fuese desde mi anhelo desde mi identidad despierta que busca mirar tu cara y la busca desde mi propia pobreza realizada. Desearía que mi ansia naciese desde mi fe sencilla, cotidiana, débil y distraída, aunque perfeccionada por tus dones de sabiduría, inteligencia, ciencia. A lo mejor, Señor, es mucha pretensión y sólo refiero en ese salmo y en mi carta, más que mi verdadera nostalgia de Ti, algo de eso que hoy llaman inteligencia emocional, una manera algo desafortunada –creo- y un modo menor, insignificante, diría, de referir la realidad de «los ojos del corazón» (Ef 1, 18) que entiende y ama sin entender como entiende ni como ama. Gracias, Señor, porque algún deseo de verte sí que tengo. Y te digo que me gustaría que mi nombre secreto fuese Penuel; el nombre que inventó Jacob cuando quiso recordar que te había visto. Y que ese nombre, ahora mío, fuese verdad por haberte visto cara a cara y por seguir con más vida. No me importa que mi nombre secreto, lo sea, como el pueblo, la aldea o casería, al que dio nombre Jacob. Pero, Señor, que signifique mi anhelo, el que define mi vocación a vivir y mi vocación a la vida consagrada: «déjame tu rostro ver…» Amén.

 EXPERIENCIA DE DIOS Y NUEVA EVANGELIZACIÓN



Introducción:

He de confesar que acepté la amable invitación que se me hizo para participar en este Encuentro de frailes con ilusión. Pero según iban pasando los días se fue apoderando de mi estos sentimientos de «temblor y temor». La pregunta que me hacía era: ¿qué puedo aportar yo en este encuentro?

 Tampoco pretendo ofrecer una investigación exhaustiva entre experiencia mística, acción pastoral y nueva evangelización. Esta tarea, sin duda necesaria y urgente, se ha de ir llevando a cabo de manera paciente y en colaboración entre teólogos y pastoralistas.

 Quiero ofreceros una reflexión sencilla que no proviene tanto de un estudio, que también, teórico de la teología mística o de los tratados de pastoral, sino que es sobre todo, fruto de una experiencia y de una convicción, que ha ido creciendo en mí a lo largo de estos años de trabajo pastoral y que es compartida por no pocos en estos momentos en que se nos llama a impulsar una nueva evangelización, como nos ha recordado el último Sínodo de obispo celebrado en Roma en el mes de octubre del año 2012. Esta convicción se puede resumir de forma sencilla así: la acción pastoral que se promueve hoy en la Iglesia necesita urgentemente ser animada y revitalizada por la experiencia mística que vivieron los primeros discípulos de Jesús si ha de convertirse en auténtica evangelización, es decir, en anuncio y comunicación de la Buena Noticia de Dios de Jesucristo en medio del mundo actual.

UNA SOCIEDAD NECESITADA DE LA EXPERIENCIA DE DIOS


Sociólogos y analista estudian desde diversas perspectivas los rasgos que parecen definir el perfil del hombre contemporáneo. Sin duda, no todo es negativo. Eso lo que preocupa a todos es el vaciamiento interior, la trivialización de la existencia y la crisis de esperanza que se puede constatar, a pesar del progreso y los logros de todo tipo.  Vamos a poner de relieve algunos rasgos tras los cueles no es difícil rastrear la necesidad que hombre contemporáneo tiene de Dios.

Pragmatismo demoledor

El desarrollo de la ciencia moderna y de la técnica ha introducido un modo de ser y de pensar que solo mira a la eficacia, el rendimiento y la productividad. Cada vez parece interesar menos lo que puede hacer relación al sentido último de la existencia, el destino de ser humano, el misterio del cosmos o lo sagrado. Todo queda descalificado por el pragmatismo. Solo parece interesar el bienestar, el éxito, la seguridad. El hombre contemporáneo se encoge de hombros ante cualquier planteamiento más profundo sobre el ser humano, el mundo o Dios. ¿Para que ocuparse de aquello que carece de respuestas claras y, sobre todo, de utilidad práctica?

Poco a poco, Occidente se ha convertido en «una suerte de máquina productiva» que va arra-sando indeales, valores culturales, poéticos y reli-giosos, demoliendo cualquier experiencia de reli-gación al misterio. El resultado como no puede ser otro, en ese ciudadano «bárbaro-civilizado» del que habla R. Argullol y E. Trias, que ansía vivir cada vez más, cada vez mejor, cada vez más intensamente, pero no sabe qué vivir ni para qué.

Pero no nos olvidemos que el hombre no se contenta con cualquier cosa. Así son muchos los analistas que toman nota del número creciente de personas que, cansadas de vivir una vida tan «rebajada», busca algo diferente. Es difícil, por no decir,  imposible vivir una vida que no apunta a ninguna meta. No basta tampoco pasarlo bien. La existencia se hace insoportable cuando todo se reduce a pragmatismo y frivolidad. El hombre está hecho también para cultivar es espíritu, acoger el misterio y experimentar el gozo interior.

Racionalismo reductor

Uno de los dogmas fundamentales de la cultura moderna es la fe en el poder absoluto de la razón. El hombre moderno piensa que con la fuerza de la razón, es capaz de resolver los problemas de la existencia. En la raíz de esta postura «racionalista» hay una convicción que ha ido creciendo progresivamente: lo único que existe es lo que el hombre puede verificar científicamente. Fuera de esto, no hay nada real.

Si eso es así, naturalmente ya no hay sitio para Dios ni para la experiencia religiosa. El mundo se reduce sencillamente a un sistema cerrado que el hombre puede dominar desarrollando la ciencia y la tecnología. La fe en Dios queda descalificada de raíz como una postura ingenua y primitiva. Por otra, parte desconectada de toda relación con el Creador y privada de destino trascendente, la vida de la persona se va convirtiendo en un episodio irrelevante que hay que llenar de bienestar y de experiencias placenteras.

Desde hace tiempo, científicos prestigiosos, afirman que la razón no puede responder a todos los interrogantes y anhelos del ser humano. Y son ellos mismos quienes hablan de la necesidad de que, junto a la ciencia, la humanidad siga cultivando la poesía, la ética, la experiencia religiosa. Además tenemos que decir que se va tomando conciencia de que la pretensión «racionalista» de que no existe nada más que lo que el hombre puede conocer científicamente, no se basa en ningún análisis científico de la realidad.

Por eso, son cada vez más los que piensan que ha llegado el momento de revisar, por una parte, la naturaleza del conocimiento científico, y de explorar, por otra, las verdaderas raíces de la experiencia religiosa. Ciencia y religión no se excluyen. Progreso humano y mística no se combaten mutuamente. Un interrogante se va abriendo paso lentamente en la conciencia moderna: considerar la ciencia como única fuente de conocimiento, ¿es principio de verdadero progreso humano, o más bien un inmenso error que está distrayendo a la humanidad de las preguntas fundamentales que plantea la condición humana?

Sin núcleo interior

Uno de los frutos más lamentable del estilo de vida moderna es la degradación de la vida interior. Hay quienes la consideran algo perfectamente inútil y superfluo. Son personas que se organizan la vida solo desde lo exterior. Casi todo lo que hacen tiene como objetivo alimentar su personalidad más externa y superficial. Nunca ahondan en su interior. Muchos hombres y mujeres no saben lo que es estar en contacto con lo que J. Van Ruysbroeck llamaba «el fondo» de la persona o lo que nuestra santa Madre, Teresa de Jesús decía: «ir al hondón del alma» o Juan de la Cruz: «a la interior bodega».

No pocos viven hoy ignorándose a sí mismos, a pesar de que constantemente se están ocupando de sí. Caminan por la vida sin percibir a los otros, aunque sin cesar estén en relación con ellos. Creen comunicarse, y no se comunican: hablan sin que nadie pueda escuchar su interior, y solo escuchan cuando son ellos quienes se hablan a sí mismos. Sin relación viva ni consigo mismos ni con los demás ni con Dios, poco a poco van cayendo en la trivialidad y el empobrecimiento personal. Por otra parte, la vida del espíritu están tan desprestigiada que se califica de evasión cualquier deseo de superar esta mediocridad para cultivar el mundo interior.

Esta carencia de interioridad impide a muchos construir su vida de forma digna y gozosa, desarrollando las energías y posibilidades que en ellos se encierran. Unos construyen solamente su fachada exterior, pero por dentro están inmensamente vacíos; son personas que apenas dan ni reciben nada; simplemente se mueven y giran por la vida. Otros construyen su identidad de manera falsa; desarrollan un «yo» fuerte y poderoso, pero inauténtico; ellos mismos saben en lo secreto de si mismos que su vida es apariencia y ficción. Hay también quienes construyen su persona de manera parcial e incompleta; atentos solo a un aspecto de su vida, descuidan dimensiones importantes de la existencia; pueden ser buenos profesionales, personas cultas y bien organizadas que, sin embargo, corren el riesgo de fracasar como seres humanos.

No es extraño. Para creer, el ser humano necesita adentrarse en su propio misterio y llegar al corazón de su vida, allí donde es total y únicamente él mismo. Por eso, las personas se sienten desguarnecidas y sin defensa ante los ataques que sufren desde fuera y desde dentro de su ser; necesitarán esa «fuente de luz y de vida» que, a juicio del célebre psiquiatra Ronald Laing, ha perdido el hombre contemporáneo.

El sueco Wilfrid Stinissen considera este vacío interior como una «neurosis fundamental» del hombre actual, que tiene su origen en la falta de comunicación con Dios. Según Stinissen, se trata de:

«una neurosis profunda, que resulta de la pérdida de contacto, por parte del hombre, con el nivel transcendente de su ser, y que le precipita en un abismo de absurdo y soledad».

A este nivel, la psicología no tiene ningún poder. Ninguna escuela psicológica puede curar esa neurosis originada por el hecho de que la persona se encuentra fuera de su ser auténtico. Por ello, son cada vez más lo que comienzan a sospechar que, sofocando o reprimida la vida interior, el hombre contemporáneo podrá lograr que su existencia sea más agradable en un aspecto u otro, pero su problema más hondo quedará sin resolver.

El sometimiento a la sociedad

La sociedad moderna tiene hoy tal poder sobre sus miembros que termina por someter a casi todos a su orden y servicio. Absorbe a las personas mediante ocupaciones, proyectos y expectativas, pero no es para elevarlas a una vida más noble y digna. Por lo general, el estilo de vida impuesto por la sociedad moderna aparta de lo esencial, impide a las personas descubrir y cultivar lo que son en potencia, no les deja llegar a ser ellas mismas, bloquea la expansión libre y plena de su ser.

Los resultados de todo esto son deplorables y así observamos lo siguiente:

El hombre contemporáneo es cada vez más indiferente a «lo importante» de la vida. A penas le interesan las grandes cuestiones de la existencia. No tiene certezas firmes ni convicciones profundas. Poco a poco se va convirtiendo en un ser trivial y ligero, cargado de tópicos, interesado por muchas cosas, pero incapaz de elaborar una síntesis personal de cuanto vive.
Se trata, al mismo tiempo, de un hombre cada vez más hedonista. Solo busca organizarse de la manera más placentera posible. Aprovecharse, disfrutar de la vida y sacarle el máximo jugo. La vida es placer, y si no, no es vida. No hay prohibición ni terrenos vedados; es bueno lo que me apetece y malo lo que me disgusta; eso es todo. No hay tampoco objetivos ni ideales mayores. Lo importante es pasárselo bien.
Se va promoviendo así un ser humano «radicalmente irresponsable», perfectamente adaptado a los patrones de vida que se le imponen desde fuera, pero incapaz de enfrentarse a su propia existencia desde sus raíces. Aparentemente, siempre en incesante actividad, pero en realidad un «hombre pasivo» que participa dócilmente en un plan de vida que él no ha trazado. Un «robot» programado y dirigido desde el exterior. Un «individuo-masa», productor, consumidor, automovilista, espectador televisivo, que sobrevive en medio de la sociedad sin saber lo que es vivir desde su raíz.

Mientras tano, la vida se va vaciando de su verdadero contenido humano. El individuo se queda sin metas ni referencias. Las personas tienen cada vez más fachada y menos consistencia interior. Los valores humanos son sustituidos por los intereses de cada cual. Al sexo se le llama amor, al placer, felicidad; a la información televisiva, cultura.

Pero este hombre comienza a sentirse víctima de su propio vacío. Es un ser a la deriva, que corre el riesgo de caer en el tedio y perder hasta el gusto mismo de vivir. Como dice Enrique Rojas: «el hombre "light" no tiene referente, ha perdido el punto de mira y está cada vez más perdido ante los grandes interrogantes de la existencia».

La crisis de esperanza

No es mi intención analizar aquí la crisis de esperanza en la sociedad contemporánea, marcada por la desmitificación del progreso, la pérdida de horizontes, el crecimiento de la inseguridad y la incertidumbre ante el futuro. Me limitaré a señalar algunos rasgos de la desesperanza tal como se presenta en la vida concreta de no pocos hombres y mujeres.

La falta de esperanza se manifiesta a veces, en una pérdida de confianza. Las personas no esperan ya gran cosa de la vida, de la sociedad, de los demás. Sobre todo, no esperan ya mucho de sí mismas. Se sienten mal consigo mismas, pero no son capaces de reaccionar. No saben dónde encontrar fuerzas para vivir. Lo más fácil entonces es caer en la pasividad y el escepticismo.

La desesperanza viene otras veces acompañada de la tristeza interior. Desaparece la alegría de vivir. Las personas se ríen y divierten por fuera, pero hay algo que ha muerto en su interior. El mal humor y la amargura se hacen cada vez más presentes. Nada merece la pena. No  hay un «porqué» para vivir. Lo único que queda es dejarse llevar por la vida.

A veces, la falta de esperanza se manifiesta sencillamente en cansancio. La vida se convierte en una carga pesada, difícil de llevar. Falta de empuje y entusiasmo. La persona se siente cansada de todo. No es fatiga normal después de un trabajo o actividad concreta. Es un cansancio vital, un aburrimiento profundo que nace desde dentro y envuelve toda la existencia del individuo. El problema de muchos no es «tener problemas», sino no tener fuerza interior para enfrentarse a ellos.

Esta crisis de esperanza es, tal vez, el rasgo más preocupante y sombrío del hombre contemporáneo, pues la esperanza es algo constitutivo en el ser humano. El hombre no puede vivir sin esperanza; dejaría de ser hombre. Necesita un aliento de esperanza que anime su existencia.

«El hombre no solo tiene esperanza, sino que vive en la medida en que está abierto a la esperanza y es movido por ella» (H. Mottu).

Si ésta desaparece, la vida de la persona se apaga. Vivir sin esperanza no es vivir. Por eso, las preguntas más inquietantes del hombre contemporáneo giran en torno a la esperanza. ¿Dónde está la raíz de esta crisis?, ¿qué le está pasando al hombre de hoy?, ¿dónde y cómo puede la humanidad recuperar la esperanza? Un filósofo agnóstico, tan poco sospechoso de devaneos espirituales como es R. Argullol se expresaba de la siguiente manera:

«Creo que bajo nuestra apariencia de fortaleza material y técnica, hay una debilidad sustancial. Se va adelgazando la silueta espiritual del hombre».

Necesidad de salvación

No es difícil, a mi juicio, detectar en lo hondo de esta situación una necesidad de salvación. E. Schillebeeckx considera que la experiencia del hombre moderno está girando hoy en torno a estos dos ejes. Por una parte, crece la expectativa y el anhelo de un futuro que debería ser más humano, más digno, más justo y feliz para todos. Por otra parte, se percibe cada vez más un miedo difuso a ese futuro porque la experiencia diaria nos abruma con toda clase de sufrimientos individuales y colectivos, injusticias absurdas, conflictos y contradicciones. ¿Cómo puede llegar la humanidad a vivir en condiciones dignas del ser humano?

El hombre contemporáneo conoce la posibilidad de eliminar ciertas alienaciones de la existencia humana; la ciencia y la técnica moderna le han permitido experimentar fragmentos de bienestar y autoliberación. Pero, al mismo tiempo, el hombre de hoy sabe que hay alienaciones más profundas, vinculadas a la finitud, a la soledad existencial, a la imposibilidad de un amor total, a la necesidad de morir, a la invisibilidad de Dios, al poder extraño del mal y del pecado, de las cuales no se puede liberar a sí mismo.

El hombre moderno está conquistando logros muy positivos, pero toma conciencia de que está errando en los objetivos finales. Para muchos está cada vez más claro que el ser humano no puede darse a sí miso toda la salvación que anda buscando. Pero, ¿dónde encontrar esta salvación? Consciente o inconscientemente, los hombres y mujeres de hoy reclaman algo que no es técnica, ni ciencia, ni doctrina religiosa, sino experiencia viva del que es la Fuente del ser y el Salvador de la criatura humana. Pero, ¿quién les puede mostrar el camino acertado y señalar la dirección buena?, ¿quién les puede dar noticia de esa experiencia de salvación?, ¿quién la conoce?, ¿quién les puede ayudar a descubrir esa verdad interior que es la que realmente libera y hace vivir?

POBREZA ESPIRITUAL DE NUESTRA ACCIÓN PASTORAL


Sólo desde la radicalidad de estas preguntas nos hemos de adentrar en la revisión de nuestro trabajo pastoral y en las exigencias de la nueva evangelización. Sin duda, lo mismo que en tiempos de Jesús, no faltan tampoco hoy escribas, doctores y jerarcas; pero, ¿hay pastores capaces de acercar al hombre de hoy a la experiencia salvadora del Dios vivo de Jesucristo? Ciertamente, nuestro trabajo pastoral ofrece doctrina religiosa, dicta orientaciones morales, organiza celebraciones litúrgicas, pero, ¿comunica esa experiencia nueva y buena de un Dios Salvador, que tanto necesita el hombre de hoy?

No pretendo ni mucho menos emitir ahora un juicio condenatorio del trabajo pastoral que se promueve entre nosotros. Conozco bien los logros positivos en diferentes campos: revitalización de las comunidades cristianas; participación más activa y responsables de los laicos; planificación y organización más eficaz del trabajo; animación de la celebración litúrgica; mejora en la calidad de la acción catequética; esfuerzo evangelizador en los sectores juveniles; desarrollo de la pastoral de la caridad y del servicio a los marginados…. Por otra parte, no ignoro los problemas y dificultades con que se encuentran hoy quienes se comprometen en la acción pastoral. Sufro en mi propio trabajo las limitaciones de una Iglesia envejecida, paralizada por la rutina, bloqueada por un cristianismo tradicional, impulsada por presbíteros y creyentes gastados por la edad.

Mi único propósito es apuntar algunas deficiencias básicas que impiden hoy una evangelización auténtica, y están pidiendo con urgencia una nueva experiencia mística de lo cristiano.

Ausencia de comunión viva con Cristo

Nuestro trabajo pastoral está concebido y desarrollado, por lo general, de tal forma que tiende a estructurar la fe de los cristianos, no desde la experiencia personal de la salvación de Dios, sino desde la aceptación de una determinada formulación de las creencias cristianas desde la docilidad a unas leyes y pautas de comportamiento moral, y desde una celebración ritual de la fe. Son bastantes los cristianos que no conocen el deseo del Absoluto ni la experiencia de una comunicación personal con Dios, sino que se mueven en una atmósfera abstracta de convicciones, creencias y ritos.

Más aún, la acción pastoral no está orientada, en su conjunto, a despertar la adhesión mística a Jesucristo ni la vinculación propia del discípulo. Jesús no es amado ni venerado de una forma que pueda recordar la experiencia de los primeros que se encontraron con él. No se conoce ni se comprende su originalidad fundamental. Hemos hecho una Iglesia donde no pocos cristianos se imaginan que, por el hecho de aceptar unas doctrinas y de cumplir unas prácticas religiosas, está creyendo en Cristo como creyeron los primeros discípulos.
La acción pastoral no llega a crear comunión mística con el Hijo de Dios encarnado en Jesús. Se predica una doctrina sobre Cristo, pero no se despierta la experiencia del encuentro vivo con él. La presencia y la acción del Resucitado en el corazón de cada creyente y en el seno de la comunidad cristiana son más sistemáticamente pensadas, que realmente vividas. Falta en no pocos cristianos, incluso practicantes piadosos, ese vínculo de amor con Cristo como alguien a quien se busca conocer con más hondura, al que no se cansa de descubrir, del que se recibe continuamente el ser, alguien que está en el centro del propio vivir y sin el que uno se derrumbaría en el sinsentido de una vida absurda.

Para que nuestro trabajo pastoral pueda ser comunicación viva de la salvación de Dios, sería necesario, a mi juicio, un cambio de rumbo fundamental: en el origen de la Iglesia y de su acción evangelizadora ha de estar Cristo, pero no simplemente como fundador o legislador, sino como Espíritu que da vida, como sembrador de lo Absoluto, como camino que lleva al Padre.

Una pastoral sin interioridad

Esta falta de vinculación mística con Cristo, favorece todo un estilo de trabajo pastoral marcado predominantemente por la actividad, la planificación y la organización, con una clara minusvaloración de lo contemplativo y una falta a veces alarmante de «atención a lo interior». Se trabaja intensamente buscando un cierto tipo de eficacia y rendimiento pastoral, pero se trabaja como si no existiera el misterio. Veámoslo de manera más concreta.

Predomina hoy en la Iglesia una concepción excesivamente doctrinal de la evangelización. Para muchos, lo decisivo parece ser propagar el mensaje y a doctrina de Jesucristo. Naturalmente, esta manera de entender las cosas, crea todo un estilo de acción pastoral. Se busca, antes que nada, medios eficaces y de poder, que aseguren la propagación del mensaje cristiano frente a otras ideologías y corrientes de opinión; se promueven estructuras y se organizan acciones que permiten una transmisión eficaz del pensamiento cristiano; existe verdadera preocupación por hacer crecer el número y la capacidad pastoral de laicos comprometidos (catequistas, monitores, profesores de religión….) todo ello es, sin duda, necesario, pues evangelizar implica también anunciar un mensaje. Pero se olvida algo esencial: el Evangelio no es solo ni sobre todo una doctrina, sino la persona de Jesucristo y la experiencia de salvación que en él se nos ofrece. Por eso, para evangelizar es necesario hacer presente en la historia de los pueblos, en la convivencia de las gentes, en el corazón de las personas, la experiencia salvadora, liberadora, iluminadora, esperanzadora que nace de Jesucristo.

Por todo ello, no basta cultivar la adhesión doctrinal a Jesucristo. El acto catequético, la predicación y la misma teología, cuando se configuran al estilo de cualquier otra exposición doctrinal, corren el riesgo de convertirse en palabras, a veces hermosas y brillantes, que pueden satisfacer la inteligencia, pero no alimentan el espíritu ni comunican la presencia salvadora de Dios. Y, sin embargo, el hombre de hoy está necesitado de que alguien le ayude a descubrir esa presencia de Dios latente en lo hondo de su corazón. A mi juicio, la pastoral catequética ha de reorientarse hoy decisivamente a despertar la experiencia de ese «Dios inconsciente» del que habla V. Frankl, presente en la profundidad de muchos hombres y mujeres de hoy, aunque su relación con él haya quedado reprimida por las condiciones de la vida moderna.

Lo mismo se ha de decir de la Pastoral litúrgica. Con frecuencia, las celebraciones aparecen escoradas hacia el discurso racional, la efusión sentimental o la exteriorización ritual, con un claro déficit de experiencia interior. Se hacen esfuerzos importantes por devolver a la liturgia su lugar central en la vida de la comunidad cristiana, pero falta muchas veces una interiorización del misterio salvador que se celebra y una personalización de la Palabra que se proclama. Se canta y se ora con los labios, pero el corazón está con frecuencia demasiado ausente.

Todo ello produce una sensación extraña. Se diría que, con nuestra acción pastoral, estamos desarrollando «la epidermis de la fe». La tradición heredada del pasado de un cierto tipo de práctica religiosa, por una parte, y el clima envolvente de vacío y superficialidad de la vida moderna, por otra, nos empuja a cultivar un cristianismo sin interioridad, que parece dispensar a los cristianos de su propio ahondamiento personal para crecer en la fe. M. Légaut llega a decir que « todas esa formas de "vivir religiosamente" estimulan el fervor, pero solo simular la fe». De hecho, no pocos cristianos terminan viviendo un «universo religioso imaginario» sin enraizamiento personal en la Absoluto, buscando instintivamente seguridad religiosa en las creencias y prácticas que encuentran a su alcance, pero sin adentrarse en una relación viva con la realidad suprema de Dios.

El sostenimiento de la mediocridad espiritual

Todo lo que venimos diciendo favorece el desarrollo y sostenimiento de la mediocridad espiritual como fenómeno generalizado. Esta mediocridad no se debe sólo a la debilidad, la impotencia o la infidelidad de cada individuo, sino que se debe también, y sobre todo, al clima general que creamos entre todos en el interior de la Iglesia, por una forma empobrecida de entender y de vivir el hecho religioso. Muchos cristianos, observamos fieles y practicantes piadosos, no llegarán a sospechar nunca la experiencia salvadora que podría significar para ellos una comunión más vital con el Dios de Jesucristo.

Este clima generalizado de mediocridad espiritual produce como primera consecuencia una especie de bloqueo de la acción evangelizadora. A la Iglesia concreta de cada lugar se le hace difícil ahondar en la fidelidad a su misión. Solo una experiencia nueva del Espíritu de Cristo resucitado presente en ella la podría hacer menos dependiente de un pasado poco evangélico, menos sujeta a las presiones mundanas del presente y más audazmente abierta a la nueva evangelización del futuro.
Mientras tanto, una parte importante del trabajo pastoral se limita a alimentar y sostener un cristianismo convencional que se ajusta rutinariamente a lo que amplios sectores esperan y demandan a la Iglesia: respeto a una tradición religiosa empobrecida; observancia de una práctica ritual que tranquiliza aunque no alimente el espíritu; insistencia machacona en ciertas verdades doctrinales aunque no abran el corazón a la experiencia de Dios; recuerdo conminatorio de la moral. Sin duda, en el interior de todo esto se esconden grandes valores cristianos, oscurecidos a veces por el lastre de los siglos, pero es difícil no dar la razón a M. Legaut cuando dice que, en medio de esta mediocridad, «uno se ve condenado a vivir "religiosamente" de forma atrofiada y gravemente ficticia, por más ferviente y edificante que parezca. Uno se ve reducido a nutrirse con el pasto que le dan, intelectual o sentimental, infantil o erudito». Falta la vida que brota y se nutre de la unión mística con Dios.

Ante esta mediocridad y falta de vigor espiritual, uno no puede evita la sensación de que en todo esto se oculta una larvada infidelidad. Una infidelidad de contornos poco precisos, que no es fácil decir exactamente en qué consiste, que no procede siempre de las intenciones y de las actuaciones concretas de quienes se desgastan en el trabajo pastoral, pero que está ahí en la raíz de todo, impidiendo la expansión de la verdadera evangelización. Esto no es la experiencia salvadora que vivieron los primeros que se encontraron con Jesús y que quedaron sacudidos por la presencia transformadora del Resucitado. Aquí falta Jesucristo, el Hijo de Dios encarnado, acogido en el fondo de los corazones.

El riesgo de la perversión pastoral

La falta de una experiencia mística de la salvación cristiana trae consigo el riegos de desfigurar y pervertir la acción pastoral. La evangelización no brota del corazón, como irradiación o prolongación de lo que vive el evangelizador. Es fácil, entonces, que el trabajo pastoral se convierta en una actividad más entre otras, incluso a veces más absorbentes por ser más vinculantes para uno.

Pero sobre todo, cuando falta la experiencia mística de Jesucristo, pronto aparecen los signos que la delatan: el trabajo pastoral se convierte fácilmente en actividad profesional; la evangelización, en propaganda religiosa ideologizada desde la izquierda o desde la derecha; la liturgia, en ritualismo vacio de espíritu; la acción caritativa, en servicio social o filantrópico.

Pero hay más. No es fácil vivir en el mundo sin ser del mundo. Ser fiel al evangelio sin caer prisionero de lo que se piensa, se siente y se vive en medio de la sociedad. Una pastoral, espiritualmente débil, fácilmente se deja arrastrar por «el mundo». Quien no se inspira en Jesucristo, termina copiando de los hombres. Cuántos esfuerzos de renovación, «aggiornamente» y adaptación han terminado en una pastoral que era más «de este mundo» que «de Dios».

En esta misma línea, es fácil observar cómo nobles esfuerzos de acción pastoral terminan, a veces, sometidos a una ideología de un signo y otro, que prevalece sobre lo esencial de la fe. Cuando falta unión mística con Cristo es fácil el riesgo de sentirse más vinculado a ciertas ideologías de la época que a la misma fe. Brotan entonces la ambigüedad e, incluso, el escepticismo y la incredulidad sobre la fuerza transformadora del evangelio. Poco a poco, la ideología viene a ocupar el corazón vacío de auténtica experiencia cristiana.


MÍSTICA Y NUEVA EVANGELIZACIÓN


Dice E. Schillebeeckx que la mística, aunque tiene sus períodos culminantes y sus formas diversas de expresarse, siempre se manifiesta «como una determinada respuesta a una crisis o a una cuestión surgida en un determinado contexto socio-histórico». Probablemente, el anhelo actual de la mística (y sigo en parte la reflexión del teólogo de Nimega), está brotando de la necesidad de entrar en contacto con un Dios Salvador y Amigo añorado, tal vez inconscientemente, desde la insatisfacción de una cultura meramente técnica, desde el vacío del racionalismo moderno y desde la impotencia sentida de autosalvación. La nueva evangelización solo podrá comunicar la Buena Noticia de este Dios si es capaz de reactualizar en nuestros tiempos la experiencia mística fontal que se vivió en el origen del cristianismo.

El encuentro místico con Cristo punto de partida de la evangelización

Este es el primer dato que hemos de recordar. El encuentro sorprendente y transformador de unos hombres y mujeres con Jesús, el Cristo, ha sido el punto de partida que ha desencadenado la evangelización. Todo comenzó cuando aquellos judíos se pusieron en contacto con Jesús y experimentaron con él la cercanía salvadora de Dios. Sin este encuentro, todo hubiera seguido como antes. Ha sido la experiencia de ese contacto con el Hijo de Dios encarnado en Jesús lo que ha transformado la vida de estos hombre dando un sentido y una orientación nuevos a su existencia. Experimentan en Jesús la salvación ofrecida por un Dios amigo del ser humano, y se entusiasman con la tarea de hacer presente el Reino de ese Dios entre los hombres.

Este encuentro con Jesús pasa por muchas vicisitudes. El misterio encerrado en Cristo encuentra resistencia en el corazón torpe y  débil de los discípulos. La cobardía y la negación en el momento de la cruz se entremezclan con sus expectativas y sus anhelos. La experiencia alcanza para ellos su intensidad y hondura decisiva en el encuentro pascual con Cristo resucitado. Los ojos de su corazón se iluminan con una luz nueva. Reciben la paz, se sienten perdonados, restituidos de nuevo a su ser más auténtico. Experimentan en el Resucitado el amor fiel de Dios que permanece siempre. Descubren que Dios es el Salvador de la criatura humana. No pueden callar su experiencia. Necesitan comunicar la Buena Noticia de Dios. Es significativo que los evangelistas terminen siempre el relato de los encuentros con el Resucitado con su llamada a la evangelización: «Como el Padre me envió, también yo os envío» (Jn 20, 21); «Vosotros sois testigos de estas cosas» (Lc 24, 48); «Id y haced discípulos a todas las gentes» (Mt 28, 19); «Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación» (Mc 16, 15).

Este encuentro tiene los rasgos propios de la experiencia mística. Es una experiencia fontal que transforma enteramente su existencia. Algo asó como una «iluminación» que rompe la imagen que tenían del mundo, de Dios y de sí mismos. Se derrumba su «mundo viejo» y nace algo completamente nuevo: una experiencia de salvación y reconciliación inefable; la vivencia de la gratuidad total de Dios. Ya no valen las viejas palabras. La experiencia exige palabras nuevas para poder expresar, articular y comunicar lo que viven: Dios encarnado en Jesús es Amor insondable. Fuente de vida y de salvación para el ser humano. Así comienza la evangelización, como comunicación de esta experiencia. Lo dice bien la 1Carta de Juan: «Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que han visto nuestros ojos, lo que contemplamos y palparon nuestras manos acera de la Palabra, que es la vida –porque la vida se ha manifestado, la hemos visto, damos testimonio y os anunciamos la vida definitiva, la que se dirigía al Padre y se ha manifestado a nosotros –esto que hemos visto y oído os lo anunciamos también a vosotros para que también vosotros lo compartías con nosotros; y nuestro compartir lo es con el Padre y con su Hijo Jesús, el Cristo» (1Jn 1, 1-3).

Los discípulos comienzan a comunicar lo que viven a toros, «desde Jerusalén… hasta los confines de la tierra» (Hch 1, 8). Su experiencia se convierte en mensaje. Su vivencia se trasmite a través de un anuncio, una nueva praxis de vida y una celebración. Pronto, el mensaje viene fijado por escrito y nacen la Escrituras cristianas; la celebración de la experiencia cristaliza poco a poco en liturgia ritual; el espíritu de la nueva praxis cristiana queda recogido en pautas concretas de conducta. De  esta forma, lo que para aquellos primeros discípulos era una experiencia, para nosotros es hoy tradición, texto escrito del Nuevo Testamento, celebración litúrgica de los sacramentos. Pero, al comienzo de todo, como desencadenante de la fe cristiana, lo que encontramos no es una doctrina, un texto escrito, un rito litúrgico, sino una experiencia mística.

La evangelización como actualización de la experiencia original cristiana

Todo esto significa que el cristianismo no es fundamentalmente una doctrina que debe ser creída, un libro sagrado que ha de ser fielmente interpretado o una liturgia a celebrar con regularidad, sino una experiencia de fe que ha de ser vivida, ofrecida y comunicada a otros como Buena Noticia de Dios. Por eso, evangelizar no significa, en primer lugar, transmitir una doctrina, exigir una ética o promover una práctica religiosa, sino evocar y comunicar la experiencia original del encuentro con el Hijo del Dios vivo, encarnado en Jesús por nuestra salvación. El desarrollo de la doctrina ha de servir exclusivamente para articular y ahondar en el plano de la reflexión la experiencia cristiana. La liturgia alcanza su verdad plena cuando es actualización e interiorización personal y comunitaria del misterio cristiano. La moral evangélica ha de ser expansión de la comunión con Cristo, principio de una vida de culto filial al Padre y de fraternidad universal.

La historia de la fe cristiana es, por tanto, la historia de una experiencia que se transmite y se contagia de unas generaciones a otras. En esa historia salvífica entramos cada uno haciendo nuestra propia experiencia de la gracia de Cristo, reactualizando en nosotros la experiencia de fondo que vivieron los primeros discípulos. Si no se da la renovación continua de esta experiencia, se introduce en la historia de la evangelización una ruptura esencial. La predicación continúa repitiendo la doctrina; la acción pastoral se esfuerza por conservar el depósito de la fe y las buenas costumbres; se administran los sacramentos y se cuida la observancia de las prácticas religiosas. Pero queda interrumpida la continuidad de la experiencia mística original.

A mi juicio, la primera tarea de una nueva evangelización es, precisamente, recuperar hoy para los hombres y mujeres de nuestro tiempo la experiencia primigenia de la salvación cristiana. Esto es lo que transformaría de raíz nuestra acción pastoral y le daría un nuevo aliento evangelizador. Aquellos primeros discípulos vivieron el encuentro con Cristo desde su propio mundo y desde sus propios problemas y contradicciones. Nosotros hemos de reactualizar esa experiencia en nuestro mundo actual, en medio de la conflictividad y la desesperanza en que se mueve hoy la humanidad. El contexto socio-cultural es diferente, pero los problemas radicales del ser humano son los mismos. Por eso, la experiencia de salvación cristiana ha de ser ofrecida a todos. No es una experiencia reservada a selectos, llamados especialmente a la contemplación. Todo aquel que se enfrenta a su indigencia radical de criatura experimenta, de forma más o menos consciente, la necesidad de salvación. Poco importa que sea culto o ignorante, que viva vinculado a una ideología u otra. En el fondo, todo ser humano necesita escuchar la Buena Noticia de un Dios en el que poner su confianza total. El Hijo de Dios encarnado en Cristo es «luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo» (Jn 1, 9).

No es este el momento de analizar cómo ha de ser concretamente la acción pastoral para que sea capaz de evocar y actualizar la experiencia original cristiana, pero sí quiero hacer alguna observación sobre el acto catequético y sobre la pastoral litúrgica.

La acción catequética y la pastoral de iniciación a la fe han de ayudar a escuchar el mensaje cristiano recogido fundamentalmente en los evangelios y en el Nuevo Testamento (sin olvidar la tradición eclesial posterior). Pero no se ha de ignorar que el Nuevo Testamento, antes de ser un texto escrito, ha sido experiencia de fe vivida por los primeros creyentes. Ha habido todo un proceso en el que se ha pasado de la experiencia a la redacción de ese texto que llega hoy hasta nosotros. Es necesario ahora un proceso inverso que permita a los creyentes de hoy pasar de la escucha del texto bíblico a la experiencia de Dios vivida en el origen. Todo acto catequético consiste, en definitiva, en hacer que ese evangelio escrito cobre nueva vida y que la experiencia original cristalizada en esas Escrituras sea conocida, evocada y actualizada por los creyentes de hoy. Ahí se ha de centrar toda acción catequética inspirada e impulsada por el ardor de una nueva evangelización, sabiendo que una catequesis que se limite a exponer correctamente el mensaje cristiano, una exégesis que solo se preocupe de interpretar el texto bíblico con precisión, una predicación que se reduzca a exponer objetivamente su contenido doctrinal, están pasando de largo junto a lo decisivo y esencial, y no están ofreciendo el manantial del que brota la verdadera vida cristiana.

Lo mismo ha de decirse de la pastoral litúrgica. No hemos de olvidar que la estructura actual de la liturgia cristiana (misa dominical, celebración de siete sacramentos, año litúrgico, etc), es el resultado de todo un proceso en cuyo origen está la experiencia de la Cena del Señor, la acogida de su perdón, la escucha de su Palabra y, sobre todo, los encuentros con el Resucitado. No es extrañar que la tradición cristiana haya designado a la Eucaristía «misterio pascual» (paschale mysterium), pues en ella se actualiza el encuentro místico con el Señor resucitado. F.X. Durrwell llega a decir que la «Eucaristía es una forma permanente de la aparición pascual». Por eso, es importante lograr una mayor participación de los fieles en la realización exterior de la acción litúrgica (lectores, cantores, servidores del altar, etc.). Es positivo promover la comunicación entre la asamblea y el presidente, entre los oyentes y el lector o los fieles entre sí. Pero lo esencial es la participación viva en los misterios de salvación que se celebran, la experiencia mística de la gracia de Dios que se acoge en Cristo y por Cristo.

El relato del encuentro del Resucitado con los discípulos de Emaús (Lc 24, 13-35) adquiere hoy una importancia significativa y puede ser, a mi juicio, un texto básico a la hora de diseñar una teología de la nueva evangelización como actualización de la experiencia cristiana primigenia. La situación de los discípulos es de desesperanza y desaliento. Aparentemente, cuentan con todos los elementos que los podrían llevar a la fe: conocen las Escrituras, no ignoran el mensaje evangélico, han escuchado el mensaje pascual de las mujeres… Todo es inútil. Les falta la experiencia de su encuentro personal con el Resucitado. San Lucas muestra los dos caminos indispensables para vivir esta experiencia pascual: la escucha de la Palabra de Jesús como «compañero de camino» a lo largo de la existencia. Así lo experimentan los discípulos: «¿No ardía nuestro corazón dentro de nosotros cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?» (LC 24, 32). Y junto a esto, la participación en la Cena del Señor. Allí se sienten alimentados, se les abren los ojos y le reconocen (Lc 24, 30-31). ¿No está aquí sugerida una de las principales tareas de la nueva evangelización? En tiempos de desesperanza y crisis de fe, tal vez lo primero es reavivar la experiencia pascual y promover el encuentro místico con Cristo vivo que acompaña al hombre a lo largo de su existencia, iluminándolo con sus palabras que son «espíritu y vida» (Jn 6, 63) y alimentando su ser en la Cena eucarística.

Dos elementos importantes de la experiencia cristiana

No es mi intención analizar aquí la estructura básica de la experiencia cristiana. Solo quiero llamar la atención sobre dos elementos a los que, a mi juicio, ha de estar muy atenta la nueva evangelización, si quiere comunicar la experiencia cristiana en nuestros tiempos.

La experiencia de un Dios Amigo y Salvador
Para captar bien la dirección que se ha de imprimir a la nueva evangelización, hemos de recordar que en el núcleo del mensaje y de la actuación de Jesús nos encontramos con el anuncio y la experiencia de un Dios Amigo y Salvador del hombre. La originalidad de Jesús aparece mejor si la estudiamos en contraste con la actuación del Bautista.

Todo el mensaje del Bautista se concentra en el anuncio del juicio inminente de Dios. «Ya está el hacha puesta a la raíz de los árboles» (Mt 3, 10). Nadie se librará de este juicio. Lo único que queda es hacer penitencia y volver al cumplimiento de la Ley para «huir de la ira inminente» (Mt 3, 7). El mismo Bautista se convierte en símbolo de este mensaje. Su vida es penitencia en medio del desierto. Su tarea, promover el bautismo de purificación. No cura, no bendice, no perdona. Introduce en la sociedad el temor a la ira de Dios. El Bautista sitúa así toda la existencia del hombre en el horizonte de un juicio severo. Esto es lo decisivo, la experiencia religiosa se entiende y se vive, sobre todo, como espera y preparación del juicio divino.

El mensaje de Jesús, por el contrario, se centra no en el juicio de Dios cuya ira está a punto de manifestarse, sino en la gracia salvadora de Dios para todos los hombres, incluso para los paganos y pecadores. No oculta Jesús el riesgo de quedarse fuera de la fiesta final, pero el que llega no es un Juez con su hacha amenazadora, sino un Padre cercano, Abba, que solo busca la dicha del ser humano. Por eso, él mismo se convierte en parábola viviente de ese Dios. No vive ayunando como el Bautista, sino comiendo con pecadores. No se le llama «bautizador», sino «amigo de publicanos y pecadores» (Mt 11, 19). Su vida es cercanía al sufrimiento humano, acogida al débil, sanación de la vida. J. Moltmann resume así el contraste entre Jesús y el Bautista: «Jesús proclama la cercanía íntima de Dios, el Padre, que expresa con el nombre de Abba, y no la llegada de un juez universal. Demuestra la cercanía del Reino de Dios, no con amenazas y con ascética, sino con signos de gracia en personas fracasadas y con milagros de curación de la vida enferma».

Dios no ha sido Buena Noticia para muchos cristianos que hoy se alejan de él. La religión que han conocido no ha sido para ellos gracia, liberación, fuerza salvadora, alegría para vivir. Su relación con Dios ha estado impregnada por un temor oscuro al Juez severo, y no por una confianza filial en el Padre cercano, amigo de la dicha y del bien del ser humano. La nueva evangelización ha de tener claro que todo aquello que impida experimentar a Dios como gracia, liberación, perdón, amor insondable, no lleva dentro la Buena Noticia de Dios proclama por Jesús. Al contrario, la evangelización ha de comunizar la experiencia de que Dios está siempre del lado del hombre, frente a todo aquello que le pueda oprimir  o dañar; que Dios solo interviene en nuestra vida para salvar, liberar, potenciar, elevar nuestra existencia; que Dios solo busca y exige lo que es bueno para el ser humano.

La mística del Reino de Dios ofrecida a los pobres
La experiencia de Dios que comunica Jesús no es una experiencia puramente interior e individual. Los discípulos captan en Jesús no solo su relación filial con el Dios «Abba», sino también la resonancia que esa experiencia de Dios tiene en la sociedad. Jesús vive la mística del Reino de Dios. Se comunica filialmente con el Padre, pero, al mismo tiempo, pide y busca que ese Padre de bondad y de misericordia reine entre los hombres.

Por eso, no hemos de olvidar nunca que la vida mística de Jesús está configurada por una doble experiencia. Al experiencia de la filiación: «Tú eres mi Hijo amado; en ti me complazco» (Mc 1, 11). Y la experiencia de sentirse enviado a comunicar la gracia y la liberación de Dios a todos los hombres y, en general, a los más pobres y humillados: «El Espíritu del señor me ha ungido y me ha enviado a anunciar a los pobres la Buena Nueva, a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para dar libertad a los oprimidos y proclamar el año de gracia del Señor» (Lc 4, 18-19).

En Jesús es inseparable su experiencia de Dios «Abba» y su acción sanadora, liberadora, reconciliadora. Como dice E. Schillebeeckx: «Jesús, fenómeno personal inédito en Israel, experimenta a Dios como una potencia que abre futuro, que es contraria al mal, que solo quiere el bien, que se opone a todo lo que es malo y doloroso para el hombre…. y, por tanto, quiere redimir la historia del dolor humano». La nueva evangelización ha de cuidar el no disociar ni ignorar la doble experiencia de Cristo. Si se olvida el envío a los pobres, el cristianismo queda reducido a unión interior con la divinidad y deja de estar ungido por el Espíritu, que empuja al primer evangelizador a sanar y liberar. Si se ignora la experiencia de Dios «Abba», el cristianismo queda rebajado a pura acción socio-.política, sin apertura a la esperanza que solo viene de Dios, origen y destino último de la criatura humana.

La nueva evangelización debería tener muy presente el conocido aforismo de san Ireneo, que expresa de manera penetrante el núcleo de la experiencia mística cristiana: «Gloria Dei vivens homo, vita, autem hominis, visio Dei». La gloria de Dios está en la felicidad, la plenitud, la vida liberadora de todo ser humano, también del más pobre, olvidado y humillado. Pero, la felicidad y liberación del hombre solo encuentra su realización plena en Dios.

 Teresa de Jesús: Pedagogía y mistagogía de la oración


Son muchas las cosas que hemos dicho de la oración y del papel que jugaba la oración en la vida y obra de Teresa de Jesús. Pero todo ello tendría poco sentido si no concluyese en la práctica de la misma. Todo lo vivido y enseñado por Teresa de Jesús no puede quedar reducido a estudios académicos o de laboratorio de teológico. Ella escribe no para exponer doctrinas, sino para que sean vividas. Por eso –digo yo- le molestarán los intérpretes que buscan en ella psicología del profundo, historia, sociología o literatura. Uno de los fines al escribir la «Autobiografía» (el Libro de la Vida), fue «engolosinar» al lector para iniciar el camino (V 18, 8). Por eso mismo, creo que es una de las claves más profundas para leer sus escritos.

 Si pasamos del siglo XVI a nuestro tiempo, el tema se hace problema y quehacer pastoral en la Iglesia, como percibió hace mucho años un autor anglicano, lector apasionado de los escritos teresianos: «El presente estudio de su doctrina no es mero ejercicio académico, sino un intento de contribuir seriamente a resolver el problema pastoral más urgente de nuestro tiempo: como enseñar a orar a nuestro pueblo». Y, en consecuencia, si debemos orar, «necesitamos saber cómo orar».

 Doctrina valiosa es la que dedica santa Teresa al «modo» de hacer la oración, que no es exactamente un «método» como los que existían en su tiempo en España. No tuvo ni tiempo ni esquemas mentales suficientes para elaborar un método en el sentido técnico del término. Pero, con desorden, sin precipitación, fue aprendiendo algunas reglas para orar, las fue perfeccionando en la praxis personal y enseñando a los demás. Finalmente, cuando su vida y se convirtió en maestra, fue desgranando principios elementales y valiosos con los que el lector puede elaborar lo que se puede llamar «método teresiano» de oración. El presente es un intento más de sintetizar orgánicamente lo que la maestra dijo en mucho lugares de sus obras. Es una pedagogía, una mistagogía, más que método. Teresa es orante porque es testigo de un camino de oración: testigo excepcional de una relación personal y amorosa con Dios.

Teresa, maestra de oración
Que santa Teresa fue en su vida y sigue siendo «maestra de oración» y, por ello, «madre de espirituales» resulta evidente de cuanto sabemos y hemos dicho. Pero es aleccionador saber que su magisterio no se transmite sólo por sus escritos, sino que en vida ejerció, a su manera, un especial magisterio fundando comunidades orantes. Que fue madre y maestra de las monjas y frailes descalzas/os, es evidente. Resulta claro también que fue iniciadora, antes de la fundación de san José de Avila, de pequeñas comunidades orantes. No sabemos si impuso un «método» propio o, probablemente, el aprendido en sus años de juventud, el «recogimiento». Lo cierto es que tenía su propia pedagogía, su manera mistagógica de introducir a los otros en su oración ascética y mística. Aun en los momentos más bajos de oración personal, nunca le abandonó el buen ánimo de inducir a los demás a orar (V 7, 13; 13, 9).

Es hermoso leer un artículo del P. Tomás Alvarez, donde reconstruye  la escuelilla de oración de la que era maestra la madre Teresa de Jesús. Resulta una faceta interesante. «Se propone "engolosinarlas" –escribe-. Son un grupito exiguo: un par de dominicos, uno o dos jesuitas, un seglar amigo, casado con una pariente de ella, y una amiga íntima. Quizás algún otro». En sus redes afectivas y magisteriales cayeron su padre, su hermano Lorenzo, el obispo D. Teutonio de Braganza, su compañero de caminos, Antonio Gaytán, etc.

Presupuestos
A veces nos lamentamos y quejamos de que no oramos, de que estamos en crisis, que dudamos de su eficacia, etc. Son objeciones que elucubramos para huir de la oración. La verdad es que, si profundizamos, vemos que toda crisis de oración es crisis de fe personal y eclesial, bastante diversa de la del siglo XVI. Entonces el ambiente estaba sacralizado, con muchas reformas en marcha, el pueblo con crisis de moral, pero la oración floreció en los grandes maestros y entre el pueblo. Con los dos telones de fondo, el del siglo de Teresa y el nuestro, analicemos algunos presupuestos para orar, que la maestra Teresa tuvo en cuenta.

Elementos que posibilitan o impiden la oración hoy
Fundamentalmente son actitudes teologales, que van más allá de la práctica de las virtudes morales. Sin duda alguna, facilita, y aun hace posible, la oración la vivencia de la fe. Que nadie espere orar en cristiano sin haber antes resuelto el problema de su fe. La oración es, ante todo, una relación de amistad, un encuentro entre dos personas, Dios y el orante. No se puede dialogar con alguien sin creer firmemente en su existencia y su cercanía. La fe en ejercicio no sólo admite la existencia de Dios, sino a Cristo como Dios, y se expresa en la caridad, que, según santo Tomás de Aquino, es «una especie de amistad». En este clima nace espontánea la oración cristiana, el diálogo de amor entre Dios y la criatura.

Hace posible la oración también tener un concepto exacto del Dios cristiano, no un Dios a veces demasiado filosófico de algunos teólogos, sino el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, como decía san Pablo. Del Dios que se hace historia humana no sólo en Belén y Jerusalén, sino en nuestros gozos y alegrías, lo mismo que en nuestras penas y quebrantos. Del concepto que tengamos de Dios dependerán en gran medida las ganas de comunicarnos con él. Ningún hijo tiene interés en relacionarse con un padre tiránico y juez implacable, un malvado y olvidadizo de su familia. El hijo, en este caso, abandonará la casa paterna, se hará «hijo pródigo» y se dedicará al vagabundeo pecaminoso. Lo contario sucede cuando el padre cuida al hijo con cariño, aunque sin mimos. Entendiendo la oración como relación de un hijo con su padre, la frecuencia de los encuentros del orante con Dios en la oración estará medida por el afecto que le tengamos. No existen leyes positivas ordenando el amor de los hijos a los padres, porque es anterior a toda ley y superior a toda medida.

Posibilita la oración no tener falsos conceptos de la misma. Por ejemplo, no favorece la oración creer que consiste en recitar ciertas fórmulas en unos momentos precisos de la mañana o de la noche; que, si no lo hago o me distraigo en ese momento, peco; o que la oración vocal o mental son fórmulas mágicas para que Dios me sea propicio, que actúa como un mago en todas mis necesidades, que sea el tapa-agujeros de todos mis rotos y carencias. O, por el contrario, tener un concepto claro y verdadero de ella; pensar que Dios no necesita mi oración, sino que yo necesito a Dios como el respirar; que oro porque Dios ora, sin ningún sentido utilitarista. Sólo para presentarle mis necesidades y darle gracias y alabanzas por el don de la vida.

Se requiere, además, un mínimo de buena voluntad para comprometernos con ella, y sobre todo, no temer las consecuencias. Así como existe un miedo a la conversión, que sintieron algunos grandes conversos, como san Agustín, que lo ha dejado plasmado patéticamente en las Confesiones, y, a su manera Santa Teresa, también puede existir una fobia religiosa contra la oración: tememos que Dios nos hable claro y tengamos que salir de la medianía en la que nos encontramos muy bien.

Un obstáculo serio para hacer oración es la indisposición del cuerpo o del alma. La falta de saludo corporal y los desequilibrios de la psique pesan negativamente en el comportamiento humano para cualquier quehacer, ¿por qué no tendría que influir también en ese momento de relación orante con Dios? Santa Teresa, que tanto sabía de enfermedades propias, superó con una valentía inaudita, casi preternatural, las carencias de su cuerpo, las deficiencias de su mente y los «ruidos» de su cabeza. Además, con el tiempo se dio cuenta de que el cuerpo tiene estratagemas para quejarse indebidamente y que el alma ha de vencer con la fortaleza de la voluntad y teniendo claros los fines que se pretenden. Porque tuvo tanta experiencia de todo ello, se compadeció de las penas ajenas y comprendió que las flaquezas del cuerpo podían debilitar el alma y los buenos deseos de hacer oración. Un detalle más del humanismo de esta maestra de oración.

La «buena conciencia»
La «buena conciencia» es un presupuesto básico y una realidad compleja en la vida del orante. Con ella, se siente interpelado por el cumplimiento fiel de todas las obligaciones del propio estado. Es cierto que –según los grandes maestros espirituales del siglo XVI- la oración es causa de la reforma de las personas y las instituciones (cf. cap. 9, I); pero también no se puede disociar su ejercicios de unas virtudes básicas. En este contexto santa Teresa ha sido pródiga en avisos. Especialmente insistirá en las tres virtudes básicas: el amor, el desasimiento y la humildad-verdad (CV 4, 4)

«Ya sabéis que la primera piedra ha de ser una buena conciencia y con todas vuestras fuerzas libraros aun de pecados veniales y seguir lo más perfecto» (CV 5, 3).

«Toda la pretensión de quien comienza oración (y no se os olvide esto, que importa mucho) ha de ser trabajar y determinarse y disponerse con cuantas diligencias pueda a hacer su voluntad conformar con la de Dios» (2M 1, 8).

«La examinación de la conciencia y decir la confesión y santiguaros, ya se sabe ha de ser lo primero» (CV 26, 1).

Este condicionamiento ascético hay que interpretarlos –creo- en sentido amplio: equivale a «pureza integral», a la tensión purificativa del hombre como camino previo a la comunicación con Dios, de lo cual han hablado todos los místicos y maestros de la vida espiritual. Las referencias teresianas al «examen de conciencia», al «decir la confesión», son normas aconsejables, no obligatorias; no significa que el orante antes de ponerse a orar tengo necesariamente que «confesarse» para purificarse de sus pecados. Lo normal será que el que habitualmente practica la oración personal, no tiene necesidad de confesarse cada vez que ora; sin embargo, la Santa alude a estas fórmulas tradicionales para crear en el orante un deseo instintivo de ser amigo de Dios desde el primer momento. Es posible que, después de una oración bien hecha, salga el orante arrepentido de sus pecados.

No quiere decir esto que los que no tengan buena conciencia no puedan ni deban hacer oración. Sería una conclusión falsa, porque ella ha afirmado todo lo contrario: ha previsto que la oración, especialmente la oración mística, puede ser causa de conversión y quiere poner de manifestó que la conciencia limpia ayuda a recoger los pensamientos y suscita el deseo de estar con Dios para dialogar con él.

Vienen después todas las virtudes que alimentan la piedad seria del orante, que le acercan a Dios. Existe un entorno ascético que salvaguarda la oración del alma. La Santa sabía mucho de la tendencia instintiva del hombre a la vida cómoda, burguesa, llena de confort. Los modernos sabemos mucho más que los hombres del siglo XVI de esa tendencia que incita al hombre desde fuera para que busque el placer, la comodidad y deje las prácticas de una vida dura, la que exige el Evangelio radicalmente vivido.

¿Qué pensaba santa Teresa del jaque del confort a la práctica de la oración? De todos es conocida la frase: «Regalo y oración no se compadecen» (CV 4, 2). Pero ha escrito también otras de parecido y más riguroso sentido:
«Que se tiene con harto trabajo [la oración mental] si no se procuran las virtudes, aunque no en tan alto grado como para la contemplación son menester» (CV 16, 2). «Puesto ya en tal alto grado como es querer tratar a solas con Dios, y dejar los pasatiempos del mundo, lo más está hecho» (V11, 12). «Porque los cuidados inquietan a la oración» (V 13, 4). «Que es gran negocio comenzar las almas oración, comenzándose a desasir de todo género de contentos, y entrar determinadas a sólo ayudar a llevar la cruz a Cristo» (V 15, 11). «Lo que yo he entendido es que todo este cimiento de la oración va fundado en humildad, y que, mientras más se abaja un alma en la oración, más la sube Dios» (V 22, 11). «Tened este cuidado: que en principio y fin de la oración, por subida contemplación que sea, siempre acabéis en propio conocimiento» (CV 39, 5).

Analiza los efectos del excesivo apego a los bienes de este mundo (la hacienda, la honra, el deseo de ser estimado), y avisa de los estragos que todo ello puede causar en el alma por falta de control:
«Si hay punto de honra o de hacienda…, que aunque tengan muchos años de oración… que nunca medrarán mucho, no llegarán a gozar el verdadero fruto de la oración» (CV 12,5).

La necesidad de la vida ascética, como disposición interior para la práctica de la oración, la descubrió en su propia persona. Reconoce que vivió en un engaño manifiesto: querer compaginar -«compadecer», dice ella- el disfrute de los placeres que ofrece este mundo y los de la oración:
«Paréceme ahora a mí esta manera de caminar un querer concertar cuerpo y alma para no perder acá el descanso y gozar allá de Dios…., más es paso de gallina; nunca con él se llegará a la libertad de espíritu» (V 13, 5).

Ella se lamenta que, no obstante que tuvo grandes deseos al principio, no llegó antes a las alturas por no tener un maestro que le exigiera una vida de ascesis más rigurosa: «Procuraba –escribe- esto que he dicho: tener oración, más vivir a mi placer» (V 13, 5). La misma expansión afectiva en los locutorios de La Encarnación limitaron su capacidad orante y la condujeron al borde mismo de un precipicio: dejar la oración. De todo esto sacó la experiencia para escribir sobre «la buena conciencia» como requisito previo para hacer bien la oración personal.

¿Qué diría santa Teresa a nuestra búsqueda de confort, de comodidades, a nuestra huida de la cruz de Cristo, de la radicalidad evangélica? No es fácil responder a estar pregunta, y es comprometido hasta el plantearlo en ciertos ambientes porque la ascesis cristiana está cuestionada por el moderno humanismo. Ciertamente, hoy no se pueden revivir muchas de las formas excéntricas de ascesis que implantaron los Padres del Yermo en los primeros siglos del cristianismo. Pero sí buscar suplencias a la antigua praxis. Es también verdad que hoy la vida nos ofrece infinidad de oportunidades que se equiparan a la verdadera ascesis. Hoy podemos encontrar la cruz de Cristo, por ejemplo, en el trabajo que llega a ser, en multitud de ocasiones, «pluriempleo» y que nos ocupa todo el día sin posible respiro; en las angustias de cada día que no sólo han aumentado, sino que han cambiado de signo, como el trabajo inestable; las prisas que provienen de nuestra falta de tiempo y del exceso de actividad, que son causa de tensión y angustia; en los ruidos que nos acosan día y noche, y las diversas formas de contaminación que hacen muy difícil la vida en las grandes urbes; por no hablar de la inseguridad en las megápolis modernas, cada día en aumento por multitud de causas. En una palabra, se comprueba un equilibrio entre el confort que nos da la técnica y el tributo humano que tenemos que pagarle.

Volvamos a la pregunta inicial. ¿Nos diría santa Teresa que todo esto es suficiente para el orante de hoy, que no tiene que buscar ninguna añadidura ni complemento ascético para orar bien? Es probable que no. Quizá nos diría que estamos evitando peligrosamente las aristas de la cruz de Cristo. El cristiano –y con mucha más razón el orante- dialoga con Cristo en la oración. Pues bien, si lo que quiere hacer al estilo teresiano, tendrá que imitarle también en el encuentro con Cristo paciente y crucificado. La sensibilidad espiritual de cada uno tendrá que decirle en cada momento hasta qué punto su fe en Dio y su caridad con el hermano le exigen la mortificación de los sentidos. Lo que hay que educar, en primer lugar, es el sentido de la solidaridad en un mundo globalizado. Ser solidario hoy con los más necesitados lleva aparejado, entre otras cosas, el uso racional y pobre de los bienes de este mundo, que, a este ritmo de consumo, se pueden convertir en escasos. Esa sensibilidad puede ser también una apertura al Espíritu.

3.- Condicionamientos y mediaciones
La oración personal no se improvisa, ni siquiera depende del método, de la preparación remota y próxima, pero existen «actitudes», ejercicios ascéticos, condicionamientos internos y externos que favorecen su práctica. Santa Teresa suscribirá sin duda estas afirmaciones porque ella también se planteó la necesidad de los «condicionamientos», aunque no de modo sistemático. Aludo a algunos de ellos.

3.1. La «determinada determinación»
Es un presupuesto psicológico, quizás el más valioso y decisivo ante cualquier proyecto a realizar. Santa Teresa sabía que la oración era considerada por algunos como peligrosa; pero los orantes encontraban obstáculos por doquier para iniciarla y para perseverar en su ejercicio. Ante estos obstáculos el orante tiene que reaccionar con energía. La «determinada determinación» que propone la Santa es un grito de guerra y de protesta que le nace del fondo del ser para romper el cerco que aprisiona al orante. Textos clave se encuentran en el Camino de Perfección y en el Libro de la Vida:
«Ahora, tornando a los que quieren ir por él [el camino de la oración] y no parar hasta el fin –que es llegar a beber de esta agua de vida- cómo han de comenzar, digo que importa mucho y el todo, una grande y muy determinada determinación de no parar hasta llegar a ella, venga lo que viniere, suceda lo que sucediere, trabájese lo que se trabajare, murmure quien murmurase, siquiera llegue allá, siquiera se muera en el camino o no tenga corazón para los trabajos que hay en él, siquiera se hunda el mundo…» (CV 21, 2).

 «El alma que en este camino de oración mental comienza a caminar con determinación, y puede acabar consigo de no hacer mucho caso, ni consolarse ni desconsolarse mucho porque falten estos gustos y ternura, o la dé el Señor, que tiene andado gran parte del camino» (V 11, 13).

 «Digo que n desmaye nadie de los que han comenzado a tener oración con decir: si torno a ser malo, es peor ir adelante con el ejercicio de ella. Yo lo creo que si se deja la oración no se enmienda del mal; más, si no la deja, crea que le sacará al puerto de luz».

 La determinación teresiana supone no sólo comenzar el camino, haber superado los miedos del ambiente, el «qué dirán» de las gentes, mucho más acentuado en su tiempo que en el nuestro; sino también perseverar en el proyecto comenzado, siempre mucho más doloroso y difícil que la opción primera. Es decir, concebir un proyecto, conocer el fin, los medios, las dificultades y las armas con que se cuenta y ponerse en marcha. Santa Teresa tuvo en su vida muchas determinaciones que no fueron decisiones hasta la cuaresma de 1554 ante un Cristo «muy llagado» (V 9, 1), y la conversión definitiva en el desposorio místico (V 24, 5).

 En los textos citados se aprecian diversas tentaciones para dejar la oración y tres propósitos que el alma debe poner en marcha para superarlas. En el primero, aparecen los miedos del ambiente que obstaculizan el propósito; en el segundo, los beneficios y gustos de orden sensitivo, el apego al egoísmo, al confort; en el tercero, el miedo a la caída, la inseguridad. Se podían aumentar las motivaciones que bloquean el deseo del alma de hacer oración, porque éstas son meramente indicativas, no exclusivas.

 Quizás en nuestro tiempo los obstáculos hayan cambiado de contenido, pero continúan existiendo. Hoy no corremos el riesgo de ser encerrados en las cárceles de la Inquisición por ser orantes o mujeres devotas ni de caer en el falso misticismo, de ser visionarios al estilo de los embaucadores del siglo XVI. Pero permanecen las dos grandes insidias analizadas por santa Teresa: el apego a la vida y la búsqueda del confort, y el miedo a que nos llamen «beatos», a que nos tilden de «fanáticos», «fundamentalistas», o quizás a que piensen que somos «reaccionarios» al progreso teológico o al cambio de estructuras. En el fondo, peligro ideológico y del ambiente.

 La determinación teresiana tiene otros modos de manifestase, o mejor, fórmulas paralelas que fortalecen el primer movimiento del alma hacia la conquista del propósito. La Santa ha especificado algunos:
«Tener gran confianza, porque conviene mucho no apocar los deseos… Quiere su Majestad y es amigo de ánimas animosas… Espánteme lo mucho que hace en este camino animarse a grandes cosas; aunque luego no tenga fuerzas el alma, da un vuelo y llega a mucho, aunque, como avecita que tiene pelo malo, cansa y queda» (V 13, 2).

 «Así que va mucho a los principios de comenzar oración a no amilanar los pensamientos; y créanme esto, porque lo tengo por experiencia» (V 13, 7).

 «Pues procúrese a los principios andar con alegría y libertad; que hay algunas personas que parece se les ha de ir la devoción si se descuidan un poco… Más hay muchas cosas donde se sufre, como he dicho, tomar recreación aun para tornar a la oración más fuertes» (V 13, 1).

 En todos estos textos emergen los grandes ideales espirituales y los profundos resortes psíquicos: potenciar lo bueno del alma, los deseos, los grandes pensamientos que se pueden convertir en ideas, proyectos y obras; no dejarse llevar de la melancolía, del abatimiento, la desgana; usar el equilibrio, dejarse guiar por un sano humanismo, etc.

 Santa Teresa ha sido en todo una persona equilibrada y humanísima. Lo único que excluye es la mediocridad. El alma, educada en su escuela de oración, se distingue por la altura y dignidad de vuelo y no se contenta con serpear por la tierra. Así ella quiere que a los principios el alma tengo maestro espiritual, pero insiste en que ha de se tal «que no los enseñe a ser sapos, ni que se contente con que se muestre el alma a sólo cazar lagartijas» (V13, 3). Ha previsto y descartado como sutil tentación la falsa humildad que nos hace creer indignos de tener grandes pensamientos, elevados ideales.
«Porque creo el demonio hace mucho daño para no ir muy adelante gente que tiene oración, con hacerlos entender mal de la humildad, haciendo que nos parezca soberbia tener grandes deseos y querer imitar a los santos y desear ser mártires» (V 13, 4).

 Con esta preparación, que es fundamentalmente psíquica, el alma puede comenzar el camino. Es el mejor bagaje mental y espiritual con el que puede ir fortalecida para romper la barrera del yo negativo que se esconde en el fondo de nuestro ser de cristianos y para no ser débiles. Normalmente esta barrera no se rompe y por eso se vegeta durante muchos años en la mediocridad: no se sale de una oración de principiantes.

3.2. La soledad y el silencio
 La tradición cristiana ha visto en la soledad y el silencio la situación privilegiada no sólo para hablar con Dios, sino para escucharle. No es que se exijan como condición indispensable para hacer la oración personal, porque, en este caso, los que no pueden huir del mundo de modo habitual o circunstancialmente se verían privados de un medio que por otro cabo se predica necesario. Afirmo simplemente que es algo más que un condicionamiento psicológico; que la soledad y el silencio son situaciones en las que el alma se abre a Dios, siempre que se mantenga el equilibrio entre el «estar en el mundo» y «no ser del mundo», según el sentido que le dio la Gaudium et Spes del Concilio Vaticano II. La soledad y el silencio tienen que ser la tensión radical del cristiano, aunque no necesariamente se vivan en la «huida» del mundo.

 No es necesario, por otra parte, acudir a la teología del desierto, encarnada en la vida de los antiguos Padres anacoretas y en la vida del pueblo de Israel durante la experiencia nómada, para ver los valores religiosos de la soledad y el silencio. Es ya clásico considerar a la soledad y al silencio como algo negativo. Sin embargo, en el cristianismo son altamente positivos. Estar en silencio no puede consistir sólo en no pronunciar palabras, sino llenarse por dentro de contenido, enriquecerse con pensamientos y afectos. El silencio indica una plenitud, cuando no es misantropía, porque supone un encuentro con nosotros mismos; es pura capacidad de recepción. El silencio es algo mucho más personal que la soledad, porque es cuestión de ser, mientras que la soledad lo es de estar: se es silencioso, y se está solo. Además, para estar en silencio no es necesario evadirnos de nuestras ocupaciones diarias. Un documento oficial moderno de los carmelitas descalzos lo ha recordado:
«El silencio no se reduce a una mera ausencia de ruidos y rumores, sino que manifiesta el sentido genuino del diálogo que hemos de cultivar en la vida religiosa. Más todavía, el testimonio de quietud y nobleza espiritual en nuestras comunidades podrá atraer a la oración y al diálogo con Dios a tantos hombres inquietos por el estrépito y la prisa de la vida moderna». Y lo ha definido como «Pura capacidad de atención a Dios».

 Lo mismo digamos de la soledad: no es estar aislados, aunque sea en un desierto. La soledad, más que situación física, es una actitud anímica; es una barrera en torno a las potencias y sentidos; es estar dentro del mundo, cerca de él, pero alejados para estar más cerca de Dios. Ya sabemos que se puede estar solos en compañía, bien sea por enfermedad psíquica, o por voluntad propia; lo mismo que podemos estar acompañados estando solos.

 Quizás el hombre moderno pueda encontrar en la soledad y el silencio elementos equilibrantes a los invadentes valores humanistas – se dice- que nos atenazan y nos desequilibran con el estrés y la angustia, nunca sentidos como ahora y que nos obligan a visitar al psicólogo o al psiquiatra. La soledad y el silencio nos aterran cuando estamos vacíos por dentro, cuando somos superficiales; se busca entonces un apoyo en la amistad, en la compañía. Pero nos consuelan cuando somos archimillonarios del espíritu. La soledad y el silencio pueden ser todavía para el orante moderno una zona de refugio donde su oración se salve.

 Célebre es la frase de santa Teresa: «Acostumbrarse a soledad es gran cosa para la oración» (CV 4, 9). Y ella, siguiendo este criterio, hizo construir, dentro del sus conventos de clausura, ermitas para que de vez en cuando sus monjas pudiesen vivir en soledad absoluta. Allí solía ella retirarse cuando podía para hacer oración; por eso dice que los comienzos de la oración están en «procurar soledad y silencio», imitando a los santos (V 13, 7), trayendo a colación que Cristo así lo enseña y «así lo hacía él siempre que oraba». Era ésta una convicción muy enraizada en su alma.
«Los que comienzan a tener oración…., hanse de ir acostumbrando a no se les da nada de ver ni oír, y aun ponerlo por obra las horas de oración, sino estar en soledad, y, apartados, pensar su vida pasada» (V11, 9).
Pero ella quería una soledad radical, un silencio integral. Este silencio que consiste en callar para hablar con nosotros mismos y con Dios. Además tiene otra acepción: es hacer callar todos los instintos desordenados, todas las apetencias malsanas de nuestro ser corrupto; romper los afectos irregulares, las tensiones innecesarias, los escrúpulos injustificados. Es el encuentro del hombre consigo mismo en un mundo pacificado y controlado. Según santa Teresa, la soledad radical lleva consigo el no preocuparse de nada de los que suceda a nuestro alrededor:
«Porque lo más que hemos de procurar al principio es sólo tener cuidado de sí sola, y hacer cuenta que no hay en al tierra sino Dios y ella; y esto es lo que le conviene mucho» (V 13, 9).

 Después de este escarceo por las obras de santa Teresa, vuelvo a la ideal inicial: no creo que ella exigiese la soledad absoluta en sentido físico para todas las personas como condición necesaria para hacer oración, porque entonces negaría su capacidad orante a todos los que no pueden zafarse del mundo y retirarse a la soledad de un desierto. Lo mismo se puede decir del silencio. Lo que no cabe duda es que la madre Teresa consideraba estas dos actitudes como una opción importante para entra en relación de amor con Dios. El abandono de las cosas y de los hombres es temporal, hasta que se los vuelva a recuperar en Dios.

3.3. La lectura de libros
 El método teresiano lleva consigo también el uso de otros medios que ayudan al recogimiento del alma, sobre todo a los tardos en el discurrir y el imaginar. La maestra Teres utilizó los libros no sólo como instrumento de cultura religiosa, o para clarificar la verdad de sus experiencias místicas, sino también como medio para dialogar con Dios en la oración. Ella misma confiesa que estuvo «más de catorce años» que no podía hacer meditación sin la ayuda de un libro (CV 17, 3), y que lo utilizaba siempre «si no era acabado de comulgar» (V 4, 9). Los libros le servían para llenarle de ideas la mente, para recoger el pensamiento y para centrar su atención en Dios o en Cristo. No necesitaba leer mucho, pero no lo abandonaba nunca. No obstante su amor a los libros, tenía exquisito cuidado en seleccionarlos:
«Siempre yo he sido aficionada –escribe- y me han recogido más las palabras de los Evangelios que libros muy concertados; en especial, si no era el autor muy aprobado, no los había gana de leer» (CV 21, 4).

«Pero quien no se puede aprovechar de esto [de su talento discursivo]… conviénele ocuparse mucho en lección, pues de su parte no puede sacar ninguna» (V 4, 9).

 «También es gran remedio tomar un libro de romance bueno, aun para recoger el pensamiento, para venir a rezar bien vocalmente» (CV 26, 10).

4. La utilización de las imágenes y la naturaleza
Además de los libros, utilizó ella, como medios para recogerse, las imágenes de Cristo (V 9, 6), lo mismo que de la Virgen o los santos. Y por eso lo aconseja a los que experimenten las mimas dificultades para orar:
«Lo que podéis hacer para ayuda de esto: procurad traer una imagen o retrato de este Señor que sea a vuestro gusto; no para traerle en el seno y nunca le mirar, sino para hablar muchas veces con él, que él os dará qué le decir. Como habláis con otras personas, ¿por qué os han más de faltar palabras para hablar con Dios?» (CV 26, 9).

El único reparo que puso a sus monjas fue no aprovecharse de este recurso después de la comunión. Le parecía irreverencia dejar solo a Cristo, realmente presente en el corazón, por un retrato suyo (CV 34, 11).

Lo mismo digamos de otras mediaciones utilizadas por ella con gran profusión como estratagema espiritual para hacer oración. Le iba bien para recogerse la contemplación de la naturaleza:
«Aprovechábame a mí también ver campo, o agua, flores; en estas cosas hallaba yo memoria del Criador, digo que me despertaban y recogían y servían de libro, y en mi ingratitud y pecados» (V 9, 5).

Todas las mediaciones sirven, como le sucedió a ella durante muchos años. Pero cuando Dios se le manifiesta con abundancia en la oración mística, las andaderas perdieron su valor inicial. Estos consejos no tienen valor absoluto. Cuando el alma es capaz de discurrir por sí misma, no necesita tantos artificios, que pueden ser hasta tentación. Pero quizás todavía hoy los orantes encuentren en estos medios sencillos utilizados por Santa Teresa una ayuda para su oración: lectura reposada de los Evangelios, de libros modernos y antiguos, la contemplación de la naturaleza agreste, etc. En este caso, la experiencia nos tendrá que decir hasta dónde, cómo y con qué abundancia se deben utilizar.
3.5. La ayuda de la comunidad orante
 Hemos visto como Teresa de Jesús se constituyó en maestra de oración organizando pequeños grupos y comunidades orantes. La caridad vivida en grupo es uno de los condicionamientos más importantes en la metodología teresiana y me parece que no ha sido valorado en su justa medida. Además, la caridad tiene que ser no sólo un condicionamiento radical, sino el fruto exquisito de la oración personal. La Santa, antes de construir comunidades orantes, pretendió crear comunidades humanas y fraternales, cristianas, sobre bases psicológicas y morales firmes. Es el planteamiento que hace en la primera parte del Camino de perfección:
«Antes que diga de lo interior, que es la oración, diré algunas cosas que son necesarias tener las que pretendan llevar camino de oración, y tan necesarias que, sin ser muy contemplativas, podrán estar muy adelante en el servicio del Señor, y es imposible, si no las tienen, ser muy contemplativas» (CV 4, 3).

Una de las cosas «necesarias», y por cierto la primera, es «amor unas a otras» (CV 4, 4). Después explicará en qué términos razonables tiene que expresarse el amor mutuo en las comunidades de monjas para que no degenere. Algunas de las apreciaciones en este campo son discutibles, pero la afirmación radical tiene valor todavía. La vida en comunidad exige la práctica de las virtudes evangélicas más insospechadas: no sólo la caridad a secas, sino la comprensión, la humildad, el desasimiento, la generosidad, la fortaleza, la prudencia. Pues bien, la oración personal favorece el crecimiento de una comunidad ideal, y es obligación de todos los orantes que viven en grupo crear el ambiente propicio para la misma. Sólo así las casas religiosas serán casas de oración, aunque no sean estrictamente conventos de clausura o de contemplativos.

Donde la fraternidad comunitaria tiene que alcanzar sus más altas cumbres es en la oración litúrgica, esencialmente comunitaria, sin que mutuamente se obstaculicen, sino que se ayuden. Comunión en la oración quiere decir, debería decir al menos, comunidad de ideales, de destino, de proyectos apostólicos. Pero el hecho d rezar juntos tiene en santa Teresa otra perspectiva: quería formar comunidades orantes, cenáculos de oración, con el fin de que todos juntos se pudiesen defender mejor contra las insidias, los peligros reales del ambiente. Ella quería hacer un «concierto entre cinco personas amigas, para practicar juntos la oración, dialogar sobre ella, y corregirse mutuamente los defectos. Intuye la necesidad de la compañía de otras almas orantes a través de una amarga experiencia:
«Gran mal es una alma sola entre tantos peligros; paréceme a mí que, si yo tuviera con quien tratar esto, que me ayudara a no tornar a caer…» (V 7, 20).

Los tiempos eran difíciles, como ahora, o mucho más, para la oración personal. De ahí su repetido consejo a las almas orantes:

«Por eso aconsejaría yo a los que tienen oración, en especial al principio, procuren amistad y trato con personas que traten de lo mismo. Es cosa importantísima, aunque no se sino ayudarse unos a otros con sus oraciones. ¡Cuánto más que hay muchas más ganancias!» (V 7, 20).

«Es tan importantísimo esto… que no sé cómo lo encarecer. Es un ardid del demonio "que se escondan tanto de que se entienda que de veras quieren procurar amar y contentar a Dios". "Es menester hacerse espaldas unos a otros los que le sirven". "Es menester buscar compañía para defenderse". "Crece la caridad con ser comunicada, y hay mil bienes que no los osaría decir si no tuviese gran experiencia de lo mucho que va en esto"» (V 7, 21-22).

Toda la estrategia de un buen maestro y guía se manifiesta en estas frases que significan mucho en la historia religiosa del siglo XVI español, y que pueden ser utilizadas aún hoy.

3.6. Otros condicionantes
Por vía de ejemplo recuerdo otros condicionamientos, algunos de los cuales se han puesto de moda en nuestros días.

Un condicionamiento, que podría ser accidental en sí mismo, pero al que ella dio mucha importancia, es que el alma orante tenga por abogado y modelo de oración a san José. No era un sentimentalismo devoto de la Santa, sino una intuición muy evangélica. San José es presentado en los Evangelios como un «hombre justo», y como tal, fiel servidor de Jesús y de María; un hombre que ha cumplido con su deber y, sobre todo, un creyente que ha conversado con Dios, con Cristo y con María. En la cercanía a Cristo que tuvo, quizás haya que descubrir las raíces más profundas de la devoción de santa Teresa a san José como persona orante, y de ahí sus recomendaciones para aceptarle como modelo y abogado de oración:
«En especial personas de oración siempre le habían de ser aficionadas… Quien no hallare maestro que le enseñe oración, tome este glorioso santo por maestro, y no errará en el camino» (V 6, 8).
También la ayuda del maestro, con ciencia y experiencia de los caminos del Espíritu Santo operante en el hombre. Cuanto más elevadas son las experiencias de la oración mística, más necesidad hay de maestro o director espiritual que discierna las operaciones de Dios y las distinga de otras mociones y operaciones de la psicología humana o de las deficiencias psíquicas de las personas. Ella los buscó siempre, y así lo aconseja a sus discípulos, sobre todo en los comienzos y en los grados místicos.

Finalmente, el «desembarazarse» de muchas cosas para dejar libre el corazón del orante y poder amar con libertad a Dios y a los demás. Equivale al «desasimiento», que ha exigido la Santa al comienzo del Camino de perfección para crear una comunidad orante (CV 4, 4). Forma parte de la pedagogía teresiana de la oración considerarse el orante cristiano como habitado por Dios. «No nos imaginemos huecas en lo interior», escribe con gracia y mucho grafismo (CV 28, 10), sino como «un castillo todo de un diamante o muy claro cristal adonde hay muchos aposentos» (1M1, 1). Pues, bien, el corazón tiene que estar desembarazado de todo lo inútil y lo innecesario que impide el diálogo con Dios: «Si el palacio henchimos de gente baja y de baratijas, ¿cómo ha de caber el Señor con su corte? Harto hace de estar un poquito entre tanto embarazo» (CV 28, 12).

En el clima creado por estos sencillos medios para hacer oración, germina la oración vocal y las oraciones jaculatorias. La historia de la espiritualidad documenta que fue muy practicada, especialmente en Oriente y entre los monjes, la repetición continuada de textos breves, auténticas oraciones jaculatorias, conocida como la «oración del corazón», que tiene una cierta equivalencia con las «exclamaciones» y breves exabruptos amorosos de santa Teresa.

Sin duda alguna no serán todos, pero sí los principales condicionamientos que constituyen el «método» teresiano de hacer oración, y donde se manifiesta como auténtica y experimentada maestra.

Ejercicios y proceso
Al final de este recorrido por la pedagogía elemental de santa Teresa, hacemos una alusión al desarrollo y práctico de la oración, sobre todo del recogimiento. Para una comprensión global, hay que tener presente su proceso orante, la respuesta de la Santa a las propuestas de su siglo y el itinerario ascético, no el místico, porque la experiencia mística excede a todos los métodos de oración.

La oración teresiana no puede prescindir de dos elementos sustanciales, que le dan especificidad y hondura teológica y antropológica. Primero. Que, al ser un diálogo de amor con Dios, un «trato de amistad», el interlocutor es no sólo un ser personal, sino cercano y corpóreo, la persona de Jesucristo, preferentemente Jesús hombre. Sin cristología, sin pneumatología no es posible una oración al estilo y según el «método» teresiano. Segundo. Teresa prefiere interiorizar ese diálogo, imaginando, «representando» al Señor Jesús presente en su corazón. No sólo la persona histórica de Jesús, sino todo lo que hizo y le aconteció. Especialmente el ciclo de la pasión de daba motivaciones y sugerencias para el diálogo de amor. No son los únicos, pero sí dos presupuestos importantes y necesarios. Entender estos mecanismos es aprender a hacer oración a la manera de Teresa de Jesús. Dentro de estas coordenadas, vamos a desglosar el proceso oracional enseñado por la Santa, con las limitaciones que ofrecen este espacio reducido.

Periferia de la oración
Periférico el acto de hacer oración es el lugar, el momento del día o de la noche, la duración, la posición del cuerpo, etc., tan minuciosamente detallado por los creadores de los métodos de oración de los siglos XV y XVI. La Santa establece para sus monjas un ritmo orantes, a unas horas fijadas en las Constituciones. Por la noche, antes de ir a dormir, se preparaba la materia de la meditación para el día siguiente, algo no original de la Santa, sino aprendido de otros maestros del tiempo.

En las comunidades teresianas, femeninas y masculinas, estaban previstos dos momentos fuertes de oración de una hora de duración, uno por la mañana y el otro por la noche. Pero era comprensiva con las que no podían cumplir con el horario prefijado. Por eso establece que «cuando [a] las que tienen los oficios se les pasare alguna hora de las que tienen oración, tomen otra hora, la más desocupada, para sí; entiéndese cuando en toda la hora, o la mayor parte, no hubieren podido tener oración» (Cst 42). Según esto, existía una prudente libertad dentro de un orden comunitario fijo. Lo mismo digamos de las enfermas, las atacadas de depresión o melancolía. Ella prefiere que no hagan oración para que se curen bien y cuanto antes.

De las Constituciones de la Santa, de 1567, como las que estableció el capítulo de los frailes de Alcalá, 1581, que legisló también para las carmelitas descalzas, no se deduce que impusiera un lugar común para hacer la oración privada o personal, como podía ser el coro de la iglesia. No sólo eso, sino que encaja mejor en la mentalidad de la Santa dejar libertad para hacerla en el lugar más conveniente y cómodo. Por ejemplo, su predilección por las ermitas, que construía en las huertas de los conventos, demuestra sus preferencias para orar «a solas» y en el silencio más absoluto, algo que es difícil obtener en un grupo congregado en un mismo lugar. Además, para ella el lugar importa poco, lo más importante es la afectividad en el acto de orar: «El verdadero amante en toda parte ama y siempre se acuerda del amado. ¡Recia cosa sería que sólo en los rincones se pudiese traer oración!» (F 5, 16).

Muerta la Santa, en el capítulo de los descalzos, Almodóvar del Campo, 1583, legislaron también para las monjas en lo tocante al lugar donde debían hacer la oración: «Amonestamos a nuestras monjas descalzas en el Señor que procuren tener la oración mental todas juntas en el coro, porque es de más provecho y más conforme a Religión».

Con el tiempo, el cronista oficial de la Reforma Teresiana elaboró un montaje logístico para demostrar que los superiores de los frailes descalzos habían intervenido, en varias ocasiones, en las Constituciones de las monjas «para mejorarlas», para «apoyar más la doctrina de nuestra santa Madre y sus intentos». Pero lo habían hecho porque la Santa Reformadora también había evolucionado en sus criterios y normas de vida y había introducido cambios en los ideales de los orígenes. Afirmar que la Santa cambió a veces de criterios y de praxis, dependiendo de la experiencia y las necesidades del tiempo y los lugares, me parece una apreciación justa. Se puede probar –como lo hace el cronista- con algunos ejemplos que son del dominio público, y conviene recordarlos hoy: fundaciones de monasterios sin renta, el número de monjas en cada convento, fijado en trece, no admitir hermanas legas, distintas de las monjas de coro, y otras que se podían citar.

Concretamente sobre la práctica de la oración entre las monjas dice:
«Al principio ordenó nuestra Santa Madre que la oración mental la tuviese cada religiosa o en la celda o en la huerta a solas. Experimentáronse inconvenientes en las menos fervorosas, y mandóse que acudiesen todas al coro y al registro de la comunidad. Usó también nuestra Santa Madre que el libro devoto que había de dar matería de meditación el día siguiente, se leyese la noche antes. Experimentóse que era mejor que la lección inmediatamente precediese a la oración. Hacían las religiosas el examen en su celda o adonde la señal les cogía. Las menos recogidas perdían este bien y mandóse que todas acudiesen al coro».

La persona orante
En cuanto a la postura del cuerpo, es evidente que el orante ora con todo lo que es y con todo lo que posee. Por eso no se puede olvidar que el cuerpo entero está en oración. Según algunos, existe una manera específicamente teresiana de hacer oración adoptando una postura corporal cómoda y original, conocida como «de las carmelitas»: «De rodillas, con el cuerpo reclinado hacia atrás apoyándose en los talones».

Dentro de este capítulo cabrían otras estrategias para situar al cuerpo y la personalidad entera en un «estado» de oración. Me refiero a la función de los sentidos exteriores: ver, oír, hablar, gustar, tocar, así como los sentidos interiores, la imaginación y la fantasía, y las facultades estrictamente espirituales, como el entendimiento, la memoria y la voluntad. La Santa tiene en cuenta ese potencial humano y pone todo en movimiento asignando a cada una de las potencias y facultades una misión especial. Sobre todo en la oración de «recogimiento» es donde acumula más los consejos para orar bien y con fruto. Los actos principales que debe realizar son: «controlar» la actividad de los sentidos exteriores e interiores y, en consecuencia, no hablar ni oír (silencio) no ver (cerrar los ojos), no divagar con la imaginación y fantasía, no discurrir demasiado con el entendimiento o pensamiento ni recordar demasiado con la memoria. Utilizar más la afectividad, porque cuando oramos «no está la cosa en pensar mucho, sino en amar mucho» (4M 1, 7; F 5, 2). Con todo este potencial bajo control, el cristiano puede comenzar a hacer oración, a rezar vocalmente o reflexionar sobre un tema haciendo meditación.

La Santa propone como medio excepcional el método del «recogimiento», que ella utilizó y que propone al orante.

Ejercicios de los sentidos y facultades
El contenido formal de la oración es sencillo; consiste en un diálogo de amor entre el hombre y Dios. La complejidad de la misma procede de las muchas maneras y formas como el hombre puede pensar y amar a Dios. La Santa aconseja fórmulas muy sencillas, como es el hablar-dialogar, escuchar, mirar, dejarse mirar, pensar en que Dios te mira, contemplar, etc. Fundamentalmente, ejercicio de amor. El interlocutor es Cristo, el diálogo está interiorizado. Presencializar a Cristo en lo interior, buscar su compañía provocando la presencia; creer que él te mira y tú le miras; hacer del corazón un escenario viviente y mirar-contemplar lo que sucede en él, o sea, lo mismo que sucedió en tiempos de Cristo, en Belén, Nazaret, Jerusalén y otros lugares de Tierra Santa. Estos son algunos de los ejercicios que aconseja la Santa en una andadura orante sencilla y profunda. Ante todo, una forma de orar muy cristologizada, psicologizada, pero fundada en las virtudes teologales de fe, esperanza y amor.

Como ya dije, en la fase mística se superan todos los métodos porque Dios y su Espíritu guían al orante hacia la meta: el diálogo plenario en el amor.

 "UNA ORACIÓN NUEVA PARA UNA NUEVA EVANGELIZACIÓN"

Voy a comenzar formulando una pregunta sencilla pero creo que fundamental: ¿Qué tiene que producirse en la Iglesia de hoy para que pueda comunicar al Dios de Jesucristo como Buena Noticia para el hombre contemporáneo? ¿Qué ha de suceder en las comunidades cristianas para que se pueda desencadenar una «nueva evangelización», es decir, la comunicación viva del Evangelio como algo nuevo y bueno? Estas son las preguntas que subyacen en el trasfondo de mi reflexión. Tenemos que tomar conciencia de unas cosas o unas tareas primordiales:
Tomar conciencia de un hecho básico, no hay evangelización si no hay experiencia del Espíritu. No habrá nueva evangelización si no arranca de una nueva experiencia pascual.
No hay evangelización si no hay evangelizadores. No habrá nueva evangelización si no se escucha de manera nueva y vigorosa la llamada a evangelizar y si no crece la espiritualidad apostólica de los creyentes. La nueva evangelización trata de hacer presente el Evangelio en medio de una sociedad que se va alejando de Dios, pero que necesita descubrir su verdadero rostro.
La nueva evangelización sólo se podrá llevar adelante, sino aquellos que hoy vivan una nueva experiencia de Dios, Amigo y Salvador del hombre.
Veremos unas pistas para cuidar y desarrollar una oración capaz de suscitar y alimentar la nueva evangelización.


LA ACOGIDA DEL ESPÍRITU FUENTE DE NUEVA EVANGELIZACIÓN


No hay evangelización si no hay Pentecostés. La nueva evangelización sólo nacerá de una nueva experiencia del Espíritu.

La experiencia pascual, desencadenante de la evangelización
Los relatos pascuales nos ofrecen un dato básico y central. Los encuentros con el Resucitado terminan invariablemente en una llamada a la evangelización. «Como el Padre me envió también yo os envío» (Jn 20, 21); «Vosotros sois testigos de estas cosas» (Lc 24, 48); «Id y haced discípulos a todas las gentes» (Mt 28, 19); «Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación» (Mc 16, 15). El encuentro con Cristo resucitado no se puede callar, hace surgir el anuncio, provoca la evangelización. Esta evangelización no es, en definitiva, sino la comunicación de la experiencia pascual. La exigencia de evangelizar sólo irrumpe entre los discípulos cuando han vivido la experiencia gozosa de la salvación que Dios realiza en Jesucristo. Sin esta experiencia fundante no hay evangelización.

Esto es de enorme importancia para entender y enraizar bien la nueva evangelización. «Evangelizar» es actualizar o reproducir hoy esa experiencia salvadora, transformadora, esperanzadora, que comenzó con y en Jesucristo. Dicho de otro modo, «evangelizar» es hacer presente hoy en la vida de las personas, en la historia de los pueblos, en el tejido de la convivencia social, en los conflictos, los gozos, las penas y trabajos del hombre actual, esa fuerza salvadora que se encierra en la persona y el acontecimiento de Jesucristo.

Por eso, la acción evangelizadora hacia otros arranca siempre de la experiencia personal de la salvación de Jesucristo vivida por los mismos creyentes en el seno de la comunidad cristiana. Para san Pablo, el Evangelio es «fuerza de Dios para la salvación de todo el que cree» (Rm 1, 16). Así se produce siempre la verdadera evangelización: como una penetración de la fuerza salvadora de Dios en la historia de los hombres, a través de unos creyentes que han hecho o, mejor, están haciendo en su propia vida esa experiencia salvadora.

Este es el dato que no se debe olvidar. La evangelización es siempre expansión, irradiación, comunicación de la experiencia de salvación que vive el creyente o, mejor, la comunidad de creyentes. Sin nueva experiencia pascual no hay nueva evangelización. Por muchos cambios y mejoras que se introduzcan en el trabajo, las estructuras o la organización pastoral, la Iglesia no tendrá más fuerza evangelizadora si en su interior no hay una experiencia más viva de la salvación que Dios nos ofrece en Jesucristo.

El vacío de una evangelización sin Espíritu
La Iglesia nace, vive, crece y evangeliza animada por el Espíritu. El es el «dador de vida» el principio vital que impulsa la acción evangelizadora. Por eso, el mayor error que puede cometer la Iglesia de hoy, al impulsar la nueva evangelización, es pretender sustituir con la organización, el trabajo, la estrategia o la planificación lo que sólo puede nacer de la fuerza del Espíritu.

El olvido del Espíritu trae siempre graves consecuencias para la evangelización. Sin el Espíritu, Cristo se queda en un personaje del pasado, el Evangelio es letra muerta, la Iglesia pura organización. Sin el Espíritu, el trabajo pastoral se convierte fácilmente en actividad profesional, la evangelización en propaganda religiosa, la acción caritativa en servicio social.

Sin el Espíritu, las puertas de la Iglesia se cierran, la liturgia se congela, los carismas se extinguen, la esperanza es reemplazada por el instinto de conservación, la audacia para la misión desaparece. Sin el Espíritu, se produce un divorcio entre teología y espiritualidad, la catequesis se hace adoctrinamiento, la vida de la Iglesia se apaga en la mediocridad, incapaz de irradiar y comunicar la Buena Noticia de Dios al mundo actual.

Hacia una evangelización animada por el Espíritu
Tal vez, el problema más decisivo a la hora de impulsar la nueva evangelización es ver cómo queremos sembrar y de dónde esperamos el fruto correspondiente, si de la carne o del Espíritu (Ga 6, 8). Nuestra primera tarea hoy es «hacer sitio» al Espíritu dentro de la Iglesia y de las comunidades cristianas. Acoger al Espíritu en lo hondo de nuestros corazones y en el interior de la actividad pastoral y evangelizadora. Esta acogida del Espíritu es don y es lucha que hemos de vivir en oración y vigilancia según la invitación de Jesús: «Vigilad y orad… porque el Espíritu está pronto, pero la carne es débil» (Mc 14, 38).

Esta experiencia del Espíritu en una Iglesia que desea impulsar una nueva evangelización no se puede planificar ni programar. Ella misma es don gratuito del Espíritu. Pero sí se puede suscitar la invocación, despertar la atención a lo interior, sugerir caminos de apertura al Espíritu, cuidar más la oración apostólica propia del evangelizador, impregnar y animar nuestro trabajo de alabanza y adoración.

En cualquier caso, yo le ve a la Iglesia de hoy necesitada de esa experiencia fúndate que hizo posible la primera evangelización. La veo necesitada de una «nuevo Pentecostés», que no se producirá sin una nueva experiencia de la oración del cenáculo: «Todos ellos perseveraban en la oración con un mismo espíritu, en compañía de algunas mujeres, de María, la madre de Jesús, y de sus hermanos3 (Hch 1, 14). Pretender impulsar la nueva evangelización sin esta experiencia de oración y de Espíritu es privarla desde el comienzo de su verdadera eficacia y contenido.

CONVOCADOS A UNA NUEVA EVANGELIZACIÓN


El Evangelio no es una realidad que flota en el vacío. El Evangelio es siempre «acontecimiento histórico». Nunca, en ninguna parte, existe en sí mismo y por sí mismo. El Evangelio se encarna y existe en personas concretas que lo anuncian y comunican y en personas concretas que lo acogen y lo viven. Por eso, no existe evangelización sin evangelizadores. Y no acontecerá una evangelización nueva si no hay evangelizadores nuevos.

El problema vocacional del que tanto se habla hoy en la Iglesia occidental, no consiste, sobre todo, en la escasez del número de sacerdotes y religiosos, sino en la ausencia de la experiencia de vocación. No se escucha la llamada del Resucitado a evangelizar. Son muchas las parroquias, las comunidades y grupos cristianos que viven su fe sin sentirse llamados a comunicarla. Son muchos los cristianos, incluso practicantes convencidos, que viven sin sospechar siquiera que ellos puedan tener alguna responsabilidad de anunciar y comunicar algo a los demás.

El Vaticano II afirmaba, sin embargo, que «la Iglesia entera es misionera y la obra de la evangelización es un deber fundamental del Pueblo de Dios». Despertar esta conciencia de que todo el Pueblo de Dios es portador activo de la evangelización y de que todos estamos llamados a evangelizar, representaría hoy entre nosotros una novedad de gran alcance. Si queremos echar las bases de una nueva evangelización es necesario despertar la vocación misionera y el potencial evangelizador de los creyentes, las familias, los grupos cristianos, las comunidades y las parroquias.

La llamada a la evangelización
La llamada a la evangelización no se despierta sin más en el trabajo, en medio de la agitación y la actividad nerviosa. No nace automáticamente de la lectura de los objetivos y programas pastorales. La llamada a la misión sólo se capta en un clima de atención, apertura y escucha a Aquel que nos está llamando. De ahí la importancia de la oración para la misión evangelizadora.

No cualquier oración. Una oración hecha de silencio y de escucha de ese Dios que, en Cristo, ama a todos los hombres y quiere que «todos lleguen al conocimiento de la verdad». Para que surjan hoy nuevos evangelizadores no basta una oración que nos lleve a ahondar en las exigencias y el contenido de la nueva evangelización. Es necesario escuchar la llamada. Es necesario el encuentro con el que nos llama. Sólo en el encuentro amoroso y silencioso se escucha la llamada a la misión, algo se conmueve dentro de nosotros, se despierta la seducción por la tarea evangelizadora, todo nuestro ser se siente llamado a proseguir hoy la acción salvadora, sanadora y esperanzadora del mismo Cristo.

Por otra parte, la vocación siempre es personal. La ha de escuchar cada creyente. Hay siempre una llamada dirigida a mí, a la que nadie puede responder en mi nombre. Esta respuesta insustituible la he de dar yo. Por eso, la verdadera vocación a la evangelización sólo puede nacer de este encuentro personal. San Juan destaca bien esta dimensión vocacional en la experiencia pascual de María Magdalena. María reconoce al Resucitado en el momento de que se siente llamada por su propio nombre: «María». Sólo entonces podrá escuchar personalmente su misión: «Vete donde los hermanos y diles… Fue María Magdalena y dijo a los discípulos: He visto al Señor» (Jn 20, 16-18). Nuestra Iglesia está necesitada de esta oración en la que los creyentes se sienten llamados por su propio nombre a la tarea evangelizadora.

Espiritualidad apostólica
No basta escuchar la llamada. La nueva evangelización está pidiendo el desarrollo e una espiritualidad apostólica: aprender a vivir como enviados de Jesucristo, entender y vivir la existencia cristiana como servicio a la evangelización, sentirse destinados a la difusión y crecimiento del Reino de Dios.

Esta espiritualidad apostólica nace y se alimenta en la oración, pues la espiritualidad del apóstol o enviado consiste en vivir desde Otro para otros, vivir desde Cristo para los hermanos. San Pablo dice que ha recibido de Jesucristo «la gracia y el apostolado» (m 1, 5). Sólo en la experiencia del encuentro con Cristo se desarrolla la personalidad apostólica y el creyente se sabe «escogido para el Evangelio de Dios» (Rm 1, 1).

Con frecuencia, el apostolado se suele considerar como algo añadido al ser cristiano. Una acción, un deber, una consecuencia que algunos extraen de su vivencia de la fe. La nueva evangelización no tendrá fuerza si en nuestras comunidades no se capta que «todo cristiano, por el hecho de serlo, participa de la condición de enviado propia de Jesucristo y es, por tanto, por el sólo hecho de  ser cristiano, enviado, apóstol, evangelizador».

Como recordaba hace ya muchos años D. Bonhöffer, Jesús dice: «Vosotros sois la sal de la tierra»; no dice «debéis ser la sal» o «vosotros tenéis la sal». Jesús dice «sois la luz del mundo»; no dice «debéis ser la luz» o «vosotros tenéis la luz». Es la fe misma la que, vivida hasta el fondo, se convierte en Evangelio, anuncio, testimonio, irradiación del Reino de Dios».

La nueva evangelización no será posible sin el desarrollo de la personalidad apostólica de los cristianos, y esto exige una oración que ayude a pasar de una vivencia de la fe centrada en uno mismo a una existencia cristiana volcada hacia los demás. Una oración en la que el creyente se sienta arrastrado por la corriente del amor de Dios a los hombres. Una oración en la que se vea remitido y enviado a los hombres como destinatarios de la ternura del Padre. Una oración donde la adhesión a Cristo, Enviado de Dios a los hombres, nos vaya configurando como apóstoles.

Esta «oración apostólica» es absolutamente necesaria para que en nuestras comunidades cristianas se pase de una fe vivida como en secreto y a escondidas a una fe confesante, de una fe vivida de forma privada a una fe expresada y anunciada, de una fe vivida como de incógnito a una fe testimoniada y encarnada en el mundo, una fe que desarrolla su fuerza salvadora en medio de la sociedad.

UNA NUEVA EXPERIENCIA DE DIOS COMO BUENA NOTICIA

«Evangelizar» en un sentido más original, quiere decir literalmente «anunciar una Buena Noticia», y, en su contenido cristiano, significa anunciar, comunicar, hacer creíble la Buena Noticia de Dios. Por eso, al hablar de «nueva evangelización», no podemos eludir una pregunta clave. ¿Puede el Misterio de Dios llegar a ser Buena Noticia en nuestra sociedad, algo realmente nuevo y bueno para los hombres y mujeres de hoy? ¿Qué tiene que suceder para que Dios pueda ser experimentado como Buena Noticia? ¿Qué tiene que producirse para que la Iglesia y los creyentes puedan introducir «euaggelion», Buena Noticia de Dios en esta sociedad?

No es una pregunta más. Es probablemente la pregunta clave para imprimir la dirección correcta a la evangelización en el momento actual. Es necesario, sin duda, preguntarnos cómo ha de ser la nueva evangelización, «nueva en su ardor, nueva en sus métodos y nueva en su expresión», según las palabra del Beato Juan Pablo II. Pero, antes, habremos de preguntarnos cómo va a ser en verdad «evangelización», es decir, noticia nueva y buena de Dios. ¿Cómo actualizar hoy a ese Jesús que «proclamaba la Buena Noticia de Dios?» (Mc 1, 14).

En medio de una sociedad que se aleja de Dios
La nueva evangelización no tiene como horizontes el mundo pagano, sino una sociedad que «está de vuelta» del cristianismo. La indiferencia religiosa actual es un estado al que muchos han llegado después de tener contacto con la fe cristiana. Para estas personas, el cristianismo no tiene ninguna novedad. Lo cristiano les resulta algo sabido. Un discurso repetitivo y vacío que ya no encuentra eco en sus conciencias. Por otra parte, muchos no guardan buen recuerdo de su experiencia religiosa. De ser cierto lo que dicen, el Dios que han conocido no ha sido para ellos gracia liberadora, fuerza y alegría para vivir, fuente de sentido y esperanza. Al contrario, en ellos ha quedado el oscuro recuerdo de un Dios peligroso y amenazador, que no deja ser ni disfrutar, alguien que hace la vida del hombre más dura y difícil de lo que ya es por sí misma. Y, naturalmente, van prescindiendo de El.

Por eso, en el arranque mismo de la nueva evangelización hay preguntas que no hemos de ignorar. Estos hombres y mujeres, aparentemente  tan desinteresados por la religión, ¿ya no la necesitan? ¿Qué queda en ellos de esta fe que un día habitó su corazón? ¿Se han cerrado para siempre al Dios de Jesucristo? ¿Cómo acercar a Dios a estas personas que, habiendo oído hablar de El, hoy le dan la espalda? ¿Cómo hacer creíble a Jesucristo a personas que lo rechazan, después de haber escuchado, de alguna manera, su mensaje?

En el trasfondo de todas estas preguntas subyace un grave interrogante: ¿Hemos perdido los creyentes capacidad para presentar la salvación cristiana como Buena Noticia? ¿Qué es lo que ha sucedido después de veinte siglos de cristianismo? ¿Por qué el anuncio cristiano y no es Buena Noticia para muchos? ¿Es problema sólo y exclusivamente de la sociedad actual? ¿O es problema también de que «la sal se ha desvirtuado» y de que «la luz ha quedado oculta»?

Hace unos años E. Schillebeeckx hacia esta grave afirmación: «La razón primordial de que nuestras Iglesias se vacíen parece residir en que los cristianos estamos perdiendo la capacidad de presentar el Evangelio a los hombres de hoy con una fidelidad creativa, junto  con sus aspectos críticos, como una buena nueva ( a lo sumo lo hacemos verbalmente: hablando autoritariamente del Evangelio y de la buena nueva que debe aceptarse por respeto a la autoridad del Nuevo Testamento). Y, ¿quién querrá escuchar lo que ya no se presenta como una noticia alentadora, especialmente si se anuncia en tono autoritario invocando el Evangelio?».

Comunicar a Dios como Buena Noticia
Lo primero y decisivo en la nueva evangelización es saber comunicar a Dios como Amigo y Salvador del hombre de hoy. Dios sólo será de nuevo Buena Noticia su pueden captar en nuestro anuncio lo que la gente captaba en la predicación de Jesús: que Dios está siempre del lado del hombre frente a todo mal que lo oprime y esclaviza; que sólo interviene en nuestra vida para salvar, liberar, potenciar y elevar la vida; que sólo busca y exige lo que es bueno para el ser humano.

Todo esto exige revisar y purificar el contenido de nuestro anuncio, la imagen de Dios que sale de nuestros labios, el lenguaje que empleamos, el tono, la fe que ponemos en nuestra palabra, la forma de presentar la moral evangélica, la conversión a Dios, la salvación. ¿Es realmente el Dios revelado en Jesucristo a los pequeños, a los pecadores, a los enfermos el que se deja entrever en nuestra palabra? La nueva evangelización nos ha de recordar que se nos ha confiado «el ministerio de la reconciliación, de la misericordia». Así se expresa san Pablo: «En Cristo estaba Dios reconciliando al mundo consigo, no tomando en cuenta las transgresiones de los hombres, sino poniendo en nuestros labios la palabra de la reconciliación» (2Cor 5, 18-19).

Pero, naturalmente, no basta revisar y purificar la imagen de Dios que transmitimos con los labios. Jesús no sólo anuncia a un Dios bueno para el hombre, él mismo es bueno. No sólo habla de un Dios perdonador, él mismo acoge, comprende, perdona, libera de la culpa y la confusión. No sólo predica a un Dios Salvador, él mismo sana, reconstruye a las personas, crea fraternidad, da fuerzas para vivir y esperanza para morir. Jesús él mismo era Buena Noticia, Evangelio de Dios, «parábola viviente» de un Dios bueno.

Por eso, no basta una predicación más «correcta» sobre Dios. Es necesario que los que halan de Dios sean buenos. Así de sencillo. La nueva evangelización la impulsarán hombres y mujeres buenos. Creyentes que, por su manera de ser, de actuar y reaccionar, por su compromiso a favor de los débiles y los indefensos, por su solidaridad y cercanía a las víctimas, introduzcan algo bueno de Dios en la vida de los hombres y mujeres. Testigos de la misericordia y la ternura de Dios hacia todo hombre. Sólo ellos pueden anunciar a un Dios Amigo. Sólo ellos pueden despertar la esperanza.

Nueva experiencia de Dios
No habrá, pues, evangelización nueva si no hay en los que la impulsan una experiencia nueva y gozosa se un Dios Amigo. Son los mismos evangelizadores los que han de experimentar que Dios es bueno, que encontrarse con El hace bien, que acoger su gracia hace vivir de manera más plena y positiva. No se trata de una convicción teórica, sino de una experiencia vivida.

Sin falta esta experiencia, todo se vuelve rutinario y pesado. La evangelización se convierte en una carga que se hace por pura obligación, pero que ha perdido su motivación e inspiración más profundas. Se anuncia a Dios, pero sin gozo ni entusiasmo alguno; se predica a Jesucristo, pero sin la convicción de que se está ofreciendo lo mejor para el hombre; se exhorta a la conversión a Dios, pero no como camino de vida más plena y liberada.

No se puede comunicar la fe como algo nuevo y verdadero si no es desde la propia experiencia. Si está experiencia falta, no habrá verdadera comunicación de «Evangelio» (euaggelion). La evangelización nace del gozo, del agradecimiento. Sólo se anuncia una Buena Noticia a otros cuando uno mismo la ha saboreado. En la raíz de la nueva evangelización es necesaria una oración que permita y favorezca la experiencia de Dios como Buena Noticia.

PEDAGOGÍA DE UNA ORACIÓN PARA LA NUEVA EVANGELIZACIÓN


Hay que orar. No sólo hablar de oración o decir que hay que orar. Hay que hacer oración. Es una ingenuidad afirmar que toda la vida es oración, que el trabajo pastoral es oración, o que la acción evangelizadora es oración. Las cosas son lo que son. Es cierto que el Espíritu puede y debe animar toda nuestra actividad. Es verdad que hay que ser «contemplativos en la acción». Pero no es lícito desdibujar el valor y la originalidad específica de la oración.

Hay que recordar, por una parte, que no hemos de convertir la oración en estrategia para ninguna otra cosa. La oración es para orar. Lo que hemos de buscar en la oración es el encuentro con Dios, la comunicación y apertura a su Misterio, la acogida de su gracia. Presentir a Dios, acogerlo, invocarlo, estar con El, gozar de su presencia, alabar su grandeza, cantar su gracia, vibrar con su amor. Para eso es la oración.

Pero, precisamente por ello, la oración es la experiencia clave para despertar, alentar, sanar y purificar nuestra acción evangelizadora. La experiencia decisiva para discernir y animar el anuncio de Dios y la implantación de su Reino.

La experiencia de un Dios bueno
No se trata de aprender cosas sobre Dios, sino de encontrarse con El, aprenderle a El: Dios nuestro gozo y nuestro sumo bien. Saborear a Dios. Vivir la invitación del salmo: «Gustad y ved qué bueno es el Señor» (Salmo 34, 9).

La fe cristiana es un hecho vital antes que doctrinal, pues brota de la experiencia de habernos encontrado con el Dios vivo revelado y encarnado en Jesucristo. Por eso, la evangelización no se realiza tanto por la transmisión de una doctrina cuanto por la comunicación de una vida. No podemos transmitir lo que no vivimos. Las palabras se vuelven contra nosotros vacías y envenenadas, cuando no nacen de nuestra propia experiencia. El trabajo pastoral se vacía de contenido y significatividad.

La experiencia de un Dios bueno, vivida en la oración, puede introducir una verdadera novedad en la evangelización. La novedad de unos creyentes capaces de dar testimonio de Dios desde su propia experiencia de fe y desde su vida convertida y transfigurada por el Espíritu. La evangelización cobra otra fuerza cuando, en el trabajo pastoral, hay testigos que pueden narrar su propia experiencia de Dios.

El amor al hombre de hoy
La oración del evangelizador está transida por el amor apasionando de Dios al hombre. La experiencia de Dios lleva siempre a la preocupación por el hombre. «Es falsa la contemplación cristiana que no se ocupe de discernir continuamente las huellas del Amado entre las sendas de los hombres… No hay ningún contemplativo cristiano que intente gozar a Dios sin seguirle a través de su compromiso con el hombre. Habría otras clases quizá de contemplación, pero la contemplación cristiana siempre anida en la unidad del único mandato de Jesús: el amor a Dios y el amor a los hombres».

Dios ama apasionadamente al hombre de hoy. Lo entiende, lo acoge, lo perdona, busca para él un futuro siempre mejor, quiere su salvación. La nueva evangelización no nacerá del desprecio o del rechazo, del recelo, el miedo o la condena del hombre moderno, sino desde el amor que se alimenta en el amor mismo de Dios, «que ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado» (Rm 5, 5).

Sólo quien ama a los hombres y mujeres de hoy, con sus problemas y conflictos, con sus contradicciones y miserias, con sus conquistas y sus fracasos, con sus anhelos y su pecado, está capacitado para evangelizar. Quien no sienta compasión y ternura por las muchedumbres como sentía Jesús (Mt 9, 36), no evangelizará.

Cercanía a los increyentes
Quien acoge en sí mismo el amor de Dios, mira con simpatía inmensa a todo hombre, también a quienes caminan por la vida con aire indiferente o incrédulo. Son hermanos. Hijos del mismo Padre. También en ellos actúa el Espíritu. Todos caben en el corazón de Dios. La oración del evangelizador debería ser «simpatía mística con las víctimas de la incredulidad».

La nueva evangelización sólo nacerá de «una actitud amistosa y dialogante, que sólo es posible cuando los creyentes sabemos compartir los problemas e interrogantes del hombre hoy sin colocarnos secretamente al margen o por encima de los que no creen». El hombre que vive acosado por la indiferencia o minado por las dudas y la incertidumbre, no podrá escuchar un mensaje de salvación su percibe en los creyentes arrogancia, secreta superioridad o incapacidad para escuchar sus críticas, sus prejuicios o su búsqueda.

La oración nos ha de hacer amigos de los hombres, amigos de quienes no aciertan hoy a creer ni a invocar.

Enviados a los pobres
El Espíritu está en Jesús enviándolo a los pobres. Lo unge para establecer en el mundo el Reino de Dios y su justicia, para expulsar el mar que oprime y deshumaniza. «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido. Me ha enviado a dar la Buena Noticia a los pobres» (Lc 4, 18).

La oración del evangelizador ha de ser, de alguna manera, «unción del Espíritu» que también hoy nos envía a los pobres e indefensos como los primeros destinatarios de la evangelización. Son las víctimas, los agredidos en sus derechos fundamentales, los maltratados por la vida, los que están pidiendo más que nadie el anuncio y la venida del Reino de Dios y su justicia.

El Papa Juan Pablo II lo ha recordado con claridad. «La nueva evangelización no sería auténtica si no siguiera las huellas de Cristo, que fue enviado a evangelizar a los pobres». Si no hay signos de la Buena Noticia para con los pobres, ¿qué es lo que estamos anunciando y comunicando? Si no hay solidaridad, defensa y lucha por los «nuevos pobres», ¿dónde está la novedad de la «nueva evangelización»?

Audacia para evangelizar
No es fácil hoy hacer presente el Evangelio en medio de un mundo muchas veces indiferente e, incluso, hostil. En las primeras comunidades cristianas se habla de una cualidad indispensable en el evangelizador. Es la «parresia», el coraje, la audacia para la tarea evangelizadora. Es uno de los primeros frutos del Espíritu en su Iglesia. Los Hechos de los Apóstoles nos describen la oración de los discípulos cuando se inicia la persecución en Jerusalén: «Ahora, Señor, fíjate cómo nos amenazan y da a tus siervos plena valentía para anunciar tu mensaje… Al terminar la oración, retembló el lugar donde estaban reunidos, los llenó a todos el Espíritu Santo y anunciaban con valentía el mensaje de Dios» (Hch 4, 29-31).

Esta oración nos es hoy absolutamente necesaria. La audacia para la nueva evangelización sólo podrá desencadenarse desde la confianza en la acción del Espíritu. Son bastantes los que perciben que hoy la tarea evangelizadora como excesiva y desproporcionada para nuestras fuerzas. Nuestras comunidades envejecen. Nos falta experiencia para evangelizar el mundo moderno. Se extiende la tentación de Moisés: «No me creerán», «no se hablar», «no escucharán mi voz» (Ex 4). Es el momento de orar. No se nos pide un esfuerzo por encima de nuestras posibilidades. El Espíritu de Dios está actuando ya, no sólo en la Iglesia, también en esa sociedad descreída e indiferente. Está actuando en el corazón de los hombres antes de que nosotros empecemos a organizar nuestra pastoral. Lo que se nos pide es colaborar en la acción salvadora que Dios está llevando a cabo en la historia. Los evangelizadores no son sino «cooperadores de Dios» (1Co 3, 9). De ahí la necesidad de la oración.

La aceptación de la cruz
La evangelización no se lleva a cabo sin la cruz. El Evangelio siempre encuentra resistencia en el mundo y en la misma Iglesia. Por eso, no es extraño que quien participa en la misión de Cristo se encuentre más de una vez con el rechazo, la crítica o el conflicto. La evangelización no se lleva adelante mediante la fuerza, el poder o el éxito, sino en la debilidad y la pasión. El apóstol Pablo hacía alusión a sus persecuciones, tribulaciones, heridas y cicatrices para acreditar su apostolado (2Co 6, 7). También hoy es así. La cruz es signo de la verdadera evangelización. Pocas cosas ayudan más a discernir los caminos del Espíritu que tratar de ver dónde están hoy los mártires, dónde se padece la crucifixión, dónde está la Iglesia llevando la cruz, dónde se produce el rechazo del mundo.

Necesitamos orar para asumir las nuevas cruces de la evangelización hoy, las tensiones, conflictos y sufrimientos que lleva consigo el servicio fiel al Evangelio. Tal vez, deberíamos sorprendernos, no por los conflictos existentes, sino por la falta de conflictividad o por la excesiva armonía entre la Iglesia y una sociedad a la que se considera tan poco cristiana. Sólo la cruz y el martirio pueden purificar nuestra acción evangelizadora y sacudirnos a todos de la apatía, las falsas seguridades y las fáciles acomodaciones de derechas o de izquierdas.

La evangelización exige fidelidad al Evangelio incluso cuando es mal recibido. Las incomprensiones, el rechazo, las críticas o la persecución no deben encadenar la Palabra de Dios. Así escribe san Pablo desde la cárcel a su compañero de evangelización, Timoteo: «Estoy sufriendo hasta llevar cadenas como una malhechor, "pero la Palabra de Dios no está encadenada"» (2Tm 2, 9). Esta libertad para evangelizar asumiendo la cruz es fruto del Espíritu y de la oración. San Pablo se siente fuerte en la debilidad. Es la ley de todo apostolado. «Estoy contento en las debilidades, ultrajes e infortunios, persecuciones y angustias por Cristo; pues cuando estoy débil, entonces es cuando soy fuerte» (2Co 12, 10).

La comunicación de la esperanza
En unos tiempos en que la pérdida de horizontes, la incertidumbre ante el futuro y el oscurecimiento de metas y referencias están provocando una profunda crisis de esperanza, la nueva evangelización ha de ser, antes que nada, comunicación de la esperanza cristiana. La Iglesia tiene «la responsabilidad de la esperanza» (J. Moltmann). Su primer quehacer es despertar en el mundo la esperanza de Jesucristo. Antes que «lugar de culto» o «instancia moral», la Iglesia ha de entenderse a sí misma como «comunidad de esperanza». En ese «apostolado de la esperanza» encuentra ella su verdadera identidad, lo que convierte en «testigo del Resucitado». Y si la Iglesia, minada ella misma por su pecado, cobardía o mediocridad, no tiene fuerza para general esperanza en el mundo, en esa misma medida está defraudando su misión, pues «la misión hoy realiza su servicio tan sólo si contagia de esperanza a los hombres».

Si la evangelización no comunica esperanza cristiana no es evangelización. Esta esperanza no se basa en cálculos y análisis optimistas de la realidad; no es el optimismo que nace de unas perspectivas halagüeñas; no es tampoco olvido de los problemas y dificultades. La esperanza cristiana nace del vivir «enraizados y edificados» en Jesucristo (Col 2, 6). Como dice san Pablo, lo importante es que el «hombre interior», que vive de la fe, no se desmorone. «Aunque nuestro exterior se vaya desmoronando, nuestro interior se renueva de día en día» (2Co 4, 16). La esperanza sólo brota del Señor. «Pues nadie puede poner otro cimiento que el ya puesto: Jesucristo» (1Co 3, 10-11). Necesitamos una oración que alimente nuestra esperanza.

La nueva evangelización no es un acto de voluntarismo que de pronto nos moviliza a todos. No es una consigna que nos llega desde fuera. No es un objetivo prioritario que aparece escrito en nuestros programas pastorales. Es mucho más. Es una experiencia que el Espíritu viene preparando en su Iglesia a partir, sobre todo, del Concilio Vaticano II. Es un don y una tarea que hemos de acoger y vivir en oración.


LA PARROQUIA COMUNIDAD ORANTE


La mayoría de los creyentes, la parroquia sigue siendo, con todas sus lagunas y deficiencias, el ámbito eclesial donde viven y alimentan su fe, la comunidad donde se enraíza la experiencia cristiana de nuestras gentes. Por eso hemos de celebrar con gozo todos los esfuerzos que se vienen realizando por caminar hacia unas parroquias más evangélicas y con mayor fuerza evangelizadora.

Sin embargo recordemos lo dicho más adelante: la acción evangelizadora arranca siempre de la experiencia personal de la salvación de Jesucristo que se vive en la comunidad creyente; evangeliza la comunidad que ha hecho en su interior la experiencia del Evangelio. La evangelización es siempre expansión, irradiación, comunicación de esa experiencia de salvación que vive la comunidad creyente.

Por eso hemos de ser lúcidos. No se trata simplemente de introducir determinados cambios en nuestro trabajo y en la estructura pastoral; nuestras parroquias no tendrán, por ello, más fuerza evangelizadora sin en su interior no hay una experiencia más viva de lo que es acoger al Dios que nos salva en Jesucristo.

Si queremos impulsar una nueva evangelización en la sociedad contemporánea, hemos de redescubrir la importancia de la parroquia como comunidad orante y recuperar las posibilidades que ofrece como ámbito eclesial donde puede  y debe alimentarse la vida orante de los creyentes y su fuerza evangelizadora.

Por todas partes surgen hoy grupos de oración con métodos y contenidos diversos, «talleres» de oración, experiencias diversas de silencio y contemplación, formas nuevas de expresión religiosa, todo ello signo de la acción del Espíritu entre los creyentes. Pero no hemos de olvidar lo que nos dice P. Jacquemont: «Seguirá siendo verdad que el auténtico resurgimiento de la oración cristiana vendrá por el camino de la renovación de la vida de las comunidades cristianas, ámbito en el que se engendra la vida en el Espíritu».

Nos vamos a detener en dos aspectos que consideramos fundamentales: antes que nada, nos preguntaremos si nuestras comunidades parroquiales son hoy comunidades orantes; es saludable que veamos los logros y aspectos positivos, pero también que observemos con lucidez las lagunas y deficiencias más notables.

En un segundo momento nos detendremos, en algunas pistas para promover hoy la parroquia como comunidad orante, es decir, no sólo como asamblea litúrgica donde se celebra la fe, sino como comunidad donde los creyentes se congregan para otra en común a su Padre.

Hoy soy muchos los que trabajan en las parroquias con generosidad grande en diversas tareas, de catequesis de niños, educación de la fe de los jóvenes, catequesis pro-sacramental, asistencia caritativa, organización pastoral… Pero tal vez, no son muchos los que pueden realmente colaborar en reavivar y enriquecer la dimensión orante de la comunidad parroquial.

¿SON HOY NUESTRAS PARROQUIAS COMUNIDADES ORANTES?


La primera pregunta que nos podemos hacer es muy sencilla: ¿en qué medida son hoy nuestras parroquias comunidades orantes?

Sin duda, en nuestras parroquias se ora. Se invoca a Dios, se alaba su grandeza, se celebra el misterio de nuestra salvación en Jesucristo, se pide perdón… Y es mucho lo que a lo largo de estos últimos años se ha ido logrando en bastantes comunidades parroquiales.

En general, la celebración litúrgica se realiza de una manera más digna y cuidada. Ha crecido la compresión del pueblo y su participación en la acción litúrgica. Se cuida más la dimensión comunitaria de los sacramentos. La eucaristía ha adquirido una importancia más central. Se escucha y se conoce mejor la Palabra de Dios.

Se han hecho esfuerzos notables en la preparación pre-sacramental. En bastantes parroquias se observa una mayor creatividad y una búsqueda de nuevas formas de oración. Se han renovado bastantes iglesias y se ha cuidado más la disposición del altar, ambón y sede. Van surgiendo comisiones litúrgicas y grupos de oración. Cada vez son más los fieles que toman parte en los diversos servicios del culto… Se puede decir, en general, que las parroquias celebran hoy su fe de manera más viva y consciente.
Sin embargo, podemos señalar deficiencias y lagunas notables que exigen hoy una atención particular. Si las recordamos aquí, no es para subrayar los aspectos negativos, sino para ver con mayor lucidez por dónde hemos de caminar para construir una verdadera comunidad orante. Me limitaré solamente a aquello que juzgo de mayor importancia para estimular nuestro quehacer.

Poca importancia de lo contemplativo
Son mayoría las parroquias donde predomina de manera desproporcionada la actividad pastoral e incluso la agitación, la organización del trabajo, las reuniones, la planificación y revisión, con una clara minusvaloración de lo contemplativo. Se busca la eficacia y el rendimiento pastoral inmediato. Siempre queda en segundo plano la adoración, la alabanza, la comunicación gratuita con Dios, la efusión de la oración.

La vida y el trabajo pastoral de muchas parroquias están impregnados de una actitud excesivamente utilitarista y poco contemplativa. Incluso las celebraciones son entendidas y vividas, en sus diferentes formas y manifestaciones, como «plataforma de lanzamiento» para conseguir algo útil. Se ora y se celebra la fe para convencer a los participantes de la necesidad de actuar, comprometerse y transformar el mundo.

Naturalmente, nadie cuestiona que oración y vida, lucha y contemplación, han de ir estrechamente unidas en el creyente. Lo grave es constatar que, con frecuencia, no se valora la oración y la celebración desde dentro, desde su mismo ser, sino que parece que se han de justificar desde fuera y han de estar al servicio de algo útil y rentable pastoralmente.

Celebración litúrgica vacía de interioridad
Precisamente por lo que acabamos de señalar, muchas veces las celebraciones litúrgicas de nuestras parroquias aparecen escoradas hacia el discurso racional y la exteriorización, con un déficit claro de experiencia interior. Se han hecho esfuerzos importantes por devolver a la liturgia su lugar central en la vida de la comunidad cristiana, pero falta muchas veces una interiorización del misterio que se celebra, una personalización interior de la Palabra y de la Acción salvadora.

Sigue pesando todavía en muchos la idea de «observar el precepto» y cumplir una obligación, se observa una tendencia a que la oración de petición lo invada todo, y falta con frecuencia la comunicación gozosa con Dios y la apertura al Misterio.

Los mismos esfuerzos que se hacen para lograr una mayor participación (preparación, moniciones, exhortaciones, etc.) se redicen a veces a promover una comunicación exterior y horizontal (entre la asamblea y el presidente, los oyentes y el lector, los fieles entre sí), pero no siempre logran una participación más profunda en el misterio que se celebra y una comunicación más viva con Dios. Se canta y se ora con los labios, pero el corazón está ausente.

Descuido de la vida interior de los agentes de pastoral
En muchos casos no se cuida debidamente la vida interior de los hombres y mujeres que colaboran en la marcha de la parroquia.

Bastantes de ellos, desbordados por una actividad excesiva, atrapados en la rueda de compromisos, reuniones y tareas diversas, privados de verdadero alimento para su vida interior, corren el riesgo de irse convirtiendo, poco a poco, en funcionarios, más que en testigos de la fe y evangelizadores.

Sin embargo, el descuidar la oración y la contemplación en el trabajo pastoral no dará nunca más eficacia a la acción evangelizadora de las parroquias, sino que la empobrecerá de raíz.

Poco impulso de la oración no litúrgica
En muchas parroquias han ido desapareciendo en estos años novenarios, triduos, devociones, ejercicios piadosos, etc., que en otro tiempo alimentaron la vida cristiana del pueblo y que, muchas veces, no han sido debidamente sustituidos.

Prácticas piadosas tan arraigadas como el rosario, la bendición del Santísimo o el vía-crucis han quedado bastante arrinconadas. Los meses devocionales de tanta tradición como el mes de mayo (María), el de junio (Sagrado Corazón), el de octubre (el Rosario), el de noviembre (difuntos) han dado paso a una mayor valoración del año litúrgico. En bastantes parroquias la oración ha quedado reducida a la celebración litúrgica. A veces parece que todo se resuelve celebrando la misa.
Sin embargo, son cada vez más los creyentes que sienten necesidad de encontrar nuevos espacios y posibilidades de oración y encuentro con Dios. Poco a poco, las parroquias comienzan a promover nuevas experiencias de oración no propiamente litúrgicas y a convocar encuentros. Sin embargo, es todavía mucho lo que queda por hacer.

Se observa todavía una especie de inhibición y falta de creatividad. Se habla mucho de la importancia y la necesidad de la oración, pero luego es muy poco lo que se hace para indicar caminos nuevos, ofrecer ayudas y promover sugerencias concretas para la oración personal. en grupo, en familia…

La falta de una pedagogía de la oración
Dice H. Caffarel: «Estoy convencido de que si, después de veinte siglos, al inmenso esfuerzo de predicación, enseñanza y catequesis se hubiese añadido un esfuerzo no menos intenso de iniciación a la oración interior, el rostro del mundo sería diferente. De hecho, ¡cuántos niños ha seguido el catecismo y no han aprendido jamás a orar…!».

Sin duda, hemos de valorar debidamente los esfuerzos que se hacen en la catequesis de infancia y en la educación de la fe de los jóvenes, pero hemos de decir que, por lo general, es muy poco e insuficiente lo que se hace en las parroquias para enseñar a orar.

Las personas inquietas que buscan caminos de oración y encuentro con Dios se han de dirigir, por lo general, a monasterios, comunidades religiosas o grupos diversos; pero mucha gente sencilla, que nunca dará esos pasos, se encuentra desasistida para aprender a orar de manera más profunda.

La falta de silencio y de clima de oración
La vida moderna, llena de ruidos, agitación, prisas, TV, llamadas de teléfono, desplazamientos constantes…, va poco a poco agotando el psiquismo de las personas, arrebatándoles la capacidad de silencio interior y de profundización. Nunca como ahora han necesitado los creyentes espacios de silencio, calma y sosiego para encontrarse consigo mismos y con Dios.

Poco a poco, las parroquias van descubriendo esta necesidad del hombre moderno, pero no es todavía mucho lo que saben ofrecer. Las celebraciones litúrgicas están invadidas muchas veces por la palabra, los cantos y las prisas. Falta silencio, sosiego, unción. Muchas iglesias permanecen cerradas a lo largo del día sin que los creyentes puedan encontrar una «casa de oración». Otras veces, la misma estructura arquitectónica no es la más adecuada para el recogimiento, la recuperación de la paz interior y el encuentro silencioso con Dios.

Otros aspectos
Sin duda, podríamos tomar nota de otros muchos aspectos más o menos deficientes: la excesiva clericalización de las acciones litúrgicas, las celebraciones configuradas según los gustos del presbítero de turno, el individualismo religioso, el tono poco festivo de algunas celebraciones, los abusos y desviaciones, de carácter sociológico y folklórico, de algunos sacramentos.

Sin embargo, lo dicho puede ser suficiente para estimularnos en nuestra tarea de promover hoy una parroquia que sea cada vez más una comunidad orante. Pero, ¿qué podemos hacer? ¿hacia dónde hemos de dirigir principalmente nuestra atención y nuestros esfuerzos?

LA PARROQUIA, COMUNIDAD LITÚRGICA


Antes que nada hemos de recuperar y reavivar la parroquia como comunidad litúrgica. Es la diócesis la que constituye, en cuanto Iglesia local presidida por el Obispo, la primera comunidad litúrgica (LG 26). Ahora bien, esta vida litúrgica de la diócesis se expresa y se vive en las diversas comunidades cristianas entre las que «sobresalen las parroquias» (SC 42).

La parroquia es una comunidad litúrgica de importancia particular, pues es la comunidad de la iniciación sacramental y el lugar más propio de la asamblea litúrgica dominical. Esto no significa minusvalorar a otras comunidades como las religiosas que tienen su propia naturaleza y misión; no significa menospreciar otros lugares de culto y oración, como santuarios, capillas, ermitas, etc., que tienen su propia función. Pero la parroquia es la célula viva de la Iglesia particular en las que los cristianos viven la comunión de fe, de culto y de misión con la Iglesia diocesana y, a través de ésta, con todo el Cuerpo de la Iglesia universal.

Vamos a señalar algunos aspectos de importancia particular si queremos reavivar la parroquia como comunidad litúrgica.

La creación de la asamblea litúrgica
Las celebraciones litúrgicas no son acciones privadas de un individuo ni oración particular de un grupo de cristianos. La liturgia en que se celebra el misterio de Cristo es una celebración de la Iglesia.

En esa celebración litúrgica la Iglesia adquiere conciencia más plena de sí misma, experimenta mejor su propio misterio, expresa su realidad más profunda y, al mismo tiempo, se realiza, se construye y crece como Cuerpo místico de Cristo.

De ahí la importancia que tiene en la comunidad parroquial el saber crear asamblea litúrgica. El punto de arranque de toda celebración es una reunión. Toda celebración comienza con una reunión de creyentes. Los cristianos que, en su vida ordinaria, se hallan dispersos cada uno de su hogar, su trabajo, sus preocupaciones, se reúnen, se congregan, forman «ecclesia» y en esa reunión se hace presente Cristo y se construye la Iglesia.

Por muchas actividades y mucho movimiento y agitación que haya en una parroquia, hemos de saber que aquella comunidad cristiana no puede expresarse plenamente ni puede subsistir y crecer sin esa reunión litúrgica periódica.

Creo que en nuestras parroquias hemos de esforzarnos más para crear y cuidar esa asamblea litúrgica que no es un simple conglomerado social, ni un grupo de amigos, ni una masa pasiva, ni «los de la Misa de doce o de la una», sino una asamblea de creyentes que se sienten comunidad orante y celebrativa.

Naturalmente esto requiere toda una pedagogía y una atención cuidada. Cada parroquia tiene que pararse a reflexionar, a revisar sus celebraciones, cuidar detalles, reavivar el espíritu de diversas maneras. ¿No tendríais que ser vosotros los primeros en colaborar en esta tarea tan importante de crear asamblea, una asamblea creyente, eclesial, festiva, reconciliada, amistosa, abierta.
Tarea que puede ser apasionante en estos tiempos en que tantos hombres y mujeres sienten la soledad, el anonimato y la frialdad de la sociedad moderna. Hay que cuidar muchas cosas: la llamada de la campana cuyo hondo sentido hay que recuperar; la acogida a la entrada del templo; el intercambio amistoso; la disposición del lugar y la colocación de la personas; el enfoque de toda la celebración; la monición preparatoria; la despedida fraterna…

La participación activa en la celebración
La acción litúrgica es la celebración del misterio pascual de Jesucristo que, por una parte, es alabanza, adoración y acción de gracias al Padre y, por otra parte, ofrecimiento de gracia y salvación a los hombres.

Precisamente por eso, la liturgia cristiana no la hacemos nosotros con nuestros esfuerzos, sino que es acción del mismo Cristo vivo y operante en su Iglesia. Actuación de Cristo que, por medio de su espíritu vivificador, continúa hoy su acción salvadora en el interior de la comunidad cristiana.

Es Cristo quien bautiza, quien perdona, quien alimenta a la comunidad en la Eucaristía. Y es el Espíritu Santo el que hace posible esta presencia actual de Cristo en su Iglesia y la continuidad de su acción salvadora entre los hombres.

Precisamente por eso lo primero que hemos de cuidad es nuestra apertura al Espíritu y nuestra participación en la acción salvadora de Cristo. «Hay que tener muy en cuenta esta plena y activa participación de todo el pueblo, porque es la fuente primera y necesaria en la que han de beber los fieles el espíritu verdaderamente cristiano» (SC 14). Esta participación ha de ser, según el Concilio:
Activa, es decir, el pueblo no ha de asistir pasivamente a una ceremonia religiosa protagonizada por otros, sino que ha de tomar parte activamente con sus actitudes, gestos, respuestas, oraciones, silencio, cantos, etc. Todo esto requiere, naturalmente, una preparación adecuada de cada celebración, una distribución de servicios y tareas, una conciencia de pertenencia a la comunidad, etc.
Plena, es decir, no sólo exterior sino también interior. No se trata sólo de establecer una comunicación con el presidente o de promover una respuesta al lector, sino, sobre todo, de suscitar una comunicación con Dios. Acoger en nosotros el misterio de salvación, dejarnos penetrar por la acción del Espíritu, actuar como miembros vivos de la Iglesia.
Consciente, una participación plena exige una educación litúrgica, un conocimiento suficiente de cada celebración concreta y de su estructura, una comprensión del significado que encierran los gestos y los símbolos, un saber impregnarse del espíritu de aquella celebración.

¿Quién suscitará esta participación viva, plena, consciente en nuestras comunidades? Nuestras parroquias están necesitadas hoy de grupos de creyentes con sentido de Dios, con sensibilidad litúrgica, que ahonden personalmente en el espíritu y contenido místico de las celebraciones, que estén dispuestos a adquirir un conocimiento litúrgico más profundo y que colaboren de múltiples formas en acrecentar y enriquecer la participación viva de todo el pueblo. ¿No tendréis también aquí una tarea importante que realizar al servicio de la comunidad parroquial?

Desarrollo vivo de cada celebración
La parroquia será verdadera comunidad litúrgica si allí se cuida y asegura el desarrollo vivo y adecuado de cada celebración. Esto exige:
que se supere la rutina y la inercia para devolver a cada celebración su densidad humana y religiosa;
que la celebración ayude a encontrarse con Dios desde los problemas, necesidades, sufrimientos y gozos del hombre de hoy;
que recoja y exprese la vida de aquella comunidad parroquial, sus inquietudes, sus necesidades, sus aspiraciones;
que en las celebraciones se busque un equilibrio entre la oración comunitaria y la participación individual, entre los gestos externos y la adhesión interior, entre la observancia de las normas litúrgica y la creatividad, entre la palabra y el silencio.

Las parroquias necesitan hoy, junto a los presbíteros, grupos de creyentes que se preocupen de animar y vivificar la celebración de la liturgia parroquial para que sea realmente «culmen y fuente» de toda la vida parroquial. La tarea es múltiple:
hay que revisar periódicamente las celebraciones para detectar las deficiencias, los defectos en que se viene cayendo, la rutia, las posibles mejoras a introducir, etc.;
hay que preparar la celebración, fijar bien el propósito y el sentido de cada celebración, encuadrarla en la vida de la parroquia, preparar todo lo necesario, coordinar a los que van a tomar parte más activa, no dejar las cosas a la improvisación, etc.;
hay que realizar bien y con el debido espíritu los diversos servicios litúrgicos: monitores, acólitos, lectores, cantores, distribuidores de la comunión, coro, organista, encargados de acoger y colocar a los fieles.

Que importante puede ser hoy para una parroquia contar con hombres y mujeres que, sin buscar ningún protagonismo personal, sino movidos por el Espíritu, estén dispuestos a realizar este servicio a la parroquia.

La celebración cristiana del domingo
No podemos detenernos en las diversas celebraciones de la comunidad parroquial. Sólo recordamos el domingo, «fiesta primordial» para el cristiano según el Vaticano II y «fundamento y núcleo de todo el año litúrgico» (SC 106).

Sin duda la vida moderna ha hecho más difícil la vivencia cristiana del domingo, pero no hemos de olvidar que para muchos creyentes es casi la única experiencia religiosa que sostiene y alimenta su fe. Cada domingo la parroquia ha de anunciar y celebrar incansablemente su esperanza en el Resucitado.

Hemos de recuperar toda la hondura del domingo cristiano en sus diversas dimensiones. Día del Señor resucitado que hace brotar en nuestros corazones la alegría y la paz pascual. Día de la asamblea cristiana en que los creyentes nos acogemos mutuamente, nos encontramos y expresamos nuestra comunión. Día de la Eucaristía que celebramos comulgando fraternalmente con el Señor. Día de la Palabra que se proclama en medio de la comunidad y la acogemos en nuestro corazón. Día de la fiesta y descanso que despierta en nosotros el deseo de la fiesta final.

Los diferentes grupos de oración, los creyentes que se reúnen a orar otros días de la semana, hemos de aunar nuestras fuerzas para santificar juntos gozosamente el día del Señor y devolverle a la comunidad parroquial la espiritualidad del domingo.
El domingo vivido a lo largo del año litúrgico constituye el alimento principal de la comunidad orante. Según el Concilio Vaticano II, «en el círculo del año (la Iglesia) desarrolla todo el misterio de Cristo, desde la Encarnación  y la Navidad hasta la Ascensión, Pentecostés y la expectativa de la dichosa esperanza y venida del Señor. Conmemorando así los misterios de la redención… se hacen presentes en todo tiempo para que puedan los fieles ponerse en contacto con ellos y llenarse de la gracia de la salvación» (SC 102).

Vivimos en una sociedad que tiene su propio calendario laboral, sus fiestas civiles, sus vacaciones, sus días de interés comercial, pero el año litúrgico puede ser también hoy el nervio de la vida espiritual de la comunidad parroquial.

Qué gracia para una comunidad parroquial poder contar con creyentes dispuestos a preparar y cuidar bien los diversos tiempos litúrgicos (Adviento, Navidad; Cuaresma, Pascua, Pentecostés) para ayudar a la parroquia a vivir a través del espíritu propio de cada uno de ellos, el misterio de Cristo.

LA PARROQUIA COMUNIDAD ORANTE


Como decíamos en el apartado anterior, hemos de recuperar antes que nada la parroquia como comunidad litúrgica donde el creyente viva su vida sacramental y celebre la eucaristía dominical. Pero la parroquia no es sólo la comunidad donde se celebra la acción litúrgica de la Iglesia, sino la casa donde los hijos de Dios se reúnen para orar a Dios, su Padre.

Esta oración de la comunidad parroquial, no propiamente litúrgica, es de gran importancia y deber impregnar las diversas actividades de la parroquia. Sin ella, fácilmente se cae en el activismo, en la rutina pastoral o en el funcionamiento mecánico.

Por otra parte, cuando los creyentes de la parroquia y de los diferentes grupos se reúnen para orar, están expresando su identidad más profunda de Pueblo de Dios congregado antes su Señor. Dan gracias al Padre por la salvación realizada en Jesucristo. Piden con insistencia la venida del Reino de Dios y celebran su esperanza final en el Señor que vendrá.

Toda la oración que podamos hacer de manera individual, en el seno del hogar o en el pequeño grupo, debería ser como una extensión o una concreción de esa oración que hemos de promover en el interior de la comunidad cristiana. ¿Cómo reavivar la parroquia como comunidad orante?

La parroquia, casa de oración
El verdadero ámbito donde tiene lugar la oración cristiana y la presencia del Espíritu es la misma comunidad de creyentes, y no tanto el lugar físico o edificio donde se reúnen. En nuevo templo de Dios es la comunidad cristiana (1Pe 2, 5; Ef 2, 19-22).

Sin embargo, también el lugar donde se reúne la comunidad orante tiene su importancia, y hemos de hacer un mayor esfuerzo para que las iglesias parroquiales sean verdaderas casas de oración. Son muchos los detalles que hay que cuidar.

Por lo general, el espacio de los templos está ordenado en función de la celebración litúrgica (el presbiterio con el altar, el ambón, la sede presidencial, y la nave como lugar del pueblo), pero no es función de la oración litúrgica. De ahí la necesidad, sobre todo en iglesias grandes, de organizar y distribuir el espacio de manera más adecuada, o acondicionar alguna capilla, oratorio o lugar apropiado para la oración personal o de grupo más reducido.

Es importante también cuidar la disposición o colocación de las personas, la iluminación, la acústica, las imágenes y los símbolos, la cruz, la Biblia, los asientos….

Hemos de cuidar sobremanera las condiciones ambientales, para que ayuden a entrar en el silencio del corazón y de todo el ser, silencio que permita construir al hombre interior y encontrarse con Dios.

Deberíamos cuidar también la ambientación musical en ciertos momentos. Poner a disposición de los fieles libros, textos, folletos, revistas y elementos diversos que les puedan ayudar a orar.

Naturalmente, hay que procurar que el templo esté abierto, al menos, al atardecer, lo cual exigirá muchas veces personas que se hagan presentes a determinadas horas, cuiden el lugar, acojan a la gente… Todo esto es posible cuando en la parroquia hay un grupo dispuestos a promover la dimensión orante de la comunidad parroquial.

Encuentros de oración
La parroquia ha de saber convocar a sus fieles, no sólo para la celebración litúrgica, sino también para la oración no sacramental. Hemos de promover experiencias de oración que ayuden a los creyentes a orar en silencio, a escuchar la Palabra de Dios con sosiego, a descubrir nuevos caminos de interiorización y búsqueda de Dios.

Estos encuentros pueden ser muy diversos y ser organizados para agentes de pastoral (catequesis, personal de Cáritas, etc.,), o para jóvenes, personas de tercera edad, padres, novios… Pueden tener estructuras diferentes y apoyarse en elementos variados (escucha de la Palabra de Dios, silencio, oración sálmica, plegaria espontánea, meditación personal, audición de música…).

Estos encuentros de oración, dentro de la variedad y creatividad que los puede caracterizar, no deberían ser vividos al margen dela liturgia, sino que muchas veces deberían inspirarse o ser como una prolongación de lo que se vive en la celebración litúrgica. En este sentido, pueden tener importancia particular los encuentros de oración en tiempos fuertes como el Adviento, la Navidad, Cuaresma, Pascual, Vigilia de Pentecostés….

La animación de estos encuentros de oración no tiene por qué estar en manos de los presbíteros. El ideal sería contar con un grupo de oración que lo promoviera.

Grupos de oración
Son muchos los grupos de oración que el Espíritu va suscitando en la Iglesia y que deberían encontrar acogida en la parroquia.

Grupos de personas que se siente vinculadas, no simplemente por lazos de amistad, edad, sintonía de ideas, etc., sino por la escucha de una misma llamada a la oración.

Grupos donde se puede ahondar en la oración, subrayando una espiritualidad concreta (carmelitana, franciscana, ignaciana,…), la sensibilidad a una determinada corriente de oración (Taize, carismáticos…), o una particular orientación bíblica, eucarística…
Grupos donde la relación personal puede ser más cálida y donde la espontaneidad, la creatividad y la comunicación pueden ser mayores. Grupos donde los gestos, las palabras y los silencios pueden tener una calidad más familiar y menos solemne.

Grupos no cerrados en sí mismos, sino abiertos, capaces de invitar y acoger a otras personas sin perder su propia entidad. Grupos capaces de crear nuevos grupos. Y, naturalmente, grupos con sentido de pertenencia a la comunidad total, que toman parte y animan la oración de toda la comunidad parroquial.

La oración de la liturgia de las horas
La oración de la liturgia de las horas ha estado durante mucho tiempo reservada a las comunidades monásticas, a los religiosos y a los clérigos. Poco a poco, comienza a ser también alimento de toda clase de creyentes.

Podemos decir que la liturgia de las horas es la oración comunitaria por excelencia, la expresión más típica de la comunidad orante que alaba a Dios, el medio mejor para santificar el tiempo que vamos viviendo.

Esta oración de las Horas debería ser promovida hoy con más decisión en las parroquias. Las razones son varias. Por una parte, es una oración que ofrece una estructura litúrgica sobria que puede liberar de tantas prácticas piadosas a veces desviadas. Por otra parte, es una oración que permite la creatividad y la adaptación a la vida concreta del grupo orante. Es, además, una oración que nos educa en la actitud de alabanza, adoración y meditación gozosa de las obras de Dios. Para muchos creyentes puede ser fuente de espiritualidad y alimento de su fe y de su entrega evangelizadora.

Algunas parroquias han comenzado ya a establecer loa oración de Laudes y Vísperas, al menos en los tiempos fuertes o en la víspera de las fiestas más importantes. Naturalmente, si no queremos caer en la rutina, es necesario que algunas personas se responsabilicen de la preparación, la debida explicación de los salmos, la creatividad, la recitación adecuada, los cantos, etc.

El culto a la eucaristía
La reflexión teológica actual nos ha ayudado a situar más correctamente el culto a la eucaristía fuera de la misa.

Antes que nada, la reserva eucarística en el sagrario es un memorial, es decir, testimonio permanente que nos recuerda la eucaristía que ha celebrado anteriormente la comunidad cristiana. Este pan eucarístico es como el eco de aquella celebración, el fruto que se prolonga hasta nosotros. Por esta eucaristía, conservada en las iglesias y oratorios, Cristo se hace presente en medio de nosotros como «Emmanuel», es decir, «Dios con nosotros». Aquí se condensa y se expresa de manera más fuerte la presencia de Cristo en medio de nosotros.

Pero esa presencia sacramental de Cristo no se ha de entender de manera estática, sino como un hecho dinámico, una donación del Padre que nos entrega a su Hijo como Salvador. «Una presencia ofrecida». Por eso, esta presencia eucarística en el sagrario pide una acogida de su acción transformadora, una actitud de adoración y acción de gracias, un deseo de comunión profunda con Cristo, un deseo de que venga para siempre como Señor (¡Maranatha!).

Todas las iglesias parroquiales tienen su sagrario y están habitadas por esta presencia eucarística del Señor. Las parroquias deberían hoy ahondar y enriquecer este culto a la eucaristía, promoviendo la visita al sagrario, la adoración de la eucaristía, la bendición dl Santísimo, desde la actual reflexión teológica y las nuevas orientaciones del Ritual, que invita a alimentar la oración ante el Santísimo Sacramento con cantos, oraciones, lectura de la Palabra de Dios, breve exhortaciones y momentos oportunos de silencio.

La religiosidad popular
El pueblo ha desarrollado, por su parte, toda una religiosidad popular que, con frecuencia, encierra desviaciones y deficiencias notables, pero que contiene, sin duda, valores  y experiencias que han alimentado su fe.

No podemos ignorar esta religiosidad popular ni, mucho menos, menospreciarla. Hemos de hacer de la liturgia una celebración cada día más viva, participada y enraizada en el pueblo; y, por otra parte, revisar, purificar y cuidar los valores que la religiosidad popular encierra, vinculándola más con la vida litúrgica de la Iglesia.

Los principales criterios a tener en cuenta serían: no promover lo que responde a esquemas socioculturales del pasado; sustituir los aspectos caducos inyectando un contenido más actual; incorporar una concepción antropológica y teológica más sana; valorar la experiencia intuitiva, simbólica, festiva, vivencial que, con frecuencia, esa religiosidad encierra; suprimir los elementos de carácter mágico o supersticioso; desarrollar los valores evangélicos.

En este sentido, deberíamos revisar devociones populares y ejercicios piadosos que todavía tienen eco en sectores del pueblo; la religiosidad nacida de la devoción a María y el culto a los santos (novenas, triduos); la práctica de los «meses devocionales» de mayo, junio, octubre, noviembre, dedicados respectivamente a María, a Sgrado. Corazón, rosario y difuntos; la religiosidad en torno a santuarios, ermitas y lugares de culto (romerías, peregrinaciones, procesiones, etc.).

Enseñar a orar
Algún pastoralista ha dicho que «el problema pastoral más urgente de nuestro tiempo es cómo enseñara a orar a nuestro pueblo». Es cierto que, si el corazón no se abre a Dios, ninguna pedagogía nos podrá enseñar a orar; pero también es verdad que el creyente necesita unas directrices, una orientación y unos apoyos externos que le ayuden a caminar al encuentro con Dios.

En una parroquia es necesario cuidar, antes que nada, la educación litúrgica. Los creyentes no pueden participar de manera consciente y profunda si desconocen el sentido de la liturgia, la estructura de la eucaristía y los sacramentos, el significado de los gestos…

Esta labor pedagógica ha de ser constante para que la celebración no decaiga, sino que se viva cada vez con más hondura. Por otra parte, no ha de quedarse en lo puramente exterior. Se trata de educar en el sentido de Dios y de lo sagrado; introducir en el espíritu de la celebración litúrgica; enseñar a participar de manera viva en la oración comunitaria; crear sentido de Iglesia.

Junto a esta formación litúrgica, las parroquias deberían esforzarse por promover una pedagogía oracional que ayudara a los creyentes a desarrollar sus propias posibilidades de vida interior y oración.

Hemos de actuar con mucho realismo. Antes que nada, hemos de valorar esa oración aparentemente pobre de muchas gentes; la oración que se expresa en fórmulas mil veces repetidas; oración llena de distracciones, sin gran hondura de concentración; oración deslucida de los que se conocen poco y mal a sí mismos; oración de los que sólo tienen una cultura rudimentaria;  oración de los que no conocen técnicas de relajación o interiorización; oración no ilustrada ni erudita ni sublime; oración de la mayoría, de los pobres, los simples, los que no se sienten buenos; oración que despierta la ternura de Dios y es escuchada siempre por su corazón de Padre.

No se trata de menospreciar esta oración. Al contrario, precisamente cuando se valora esta oración sencilla de las gentes es cuando se descubre que muchas de estas personas de corazón limpio se abrirían a Dios de una manera más honda y profunda si tuvieran a alguien que les enseñara a hacerlo.

Hoy nos faltan desgraciadamente, maestros de oración que puedan acompañar espiritualmente a las personas en sus dudas, tanteos o falsos entusiasmos. Pero sí que puede haber en nuestras parroquias el grupo de oración, la pequeña comunidad orante, que puede ser hoy para muchos verdadera escuela de oración.

Un grupo cree clima de oración, que haga nacer el deseo de Dios, que ofrezca sugerencias y directrices, que estimule y sostenga la oración personal, que enseñe a escuchar la Palabra de Dios y a crear silencio interior, que prepare los espíritu para la celebración litúrgica.

Recordemos la exhortación de san Pablo a la comunidad de Tesalónica, exhortación que debería ser hoy escuchada en nuestras parroquias y comunidades cristianas: «Estad siempre alegres. Orad constantemente. En todo dad gracias, pues esto es lo que Dios, en Cristo Jesús, quiere de vosotros» (1Ts 5, 16-17).


Algunas consecuencias y aplicaciones prácticas


De índole general

 Tenemos que cultivar más una actitud permanente de conversión
Los religiosos hemos optado muy seria y solemnemente por Cristo, nos hemos comprometido a seguirle más de cerca y mediante unos compromisos muy concretos, a la vez que amplios –puesto que abarcan la vida entera- y radicales. Bien, muy bien. Pero esto lleva consigo, desde una fe y un amor profundamente arraigados en nosotros, una fuerte exigencia de continua conversión:
de conversión a Jesucristo, el Señor, y al Dios revelado por El;
pero de una conversión desde nuestra sociedad, desde nuestro ambiente, desde nuestra vida real de cada día –porque nadie vive sólo para sí-; cada cual es él y sus circunstancias;
de una conversión vivida en tensión de "hacia": hacia el Dios siempre nuevo –que me tiene que ir sabiendo siempre a nuevo- de Jesús, y hacia el mundo, que tenemos que ir transformando poco a poco, y desde dentro, en su Reino.

Ahora bien, en la medida en que vayamos adoptando, de verdad, esta actitud, nos iremos familiarizando con la verdadera oración. Está dejará de ser una obligación o algo como añadido en nuestra vida, y será, por el contrario, algo muy hondo, muy vitalmente sentido.

 Sencillamente, que tenemos que convertirnos a la oración, a una oración siempre nueva y más genuina; y entonces, desde nuestra pobreza e importancia, nos sentiremos mucho más impulsados a decirle, como un día sus discípulos: "Señor, enséñanos a orar" (Lc 11, 1). Y será un magnífico indicio.

4.1.2.  Tenemos que ir familiarizándonos con el Dios siempre nuevo de Jesucristo.
Cada cual ora –lo mismo el individuo que el grupo- según como es y según la imagen que va teniendo de Dios. De manera que se puede afirmar con toda seguridad: Dime cómo es tu Dios y te diré cómo son tus relaciones con El, cómo es, por tanto, tu oración. Por eso es importante que no nos cansemos de ir enriqueciendo siempre más y más esta imagen de Dios, sobre todo mediante el contacto con su Palabra viva. Sólo a una imagen que se vaya aproximando cada vez más al Dios revelado en Jesús, corresponderá una oración genuinamente cristiana.

 Esta lleva consigo, según lo dicho, una iluminación y profundización progresivas de la fe. Y recordémoslo bien: sólo una fe capaz de estructurar a una persona –a toda ella-, o a un grupo –a todo él-, será capaz de ponerles en condiciones de ser persona, o grupo, de oración, de una oración de verdad.

4.1.3. Ser capaces de convertir los condicionamientos en condiciones favorables.
Se ha podido decir, con toda razón que "si tuviéramos que hacer la reseña de todo lo que, desde dentro o desde fuera, condiciona nuestra vida, no acabaríamos nunca". Efectivamente, nuestra oración está condicionada por condicionamientos internos a la persona –según como uno es- y por condicionamientos externos: ambiente, circunstancias, actividad, etc., y, en general, por todos los factores sociales, que de algún modo, constituyen una como atmósfera que nos envuelve y nos condiciona, por tanto, necesariamente, en su sentido o en otro, queramos o no.

 Todos estos condicionamientos tienden, de hecho, en lo que tienen de negativos, nada menos que:
no dejarnos asimilar o a borrar y destruir o a hacer incluso ridícula e inaceptable la imagen del Dios en la revelación;
a que nos entretengamos, autoengañándonos, con una oración completamente superficial, o lo que es todavía peor, con unos sustitutivos de oración (como a veces parece que son muchos de nuestros actos y celebraciones); y, en última instancia,
a cerrarnos en nosotros mismos –autosuficientes y extrovertidos-, haciéndonos incapaces de un verdadero, amistoso y reposado encuentro con Dios.
He aquí la gran problemática que se nos plantea. Sin embargo, debemos reaccionar con decisión y esperanza:

En primer lugar, no dando un valor absoluto a dichos condicionamientos, que no lo tienen. Al contrario, sabemos con absoluta certeza que Dios está con nosotros y es capaz de hacer cooperar todas las cosas, con la fuerza irresistible de su amor, para nuestro mayor bien. Lo que quiere decir que nosotros somos mucho más importante que aquello que nos condiciona. Y todavía más: que lo que de verdad nos condiciona, y perdura siempre, es que Dios está por y con nosotros. Y si esto es así, ¿quién podrá contra nosotros?
Por otra parte, debemos reaccionar aceptando esos factores en lo que tienen de condicionantes: ante todo, tomando conciencia clara y lúcida de los mismos, y luego, dando un paso más, tratando de descubrir aspectos favorables en esos mismos elementos, que los habrá, y procurando sacar partido de los mismos.

Con especial aplicación a nuestras Comunidades.

 4. 2.1. Tenemos que estar construyendo siempre la comunidad
Así como en la oración individual hay un Yo, que es toda una realidad, muy rica y compleja, y que es el que está llamado a hacerse presente a Dios en la oración, lo mismo ocurre con una comunidad religiosa, auténticamente evangélica y que aspira, por eso, a ser verdaderamente orante. Si no hay un Yo-nosotros, en Cristo y gracias al impulso del Espíritu, no habrá comunidad. Y este es el proceso que hay que cuidar continua e incansablemente, empleando para ello todos los medios, también humanos, por supuesto, y todas las técnicas que hagan falta.

 Esto supuesto, y refiriéndonos ya a la oración, así como a la comunidad no es la resultante de la mera suma de los que la integran, tampoco la oración comunitaria es, propiamente, la resultante de las oraciones individuales. Una comunidad, en la medida en que se va formando, va teniendo un espíritu y un alma; va teniendo y siendo un Yo, que se expresará de una determinada manera en su oración. Por eso cada comunidad ora según lo que es. Por eso mismo también la oración comunitaria sigue el ritmo de crecimiento de la comunidad y lo pone de manifiesto. Y así se explica a su vez que, en buena parte, el problema de nuestra oración, individual y comunitaria, es frecuentemente problema de la relación.

 Existe también este otro aspecto a tenerse en cuenta: una persona que quiere profundizar en su unión con Dios por medio de la oración, necesita cultivarse en todas las dimensiones de su ser, y necesita igualmente tiempos fuertes, silencio y concentración, buscar sus ritmos propios y las formas más adecuadas, contando con la Escritura, una relaciones maduras con los demás, etc.; pues bien, todo esto tiene aplicación, debe tenerla, exactamente, en la oración de la comunidad. Lo que nos convence, creo yo, de que una oración verdaderamente comunitaria no se improvisa  y de que, para ir lográndola, es imprescindible que cada cual se convierta a su comunidad, se dé a ella, en fe y con amor, y trate de construirla cada día, seguro de que en esa misma medida se irá construyendo también él mismo, como persona, como religioso y como orante.
 Esto nos lleva como de la mano a poner de relieve algo que está muy relacionado con lo que decía antes al hablar, en general, del primer gran presupuesto para la oración, que es el procurar vivir cada vez más en profundidad. Lo cual, referido a la comunidad, significa que si en ella no se promueven, lo mismo que en el individuo, dimensiones de profundidad, con todo lo que esto lleva consigo, la oración constituirá un problema que no tendrá solución. Y lo peor es que esa –hipotética- situación de extroversión y superficialidad afectará simultánea e inseparablemente a las relaciones con Dios y la forma de presencia, de la comunidad, en el mundo, como fácilmente se comprende a poco que se reflexione.

4.2.2. Procurarse estilos de oración adecuados
Lo primero que se me ocurre apuntar, a este respecto, es que deberíamos acabar con esas formas de oración que causan la impresión de que falta en ellas interiorización, presencia, fe viva, unión mutua...

 En segundo lugar, entiendo que es necesario insistir todavía más en dar mayor cauce a la creatividad y a la variedad. Me refiero sobre todo a las comunidades locales y no numerosas.

 Pero hay más: solemos decir que la renovación de una comunidad depende de la oración. A lo que yo añadiría que según sea esa oración. Hay maneras, estilos de oración que, aun supuesta cierta buena voluntad, dejan a los que la hacen, más o menos, como eran y como estaban. Y esto, como es obvio, acaba por frustrar y desilusionar, principalmente a la juventud religiosa, ávida, por lo general, de autenticidad.

 Por eso se impone, y con urgencia, pistas nuevas de orientación, que deberán ir, entiendo, en la siguiente dirección:
Tenemos que partir de la base de que la oración cristiana es enteramente original. Y esta originalidad se deriva de la imagen de Dios, infinitamente original –gratuito, cercano, entrañable, Padre...-, tal como se nos manifiesta en la revelación, sobre todo en el que nos lo descubre en plenitud, que es Jesucristo, el Señor.
A esta oración deberemos acercarnos con unas actitudes muy características, más bien pasivo-activas, digamos, precisamente porque Dios es amor, porque El tiene la iniciativa en todo, porque El lo es todo.
En consecuencia con esto, debemos comenzar por no oponer resistencias a Dios a través de nuestras formas de oración; al contrario, hemos de procurar hacernos entera e intensamente presentes ante El, en actitud de atención con todo nuestro ser, de dejarnos amar, de colaborar activamente con El, de dejarle hacer.
Dicho de otro modo, es necesario introducir, o intensificar, dentro de nuestras comunidades, métodos y estilos de oración que faciliten la contemplación, a la que todos estamos llamados. El mismo Cardenal Pironio decía que: "habrá que seguir avanzando por los caminos de una mayor intensidad de la dimensión contemplativa". Y añadía que deberemos dedicarnos, por tanto, a la "búsqueda de la oración y de la contemplación y también de los medios concretos que la hagan posible"


CONCLUSIÓN

Como conclusión yo diría, sencillamente: pongámonos a orar, y a orar bien. Y para ello –digámoslo muy alto y sin reservas-, abrámonos de una vez a la mística –a la verdadera mística, por supuesto-, porque no hay otro modo posible de vivir con plenitud y autenticidad nuestra vida consagrada. En las actuales circunstancias, sobre todo, cuando todo se derrumba, bajo algunos aspectos, y todos suspiramos por el amanecer de una era nueva en lo religioso, la mística –sí, lo digo sin miedo: la mística (religiosa, cristiana), en su sentido teológico más genuino- se hace absolutamente indispensable; una mística que:
nos ponga y nos mantenga en la presencia real, personal, viva, de Cristo y de Dios, a quien contemplemos, escuchemos y percibamos, pero de verdad, íntima, profundamente, con todo nuestro ser;
nos ayude a descubrir una imagen más consciente y nueva del hombre y del mundo;
nos ayude a conocer también las riquezas de nuestro interior, de manera especial nuestra verdadera vocación, y nos infunda fuerza para secundarla con fidelidad, audacia y tesón;
nos vaya haciendo ver, en fin, cada vez con mayor claridad y fuerza, nuestra misión en cada momento y lugar entre nuestros hermanos los hombres, y nos dé al mismo tiempo el verdadero secreto para ser, sin ruido pero de manera muy eficiente, agentes de cambio y de transformación y colaboradores eficaces de Dios en la instauración de su Reino en la tierra.

Otro tema fundamental de la vida contemplativa que va dentro de su ser contemplativo, es el tema de la evangelización. ¿Cómo situar de forma adecuada a la comunidad contemplativa en el marco de la nueva evangelización?

Desde el ser contemplativo: La verdadera actitud en estos momentos ha de arrancar del mismo ser de la vida contemplativa. El contenido esencial de esa vida está bien resumido en la conocida sentencia de santa Teresa: "Sólo Dios basta". Dios sólo es el Absoluto, lo único necesario. Desde ahí las comunidades contemplativas han de vivir en estos momentos lo esencial, sin distraerse con lo accidental, sin apegarse a l terreno, sin absolutizar lo que es relativo y accidental.
Por eso, también ahora lo importante es vivir con radicalidad el carisma de la contemplación. Seguir en la adoración, la alabanza y la acción de gracias. Todo es bueno para los que le aman. Lo fundamental es vivir la vocación contemplativa; no interrumpir la alegría de la consagración a Dios en esta hora de purificación y de gracia.
El Espíritu de Dios sigue actuando; el Reino de Dios no se interrumpe; la Iglesia permanece. Las instituciones concretas y los monasterios pueden desaparecer. Es doloroso, pero no es lo importante. Desde el Absoluto de Dios, el contemplativo vive y ama estos tiempos. Los vive con paz y serenidad, con libertad; sin agarrarse a lo que tal vez, puede desaparecer; sin sufrir inútilmente por lo que, en fin de cuentas, no es tan importante.

Confianza radical en Dios: Es la actitud básica en estos momentos. Creer y confiar en la Providencia significa entender y experimentar nuestra vida entera como creada, impregnada y sostenida por el amor de Dios. Todo está bajo el amor de Dios también ahora. Nada escapa o queda fuera de ese amor. Acontecimientos, personas, errores, aciertos, esfuerzos, pecados... todo está bajo su cuidado amoroso. Esta fe nos invita a:
Vaciar nuestra vida de miedos e inquietudes que pueden ensombrecer sin necesidad la vida contemplativa; es la recomendación de Jesús: "No andéis agobiados por la vida pensando qué vais a beber, ni por el cuerpo, pensando con qué vais a vestir" (Mt 6, 25). Nuestra vida no está dominada por la fatalidad o el azar, sino conducida por el amor vigilante de Dios.
Confiar radicalmente en Dios: El contemplativo se libera de miedos no para vivir una actitud de escepticismo, indiferencia o frialdad, sino para abrirse al futuro con una confianza total y absoluta en Dios: "Descargad en Dios todo agobio, que a él le interesa vuestro bien" (1Pe 5, 7). Toda nuestra existencia es gracia. En todo está presente el amor de Dios que busca sólo el bien. También en los acontecimientos y situaciones que nosotros consideramos negativos (falta de vocaciones, futuro incierto...) Dios siempre es gracia.
Percibir los signos de Dios: Toda la vida puede manifestar el amor de Dios, pero puede haber acontecimientos que por su impacto y su fuerza nos sacuden, interpelan y se convierten en signo privilegiado de la llamada de Dios. ¿Qué nos quiere decir hoy Dios a las comunidades contemplativas desde la situación dolorosa de un futuro incierto?
Saber estar en la dificultad: De esta confianza grande en Dios se deriva una manera sana de vivir estos momentos con paz, fidelidad a la vocación, disponibilidad, apertura a la voluntad de Dios, mansedumbre, desapego interior y exterior. Este es el clima básico que hemos de crear en la comunidad contemplativa.

Escuchar la llamada a evangelizar
 Lo primero es escuchar la llamada a evangelizar. Acostumbrados a vivir en una sociedad tradicionalmente cristiana, son muchas las parroquias, comunidades y grupos cristianos que viven su fe sin sentirse llamados a comunicarla. Bastantes cristianos, incluso practicantes convencidos, viven sin sospechar siquiera que puedan tener alguna responsabilidad de anunciar y comunicar algo a los demás. Pues bien, sería paradójico que, en estos momentos, se hiciera por parte de todos un esfuerzo por redescubrir y recuperar la evangelización como misión esencial de la Iglesia, y que los cristianos dieran pasos para escuchar la llamada a la evangelización, sin que las comunidades contemplativas se pudiera constatar esfuerzo alguno por escuchar y reavivar su propia vocación evangelizadora.

Evangelizar desde la contemplación
 Hemos de entender bien la acción evangelizadora del contemplativo. El monje como la monja no está delante del mundo ni vive para el mundo. Está delante de Dios y vive para Dios. Lo decisivo del contemplativo no es construir un mundo mejor, sino ser para Dios. La vocación contemplativa no consiste en transformar el mundo, sino en adorar, alabar y bendecir a Dios. El verdadero contemplativo no desea, en realidad, "hacer" cosa alguna; lo que desea es "ser" para Dios. La comunidad contemplativa se realiza como tal cuando vive cantando con su vida el "sanctus, sanctus, sanctus" de la creación a la Trinidad santa.

 Por eso, lo primero que hemos de recordar es que, para evangelizar, el monje o la monja no han de abandonar su vida contemplativa y pasar a un apostolado activo. La comunidad contemplativa evangeliza, no por lo que "hace", sino  por lo que "es". La evangelización del contemplativo es siempre expansión, comunicación, irradiación de su propio ser contemplativo. Lo más profundo y propio de la evangelización del contemplativo es mostrar a los hombres la esencia, la sustancia, la belleza de la contemplación.

 Ahora bien, de esa contemplación fluye como algo espontáneo y natural la comunicación de Dios a los demás. Eso que dice la tradición cristiana: "contemplata aliis tradere" (comunicar a otros lo contemplado). El teólogo Alvarez Bolado afirma: "Es falsa la contemplación cristiana que no se ocupa de discernir  continuamente las huellas del Amado entre las sendas de los hombres... No hay ningún contemplativo cristiano que intente gozar a Dios sin seguirle a través de su compromiso con el hombre. Habrá otras clases quizá de contemplación, pero la contemplación cristiana siempre anida en la unidad del único mandato de Jesús: el amor a Dios y el amor a los hombres".

 Lo que va a dar más fuerza evangelizadora a las comunidades contemplativas no es, sin más, el introducir mejoras en la acogida, en la comunicación con la gente, o en la acción litúrgica compartida. Lo más decisivo es que la comunidad viva profundamente la contemplación como irradiación. San Juan de la Cruz dice que la contemplación es "sabiduría de Dios, amorosa" (2N 5, 1), "ciencia de amor" (2N 18,5). Contemplando el Cántico Espiritual escribe que la contemplación es "sabiduría de Dios secreta o escondida, en la cual, sin ruido de palabras y sin ayuda de algún sentido corporal no espiritual, como en silencio y quietud, a oscuras de todo lo sensitivo y natural, enseña Dios ocultísima y secretísimamente al alma sin ella saber cómo; lo cual algunos espirituales llaman entender no entendiendo" (CB 39, 12). Es esa "sabiduría amorosa de Dios" la que hay que irradiar, sugerir o hacer presentir a otros.

 Por eso, lo primero que necesita la vida contemplativa de nuestras comunidades es una renovación en el Espíritu. El Espíritu, en primer lugar, eleva la contemplación hasta el Dios escondido, Padre de todos los hombres y de todas las criaturas, nos introduce en las entrañas paternales de Dios; no se puede contemplarlo como Padre sin pensar en sus hijos y amarlos, estén donde estén, dentro o fuera de la Iglesia. En segundo lugar, el Espíritu enraíza la contemplación en nuestro ser humano; nos hace volver al corazón, según la expresión de San Agustín ("redeamus ad cor"): ese Espíritu transforma "el más profundo centro del alma" (San Juan de la Cruz), dilata nuestro corazón, ensancha nuestra capacidad de amar; entonces, lleva la contemplación a la comunicación cordial y evangelizadora. En tercer lugar, el Espíritu irradia la contemplación, la saca del intimismo y del ensimismamiento; impide que el contemplativo confunda la interioridad con el egoísmo, el recogimiento con la búsqueda del propio yo; el Espíritu libera del aislamiento, abre la contemplación a lo universal; el corazón de piedra se convierte poco a poco en corazón de carne que vibra con el sufrimiento de todo ser humano; entonces la contemplación se abre a la comunión con los hermanos; el Espíritu pone al contemplativo en el corazón de la humanidad. Por último, el Espíritu extiende la oración contemplativa más allá de lo que el contemplativo puede alcanzar. El monje o la monja no puede llegar a los necesitados con sus propias manos, no puede llevarles el Evangelio con sus labios, no puede estar junto a los que sufren, y siente el límite y la importancia humana; el Espíritu, sin embargo, extiende su oración a toda la humanidad; lo remoto se hace cercano; todo sufrimiento y necesidad se hace presente; el que ora bajo la acción del Espíritu todo lo tiene al alcance de la mano, desde Dios.

La comunicación de Dios como Buena Noticia
La nueva evangelización hay que impulsarla en una sociedad que "está de vuelta" del cristianismo. Muchos van abandonando la fe porque no han encontrado en ella algo bueno. No guardan buen recuerdo de su experiencia religiosa. De ser cierto lo que dicen, el Dios que han conocido no ha sido para ellos gracia liberadora, fuerza y alegría para vivir, principio de vida y de esperanza. Al contrario, a no pocos les ha quedado el recuerdo de un Dios peligroso y amenazador, que no deja ser ni disfrutar, alguien que hace la vida más dura y difícil de lo que ya es por sí misma. Y, naturalmente, van prescindiendo de El.

 Ante esta situación han de brotar en nosotros no pocas preguntas: Estos hombres y mujeres que abandonan la religión, ¿ya no la necesitan? ¿qué queda en ellos de esa fe que un día habitó su corazón? ¿Se han cerrado para siempre al Dios vivo y verdadero de Jesucristo? ¿Cómo acercar a Dios a esas personas que, habiendo oído hablar de El, hoy le dan la espalda? ¿Puede el misterio de Dios llegar a ser Buena Noticia en nuestra sociedad, algo realmente nuevo y bueno para los hombres y mujeres de hoy? ¿Qué podemos hacer los creyentes para que Dios pueda ser experimentado como Buena Noticia? Estas son las preguntas que pueden despertar la vocación evangelizadora en la comunidad contemplativa.

 La respuesta a estas preguntas no es fácil. Pero hay algo decisivo. La primera aportación de una comunidad contemplativa hoy ha de ser ayudar a los hombres a que puedan experimentar a Dios como amigo y salvador. Que puedan tener una experiencia nueva de Dios. Que puedan captar que Dios es bueno, que encontrarse con El hace bien, que acoger su gracia es vivir de manera más plena y positiva. Esto es lo más grande que los contemplativos nos pueden aportar a todos: la experiencia de un Dios amigo, el mejor amigo del ser humano.

 Esto exige revisar el anuncio de Dios que se difunde desde las comunidades contemplativas y el testimonio que se da de El. En primer lugar el anuncio de los contemplativos, ¿qué imagen de Dio sale de sus labios? ¿De qué Dios hablan? ¿Qué Dios comunican? ¿Un Dios amigo o un Dios amenazador? ¿Un Dios lejano y distante o un Dios cercano e interesado en la felicidad del ser humano? ¿Un Dios dictador o un Dios respetuoso de la libertad de toda persona? ¿Un Dios egoísta o un Dios gratuito? Y, ¿cómo es ese lenguaje sobre Dios? ¿Un lenguaje superficial y gastado, lleno de tópicos y de palabras vacías, o un lenguaje sobrio, hondo, que nace de la experiencia? ¿Con qué tono se habla de Dios? ¿De forma segura y autoritaria, o de manera humilde y respetuosa? ¿Con palabras vacías de amor, o con expresiones llenas de ternura? Y, ¿cómo hablan los contemplativos del pecado, de la moral, de la conversión a Dios, de la salvación, del cielo? En una palabra, el anuncio de Dios, ¿atrae o distancia, acerca a Dios o aleja de El?

 Pero no basta hablar. Es necesario el testimonio de la vida; hablar con la vida. Jesús no sólo anuncia que Dios es bueno para el hombre; El mismo es bueno. No sólo habla de un Dios perdonador, El mismo acoge, comprende y perdona. No sólo predica a un Dio salvador, El mismo cura, sana y da fuerzas para vivir. Por eso, no basta hablar de un Dios bueno. Es necesario que los que los que hablan de Dio sean buenos. La nueva evangelización la impulsarán hombres y mujeres buenos. Contemplativos que, por su forma de ser, de acoger, de escuchar, de mirar, de reaccionar, de amar, introduzcan algo bueno de Dios en la vida de las personas. Contemplativos, que sean testigos de la misericordia y la ternura de Dios hacia todo ser humano. Sólo ellos pueden anunciar a un Dios Amigo.

Cercanía espiritual al hombre de hoy.
 En una comunidad contemplativa donde se alimenta el recelo, el miedo, la condena o el rechazo del hombre de hoy, difícilmente se despertará una dinámica evangelizadora. La evangelización brota siempre del amor. Sólo quien ama a los hombres y mujeres de hoy, con sus problemas y conflictos, con sus contradicciones y miserias, con sus conquistas y sus fracasos, con sus anhelos y su pecado, será capaz de evangelizar. Una comunidad contemplativa que no sienta compasión y ternura por las muchedumbres como sentía Jesús (Mt 9, 36), no evangelizará.

 Dios ama apasionadamente al hombre de hoy. Lo entiende, lo acoge, lo perdona, busca para él un futuro siempre mejor, quiere su salvación. Una comunidad contemplativa que sabe acoger el amor de ese Dios, mira con simpatía inmensa a todo hombre, también a quienes caminan por la vida con aire indiferente e incrédulo. Son hermanos, hijos del mismo Padre. También en ellos está actuando el Espíritu. Todos caben en el corazón de Dios. La oración actual del contemplativo debería ser "simpatía mística con las víctimas de la incredulidad" (E. Schillebeeckx).

 La contemplación ha de hacer a los monjes y monjas amigas de los hombres y mujeres de hoy, amigos de quienes no aciertan a creer ni a invocar. Una comunidad contemplativa sólo evangelizará si sabe hacerse presente con amor, desde la oración, a todos los seres humanos que sufren hoy en el mundo, si vive con el anhelo de la salvación universal, si se identifica y comparte la solicitud amorosa de Dios por todos y cada uno de los seres humanos.

AL SERVICIO EVANGELIZADOR

Antes de concretar más la acción evangelizadora de una comunidad contemplativa, voy a señalar tres rasgos que, a mi juicio, han de definir el contenido principal del servicio evangelizador de la vida contemplativa.

1.- Poner a Dios en la vida de los hombres
 Ciertamente, Dios es siempre "un Dios escondido" (Is 45, 15). Es verdad que Dios se ha revelado en Cristo. Que Cristo es el icono del Padre (2Co 4, 4; Col 1, 15), el resplandor de su ser (Heb 1, 3), y quien ve a Cristo, ve al Padre (Jn 14, 9). Pero también es verdad que Dios sigue siendo misterio insondable e incomprensible. No hay en la tierra "contemplación cara a cara". A Dios nadie lo ha visto.

 Pero, a partir de su revelación en Jesucristo, nosotros sabemos del Dios desconocido l más importante: "Tiene su rostro vuelto hacia nosotros". Su insondable misterio es un misterio de amor. Esto es lo que el contemplativo tiene que hacer presentir al hombre de hoy. La atracción y, al mismo tiempo, la turbación que despierta el misterio de un Dios oculto y desconocido, del que sólo sabemos que nos ama sin fin.

 Pero hoy, para mucha gente, Dios no es sólo un Dios oculto, sino un Dios "ausente". A la comunidad contemplativa se pueden acercar hoy hombres y mujeres cuyo corazón está como vacío de Dios. Parece como que Dios se ha eclipsado en su vida. El primer gran servicio de una comunidad contemplativa puede ser poner el interrogante de Dios en esas vidas, hacer presente el misterio de ese Dios insondable, sugerir el Amor infinito, hacer presentir la gracia. Vamos a concretar esto un poco.

 A la comunidad contemplativa se acercan hoy cristianos convencidos, incluso, agentes de pastoral, colaboradores en la acción evangelizadora (monitores, catequistas, religiosas de vida activa, sacerdotes). Muchos de ellos viven desbordados por su actividad excesiva, atrapados en la rueda de compromisos, reuniones y tareas diversas, privados de verdadera vida interior. En su trabajo buscan eficacia y el rendimiento pastoral; pero, a veces, falta la alabanza y la adoración. No conocen la comunicación gratuita con Dios, no la efusión gozosa de la oración. Pueden hacer cosas muy buenas. Pueden aportar grandes valores al hombre de hoy; pero, ¿pueden hacer presente a Dios? El gran servicio de los contemplativos puede ser el sugerir a Dios, recordar a estos creyentes dónde está la fuente de toda evangelización, apuntar hacia el misterio, ayudarles a situar y a vivir la actividad pastoral desde el Espíritu, verdadero "dador de vida".

 A la comunidad se acercan también personas de fe débil y apagada, pero que sienten la necesidad de "algo", el deseo de una vida diferente. No es fácil decir qué buscan. Desean vivir de otra manera, encontrar un sentido más hondo a su vida, reencontrarse consigo mismo, encontrar la dirección acertada. Muchos de ellos tienen una experiencia mala de la religión. Han sentido siempre el cristianismo como un estorbo para vivir. Ya no se acercan a la parroquia. No quieren atarse a ninguna religión, pues temen encontrarse con algo de lo que se han distanciado interiormente. Estas personas, muchas veces aun sin saberlo, estén buscando a un Dios Amigo. El gran servicio de una comunidad contemplativa puede ser hacer presente en sus vidas el misterio de un Dios que sólo es ternura y cariño para sus criaturas.

 A la comunidad se pueden acercar también hoy personas que han perdido la fe y han caído en el agnosticismo o la indiferencia. Dios no les interesa. La religión produce en ellos sarcasmo. Dios parece haber muerto totalmente en su interior. Pero también en ellos hay pequeñas "rendijas" abiertas a Dios. Hay que ayudarles a descubrir lo verdadero, lo bueno, lo bello, lo humano que hay en ellos, porque por esas rendijas puede entrar de nuevo Dios en sus vidas. A nadie se le puede enseñar desde fuera a creer en Dios, como no se le puede enseñar a nadie a sentir, a llorar, a gozar. Pero sí se puede escuchar, sugerir y compartir juntos caminos que pueden abrirnos al misterio de Dios

2.- Acercar a una nueva experiencia de Dios
Muchos hombres y mujeres necesitan hoy una nueva experiencia de Dios. Sólo con argumentos y discusiones no se le acerca a nadie al misterio de Dios. Es necesario, sin duda, pensar a Dios de manera correcta, pero lo decisivo es la experiencia. Aquí hay lugar para un servicio importante de los contemplativos. Una comunidad contemplativa no puede provocar la fe, pero sí puede acercar a las personas a una nueva experiencia de Dios. Señalo sólo algunas pistas:
Ayudar a recuperar el sentido de Dios. Nadie como el contemplativo está en condiciones de experimentar la presencia y la acción de Dios, veladas ciertamente por su misterio, pero captadas de forma real y vivida. El contemplativo "sabe la fonte que mana y corre... aunque es de noche". Después de vivir esa experiencia, a veces dura, del "a solas" con Dios, el contemplativo puede acercarse con humildad a sus hermanos y decirles de mil formas: "Dios existe, yo lo he encontrado"
Ayudar a recuperar el sentido de lo gratuito en tantas personas que no pueden encontrarse con Dios porque sólo viven para lo útil y lo rentable. Los contemplativos tienen que ayudarnos a descubrir que todo es don; que, detrás de la vida, de la naturaleza y del universo, detrás de las cosas, de los acontecimientos y de las personas, detrás de los conflictos, las luchas y los sufrimientos, detrás de la vida y de la muerte, está el amor y está la gracia. Lo decisivo no es hacer, construir, trabajar..., sino vivirlo todo acogiendo gozosamente el amor y la gracia de Dios.
Ayudar a despertar el hambre de verdad en tantas personas cogidas hoy por la indiferencia religiosa, apatía o frivolidad. El contemplativo, desde su experiencia de vivir la verdad desnuda ante Dios, está llamado a ayudar a las personas a acercarse a su propia verdad interior, a la verdad de su vida, con sus valores y cualidades, y también con sus vacíos y sombras; y, sobre todo, ayudar a buscar la verdad de Dios, única luz desde la que se ilumina la existencia y se sostiene la esperanza.
Ayudar a desarrollar la escucha de Dios. Son muchos los hombres y mujeres que se han quedado sin oído para escuchar a Dios. Religiosamente sordos. Y, sin embargo, Dios siempre se ofrece calladamente, en el silencio interior de cada uno. El mensaje último y decisivo que Dios pronuncia sobre el ser humano, sólo se escucha en el corazón de cada uno. El contemplativo lo sabe. Y, por eso, ha de ayudar al hombre de hoy a recuperar la capacidad de silencio y de escucha interior. Ayudar a escuchar a ese Dios que ni pregunta ni responde con palabras humanas, pero que está ahí, en la vida, y habla calladamente a través de las cosas, de la naturaleza, de los acontecimientos y de las personas, a través de la vida entera.

3.- Enseñara a orar
 Uno de los grandes vacíos en la Iglesia actual es la falta de maestros de oración que sepan introducir y orientar, desde su propia experiencia, en los caminos de la oración. Padres y madres espirituales que enseñen los caminos de Dios. Uno de los mayores problemas de una Iglesia que pretende renovar su espíritu evangelizador es saber que necesita una oración nueva, pero no contar con hombres y mujeres que sepan enseñar a orar.

 ¿Qué pueden aportar nuestras comunidades contemplativas? No estoy pensando ahora en grandes maestros o maestras de oración, experimentados en el arte de dirigir los espíritus. Tampoco pienso en personas expertas en métodos y técnicas de oración. Sólo en personas sencillas que sepan comunicar a otros su propia experiencia orante. Orar es, en definitiva, "hablar de corazón a corazón" con Dios. Por eso, lo importante sería que en las comunidades hubiera personas que pudieran responder pedagógicamente a estas tres preguntas fundamentales: Tú, ¿por qué oras? Tú, ¿para qué oras?. Tú, ¿cómo oras, cómo estás ante Dios?

 Hay actitudes fundamentales para la oración que el hombre de hoy sólo puede aprender junto a aquellos que tienen experiencia de oración. Señalo algunas: la búsqueda de silencio exterior y el aprendizaje del silencio interior; la sencillez en el trato con Dios; la confianza total en el Padre; la humildad y el sentido de la necesidad radical de Dios; el olvido progresivo del propio yo; la paciencia ante el ritmo misterioso de la acción de Dios; el arte de estar en la presencia de Dios; el señorío del cuerpo para disponerse a la acción del Espíritu... ¿No pueden los contemplativos enseñar algo de todo esto a los cristianos de nuestra Iglesia?

 Además, las comunidades contemplativas han de enseñar hoy la oración cristiana. El contacto con las religiones orientales y la difusión de métodos como el yoga, el zen o la meditación transcendental hace que no pocos cristianos busquen hoy nuevas experiencias de la transcendencia fuera del marco cristiano. No se trata de criticar o minusvalorar esa búsqueda. Pero, lo propio de una comunidad cristiana es enseñar la oración cristiana con su propia riqueza y sus valores: el encuentro con un Dios personal; la experiencia de un Dios trinitario; la oración como acceso al Padre, por medio del Hijo encarnado, bajo la acción del Espíritu; la iniciación a las Escrituras para escuchar la Palabra de Dios; la experiencia de la Eucaristía, la riqueza del año litúrgico con sus diferentes tiempos.

 En este sentido, los contemplativos no han de renunciar, un mucho menos, a transmitir la propia espiritualidad contemplativa: la escucha de la Palabra de Dios según San Benito; la oración contemplativa de San Juan de la Cruz y Teresa de Jesús; la búsqueda de Dios de San Agustín; el deseo de Dio de San Bernardo; el espíritu pobre, fraterno y evangélico de San Francisco de Asís o el de esa mujer hecha contemplación que fue Sta. Clara. Es una aportación que nos enriquece a todos.


EL TESTIMONIO


 El servicio evangelizador de una comunidad contemplativa tiene dos cauces principales: el testimonio y la acogida. Comenzamos por considerar brevemente algunos rasgos del testimonio evangelizador de los contemplativos.

1.- Testimonio nacido de la contemplación
 Es la propia experiencia de Dios vivida gozosamente en la contemplación la que capacita a una comunidad contemplativa a ofrecer el servicio del testimonio. Precisamente porque sabe estar a "solas" con Dios, la comunidad puede acercar a los hombres su testimonio. El monje, como dice R. Panikkar, es de alguna forma "el sucesor del mártir" porque, "muriendo" a un cierto estilo de vida mundano, busca a Dios y solamente a Dios, por encima de todas las cosas. De hecho, el monje o la monja, entra en el monasterio, no propiamente por seguir una vocación determinada, sino porque busca a Dios y sólo a Dios. Y esto es precisamente lo que le convierte en el mejor testigo de Dios, como el mártir de otras épocas.

 Si se quiere reavivar en las comunidades contemplativas la conciencia y la responsabilidad del testimonio, hemos de recordar tres aspectos. En primer lugar, la elección. Nadie se erige a sí mismo como testigo. El contemplativo es llamado a la Iglesia a ofrecer su testimonio. Dios lo elige para ser su testigo. En segundo lugar, el testimonio sólo puede ofrecer su testimonio desde su propia experiencia de fe. No dispone de otra fuerza, no puede aportar más que su propia fe. Y si ésta no se da, sus palabras y sus gestos quedan vacíos. En tercer lugar, el testimonio no puede estar disociado de la vida. En último término a Dios se le testimonia con la vida, con una vida entregada amorosamente a él.

 Antes de pensar en el modo concreto de ofrecer hoy el testimonio, hemos de cuidar, por tanto, la conciencia de elección, la propia experiencia contemplativa y la vida de la comunidad contemplativa.

2. Enraizado en la verdad
La fuerza del testimonio sobre Dios está en la verdad. Sólo la verdad puede atraer y convencer. Por muy hermosas que sean las palabras que se escuchan en los locutorios, por muy bellas que sean las cartas que se escriben a los demás, si no hay verdad contemplativa, si se intuye excesivo apego a las criaturas, si se observa que no hay sed de Dios, que allí el amor no es lo esencial, el testimonio de la comunidad se resiente.

Esto no significa que la comunidad ha de ser perfecta. Sólo quiere decir que ha de estar poseída por la humildad (humildad viene de "humus", tierra) y no ha de tener la pretensión de ser ante los demás lo que no es ante Dios. Sólo el testimonio humilde y sencillo puede llevar hoy hacia Dios. Por eso, muchas veces el testimonio del contemplativo no consistirá tanto en mostrar lo que es, sino más bien lo que aspira a ser. Más que testigos de Dios, los contemplativos han de ser "testigos del deseo de Dios". Lo que el contemplativo ha de mostrar es que su vida entera es deseo, aspiración, movimiento hacia Dios, anhelo de Dios. Que la comunidad vive buscando a Dios y no cayendo hacia las criaturas. Esto es lo que se debe transparentar en el testimonio del contemplativo.
Quiero recordar aquí algo que es fácil de entender, pero que no siempre se tiene en cuenta. Oramos en la medida en que somos. No podemos orar más allá de lo que somos, y no podemos ser más allá de lo que oramos. La verdad del testimonio está en la verdad de la contemplación, y la verdad de la contemplación está en !a verdad de la vida. Una comunidad ora en la medida de lo que es y de lo que vive. Esa comunidad no puede orar más allá de lo que es, con más amor, con más verdad, con más espíritu. Y no puede ser, no puede vivir más allá de lo que ora y vive en la contemplación.
3. Testimonio crucificado
Al hablar del testimonio hemos de desprendernos de esquemas y modelos preconcebidos. Nosotros fácilmente pensamos en un testimonio brillante, limpio, atractivo, donde se transparente el clamor de Dios en toda su pureza. El Dios que se revela en el crucificado nos puede obligar a considerar el testimonio cristiano de manera un poco diferente.
El Dios que se revela en el poder y la majestad de  su fuerza es todavía un Dios lejano (el Dios del Sinaí). Por el contrario, el Dios que se manifiesta escondido en la cruz, es un Dios cercano, sin distancia, un Dios que comparte el sufrimiento, la angustia y el dolor del ser humano. Aparentemente, el testimonio de la cruz no tiene belleza ni esplendor, no puede atraer la atención de nadie. Y, sin embargo, es el testimonio más limpio y verdadero de Dios.
Lo mismo se ha de decir del testimonio del contemplativo hoy. Las comunidades pueden aparecer sin apenas brillo ni atractivo humano alguno. Personas gastadas por la vida, desconcertadas por los profundos cambios que han tenido que vivir, poco habituadas a comunicarse con una sociedad que ya no aprecia lo religioso ni los valores contemplativos. Personas a veces mayores, muy condicionadas por las limitaciones de la edad y la falta de formación adecuada. Comunidades que sufren la pobreza de vocaciones y miran su futuro con incertidumbre.
El testimonio de los contemplativos es hoy un testimonio crucificado, como el de Cristo. La credibilidad de este testimonio no está en el atractivo exterior, en la belleza de la liturgia, en el prestigio del monasterio, en la capacidad de las personas. Lo decisivo, lo mismo que en la cruz, es el amor, la cercanía al ser humano, la ternura de Dios revelada a través de gestos sencillos, humildes y oscuros.
4. "Sólo Dios basta"
El contenido esencial del testimonio contemplativo se puede resumir en las palabras de Sta. Teresa: "Sólo Dios basta". Ese es el mensaje que han de comunicar también hoy: Dios es lo único necesario. A partir de ahí, los contemplativos recuerdan al mundo y a la misma Iglesia la dimensión esencial de la vida, los valores esenciales de la existencia humana. Mientras todos peregrinamos por la vida, distraídos por la actividad, el trabajo o la organización, los contemplativos, con la mirada fija en Dios, nos recuerdan lo esencial, lo definitivo y eterno.
Los contemplativos, en definitiva, no enserian cosas sobre Dios, sino que invitan a mirar hacia El y nos dicen a todos que sólo Dios es Dios, que sólo El es nuestro bien, que nada ni nadie puede sustituirlo. Que todo lo demás puede ser bueno, pero que nada hemos de convertir en ídolo que no puede salvar. Esto es lo que han de comunicar los contemplativos al hombre también hoy. "Que está mal, el mundo, lo sabe ya; pero, no sabe que, por los cuatro costados, está en las buenas manos de Dios" (K. Barth).
Para que el testimonio sobre Dios sea creíble, es necesario, además, que los hombres y las mujeres de hoy puedan ver que Dios no empequeñece a las personas. Que la entrega a Dios no infantiliza, sino que hace crecer. Que Dios no esclaviza, libera; que no entristece, alegra; que no agobia, ensancha. Que Dios no empobrece la vida, sino que la eleva, la potencia, la enriquece. Que Dios hace vivir de forma más plena. Que Dios es lo mejor para vivir.
5. Desde la radicalidad cristiana
Lo que cualifica la vida del contemplativo cristiano es su proyecto de seguimiento pobre, virginal y obediente a Jesucristo. De hecho, los contemplativos ofrecen su testimonio desde una vida pobre, virginal y obediente como profecía de Dios.
El contemplativo, desde su vida de pobreza, está anunciando que Dios, el Padre de todos los hombres, es el único valor absoluto desde el que se ha de criticar y denunciar todo uso de los bienes que no esté al servicio del amor y la fraternidad. Desde su pobreza, el contemplativo anuncia ya una manera nueva de entender la sociedad y la comunicación fraterna de bienes. Su vida es, al mismo tiempo, testimonio de libertad en una sociedad donde tantas personas viven buscando cosas y más cosas, creándose cada vez más necesidades superfluas y perdiendo así su propia identidad.
Desde su vida de virginidad, el contemplativo anuncia el amor como valor absoluto y definitivo de la persona: amor incondicional a Dios y a los hermanos. Con su vida virginal, el contemplativo denuncia toda forma de egoísmo, todo deterioro del amor humano, toda visión hedonista, interesada y egoísta de la vida, toda explotación y abuso del sexo. Desde esa vida virginal vivida en comunidad está ya anunciando una nueva fraternidad basada no en la carne ni la sangre, sino en el amor fraterno que nace de la fe en un Dios Padre de todos.
Por último, el contemplativo, desde su vida de obediencia y búsqueda sincera de la voluntad de Dios, denuncia cualquier situación social, económica o política donde no se busque como último fin la voluntad de Dios, que es el bien de todo ser humano. Sólo la búsqueda de la voluntad de Dios realiza a la persona.

Pero, no cualquier manera de vivir la pobreza, la virginidad y la obediencia, tiene el mismo valor y la misma fuerza evangelizadora.
Los hombres y mujeres de hoy descubrirán el valor de la virginidad del contemplativo si pueden comprobar que no es aislamiento de los demás, egoísmo, vida más cómoda, amor estéril, enclaustración, desatención a los problemas de los otros, sino que esa virginidad es capacidad más amplia de amor, de servicio, de entrega generosa, de disponibilidad gratuita.
La sociedad actual descubrirá el valor de la pobreza del contemplativo, si puede ver que no es sólo una manera diferente de organizarse la vida, sino una forma real de poner todo lo que uno es y tiene al servicio de Dios y de los demás. Una forma real de vivir recordando a los más pobres, en solidaridad con los que sufren, compartiendo sus necesidades y defendiendo sus derechos.
Los hombres y mujeres de hoy descubrirán el valor de la obediencia del contemplativo si pueden ver que no es pérdida de libertad, de personalidad, de iniciativa y creatividad; que no infantiliza ni paraliza a las personas, sino que las hace crecer y madurar en la búsqueda sincera, fiel y exigente de la voluntad de Dios.

LA ACOGIDA


La acogida que ofrece una comunidad contemplativa es una realidad de gran importancia en la configuración del testimonio de esa comunidad. ¿Cómo ha de ser hoy una acogida con fuerza evangelizadora?
5.1.  Rasgos de una acogida contemplativa
La acogida, nacida de la experiencia contemplativa, ha de tener un espíritu y unos rasgos propios. Voy a señalar algunos:
Acogida gratuita. Acogida que nace del amor, y no de una actitud interesada y calculadora. La comunidad acoge sin pensar en la propia rentabilidad o en el provecho que pueda sacar de la acogida. La acogida es sencillamente la forma que tiene esa comunidad de encarnar el amor de Dios a toda criatura.
Acogida amistosa. La que nace de una acogida interior amistosa. Acogida que no se asusta del pecado o la debilidad de las personas, y que no queda bloqueada por los prejuicios. Acogida cariñosa y comprensiva. Todo cambia de tono y de perspectiva cuando se mira a las personas con amor. Dice S.  Juan de la Cruz que "el mirar de Dios es amar". Así mira una comunidad contemplativa a quienes se acercan a ella.
Acogida cercana. Sin distanciamientos innecesarios. Una acogida hecha de cercanía espiritual. Sin complejos de inferioridad ni de superioridad. Sin arrogancias, sin sentirse secretamente superiores a los demás, sin colocarse por encima de los otros. Con sencillez, con humildad, con la cercanía de quien ama de verdad.
Acogida serena. Acogida que transmita paz e irradie alegría. Hay personas que, con sólo mirar, consuelan y transmiten aliento. Saber acoger con paz, sin prisas, sin agobios. Una acogida serena, sin introducir conflictos.
Acogida más silenciosa que locuaz. El verdadero contemplativo, por lo general, no habla mucho. No llena los encuentros con palabrería, información, noticias, comentarios. No se le ve ávido de saber lo que pasa. Su acogida es más atenta que locuaz. Sabe escuchar más que hablar. Sabe estar con el otro más que invadirlo. Sabe mirar y comunicarse con hondura. Sabe ser amigo.
5.2. Clausura al servicio de la evangelización
La vida contemplativa exige un espacio y un tiempo monástico que el contemplativo ha de saber valorar y amar. Sería una equivocación destruir ese espacio y ese tiempo para organizar de forma más eficaz la acogida. Ya no sería una acogida hecha desde la contemplación. Sería otra cosa.
El hecho de la clausura posee un significado hondo que, por sí mismo, encierra fuerza evangelizadora cuando se capta bien. El monasterio está construido para entrar hacia adentro, no para salir hacia el exterior. Las ventanas están para recibir la luz y el aire, no para mirar hacia fuera. Los muros crean espacio interior. Todo invita hacia lo interior, hacia el silencio y la contemplación. Si se rompe ese espacio y se trivializa el lugar contemplativo, no será ya posible la acogida propia del contemplativo.
Lo mismo sucede con el tiempo monástico. No transcurre como el horario de la calle. No es un tiempo vivido para el trabajo y el rendimiento. La prisa no debería tener lugar. Es un tiempo regido por el ritmo de la oración y la alabanza. Un tiempo que no degenera en inactividad o pereza, sino que está lleno de la presencia de Dios y del amor. Un tiempo que prefigura ya la eternidad de Dios. Si se rompe este tiempo y se introduce el ritmo y la agitación de lo eficaz y lo práctico, será una pérdida y un empobrecimiento.
Por eso, la acogida de la comunidad contemplativa ha de entenderse y llevarse a cabo desde ese espacio y ese tiempo monástico. Todo ello no hace del monje o de la monja una persona aislada, incomunicada, incapaz de encontrarse con los que llegan. Al contrario, todo esto le capacita y dispone para acoger, forma, sino desde la riqueza y vida contemplativa.
Dicho esto, hay que recordar que el amor está por encima de toda ley, norma o estructura humana. Cristo lo resumió todo en la Ley del amor. Nada hay por encima del amor a Dios y al hermano. "De estos dos mandamientos penden toda la Ley y los profetas" (Mt 22, 40), y también, naturalmente, todas las normas y prescripciones monásticas. Una comunidad, habitada por el espíritu de Cristo, capaz de romper la ley del sábado para curar a los enfermos, sabe cuándo ha de modificar sus costumbres, ritmos y modos habituales de actuar, al servicio del amor y sin negar las exigencias de la vida contemplativa.
5.3. Compartir la celebración y oración litúrgica
Una de las formas más importantes de la acogida contemplativa es la de ofrecer la posibilidad de compartir la oración y celebración litúrgica de la comunidad. Sugiero algunas pistas orientadoras:
* No se trata de formar en torno al monasterio otra pequeña comunidad, ni de constituir allí un grupo selecto de cristianos, sino de ofrecer a personas o grupos, de cerca o de lejos, un espacio religioso para que puedan vivir la experiencia de la oración y la celebración monástica.
* La celebración ha de estar fundamentalmente animada y dirigida por la comunidad (canto, lecturas, moniciones, preces, etc.). Una excesiva participación de personas ajenas a la comunidad puede desfigurar el espíritu y el sentido de la celebración monástica.
* Se puede hacer un esfuerzo catequético para enseñar a la gente a penetrar en el sentido de la celebración y oración monástica ofreciendo explicaciones y pequeñas ayudas en cada caso.
* Lo verdaderamente importante es que la comunidad cuide el espíritu, el tono, la animación interior de la celebración. Esta celebración monástica puede ayudar hoy a los cristianos a entender mejor el espíritu y el sentido de otras celebraciones más rutinarias o apresuradas. Y puede también convertirse en invitación y llamada para quienes se han alejado de la experiencia religiosa.
Sin descender a muchas concreciones, quiero señalar la importancia que pueden tener dos experiencias: la celebración cristiana del do y la liturgia de las horas.
 La comunidad contemplativa ha de transmitir y contagiar a quienes se acercan en domingo la espiritualidad del domingo cristiano. Esto se transmite no sólo en la celebración de la Eucaía, sino también por medio de la ambientaón, el tono festivo, el clima pascual. El domin es el día de la resurrección, día de la asamblea cristiana, día de la escucha de la Palabra, día de la Eucaristía, día del descanso gozoso y de la esperanza. Los cristianos debeían captar mejor que, sin la celebración del domingo en su propia comunidad, su vida cristiana siempre será más pobre y deficiente.
 Todo esto obliga a revisar y mejorar la celeón del domingo y ver cómo compartirla con los demás. Señalo algunos puntos: el clima general y la ambientación (toque de campanas, ornamentación, luces, flores...); el tono apro de cada domingo según los tiempos litúr (Adviento, Navidad, Cuaresma, Pas los elementos que se pueden ofrecer a la gente l: ara ayudarles a penetrar y vivir la celeón eucarística (hojas, cantos, textos, explión de cada domingo, lecturas de los textos bíblicos, sentido de los salmos); la selección acertada de los cantos, preces, introducciones; la preparación de la oración de los fieles reco intenciones; la preparación cuidada de las moniciones; el descanso y la comunicación en el locutorio; la comida más cuidada; la Liturgia de las Horas propia del domingo.
 Otra experiencia importante para los cristia puede ser el descubrimiento de la Liturgia de las Horas. En esa liturgia pueden captar el sentido de Dios que ha de llenar todas las horas y los días del creyente. La comunidad contem puede ayudar a los creyentes a descubrir la mañana como tiempo de alabanza; la tarde como tiempo de recogimiento agradecido; el día como tiempo de oración; la noche como descanso en el Señor.
También esto exige revisar y ver si podemos mejorar nuestro servicio: disponer del Libro de las Horas para las personas; ofrecer pequeñas ayuda, (materiales, hojas) que permitan enten mejor los salmos, lecturas, himnos; ofrecer un guión preciso de la oración que se va a hacer para seguirla con facilidad; explicar el sentido de cada hora (Laudes, Vísperas, Com hacer breves introducciones que expli el sentido del salmo que se va a rezar.
5.4. Ofrecer un espacio para el silencio y la oración
Es otro de los servicios que puede ofrecer una comunidad contemplativa. Este servicio puede ser muy variado y enriquecedor. Señalo algunas posibilidades: 1) ofrecer a personas concretas la posibilidad de un tiempo y un lugar ,para la búsqueda personal de Dios, para la oración reposada y silenciosa, para el descanso renovador, para el discernimiento de la vocación; 2) ofrecer a un grupo cristiano o comunidad religiosa el marco apropiado para retiros, convivencias de oración, encuentros de reflexión; 3) ofrecer a presbíteros, religiosas o creyentes la posibilidad de un tiempo más prolongado de ejercicios o retiro espiritual; 4) ofrecer a personas alejadas la posibilidad de reflexión y búsqueda de Dios. Sugiero algunos Puntos de reflexión:
* No todas las comunidades pueden ofrecer este tipo de servicio ni en el mismo grado. Hemos de pensar, en general, en servicios modestos donde lo importante no es tanto "lo que se hace", sino "cómo se hace", es decir, el espíritu con que se acoge.
* Este tipo de hospitalidad en ningún caso ha de obstaculizar la vida de la comunidad, sino que ha de estar integrado en la marcha del monasterio y ser asumido por toda la comunidad de manera solidaria y fraterna. Aunque no todos los miembros de la comunidad colaboren directamente en ese servicio, es toda la comunidad la que acoge.

* La comunidad ha de cuidar los detalles de una hospitalidad sencilla, sobria y fraterna, y mantenerse cerca de las personas o grupos de forma discreta, siempre atenta a las necesidades y demandas que se les pueda hacer. Todo esto exige revisar aspectos que puedan mejorar la hospitalidad: ofrecer una buena información de la hospitalidad que se ofrece; cuidar los detalles materiales de toda acogida; cuidar los lugares para la oración personal y la reflexión; ofrecer posibles ayudas (libros de oración, música, casettes, imágenes, símbolos); números monográficos de la revista Orar; libros de la propia espiritualidad de la comunidad.
5.5. La relación personal
La comunicación con familiares, conocidos o personas que toman contacto con el monasterio puede ser también ocasión de testimonio y servicio evangelizador. Esta relación puede darse a través de la conversación o de la comunicación epistolar. Naturalmente puede ser muy variada y con personas en situaciones muy diferentes. De forma sencilla pero auténtica, el contemplativo puede hacer mucho bien a personas que buscan un contacto más sincero con Dios, a creyentes que quieren aprender a orar, a jóvenes que tratan de discernir su vocación, a personas que quieren creer a pesar de sus dudas e interrogantes, a gente que sufre una desgracia o conflicto y necesita fe y consuelo. Algunas sugerencias:
* Esta comunicación no ha de convertirse en una fuente de distracción o dispersión, ni para el contemplativo ni para la comunidad. Al contrario, ha de ser irradiación sencilla y natural de lo que el contemplativo vive. Por eso, es necesario saber discernirla y revisarla.
* La comunicación, sobre todo epistolar, será más enriquecedora si viene preparada por la oración y la reflexión sobre lo que realmente necesita aquella persona a la que nos dirigimos.
* Lo propio del contemplativo no ha de ser nunca la palabrería, el exceso. Pocas palabras, pero palabras sentidas, pensadas, oradas. Palabras que nacen del deseo de hacer el bien.
* La escucha a personas que plantean su situación interior, sus crisis y sufrimientos o su pecado, exige respeto y confidencialidad. No debe ser objeto de comentario en la comunidad ni ser comunicada a terceras personas.



 
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